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El lector curioso

¡Nunca más!

LE MONDE diplomatique - edición española

El día en que cambió el mundo
Hiroshima, 6 de agosto de 1945
John Hersey

A las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense bautizado Enola Gay, pilotado por el comandante Paul Tibbets, lanzaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Era el fin de la II Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica. La bomba mataría de un solo golpe a 100.000 personas, provocando formas hasta entonces desconocidas de sufrimiento humano. El estadounidense John Hersey fue uno de los primeros periodistas extranjeros que llegó al lugar de la explosión. Su testimonio, publicado inicialmente en el ‘New Yorker’, es considerado como un clásico de los reportajes de guerra.

Esa mañana, antes de las seis, el día era tan luminoso y hacía tanto calor que la jornada se anunciaba tórrida. Unos instantes más tarde se oyó una sirena: su ulular durante un minuto anunciaba la presencia de aviones enemigos, pero su brevedad indicaba también a los habitantes de Hiroshima que el peligro no era grande. Pues cada día sonaba la sirena a la misma hora, cuando el avión meteorológico estadounidense se acercaba a la ciudad.

Hiroshima tenía la forma de un ventilador: la ciudad estaba formada por seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia el exterior, a partir del río Ota. Los barrios más poblados y comerciales ocupaban más de seis kilómetros cuadrados en el centro del perímetro urbano. Allí vivían las tres cuartas partes de sus habitantes. Varios programas de evacuación habían reducido considerablemente esa población, que había pasado de 380.000 personas antes de la guerra, a unas 245.000. Las fábricas y los barrios residenciales, al igual que los suburbios populares, se hallaban fuera de los límites urbanos. Al sur estaban el aeropuerto, los muelles y el puerto sobre el mar Interior salpicado de islas (1). Una cadena montañosa cerraba el horizonte en los tres lados restantes del delta.

La mañana había vuelto a ser apacible, tranquila, y no se oía ningún ruido de avión. Entonces, repentinamente, el cielo estalló en un flas luminoso, amarillo y brillante como 10.000 soles (ver recuadro). Nadie recuerda haber escuchado el menor ruido en Hiroshima cuando estalló la bomba. Pero un pescador que se hallaba en su barca, cerca de Tsuzu, en el mar Interior, vio el resplandor y oyó una explosión terrible. Estaba a 32 kilómetros de Hiroshima y, según dijo, el ruido fue mucho más ensordecedor que cuando los B-29 habían bombardeado la ciudad de Iwakuni, situada a sólo 8 kilómetros.

Una nube de polvo comenzó a levantarse sobre la ciudad, ensombreciendo el cielo como en una suerte de crepúsculo. Un grupo de soldados salió de una trinchera; sus cabezas, pechos y espaldas chorreaban sangre; estaban callados y aturdidos. Era una visión de pesadilla. Sus rostros estaban completamente quemados, las cuencas de sus ojos vacías y el fluido de sus ojos derretidos corría por sus mejillas. Seguramente estaban mirando al cielo en el momento de la explosión. Sus bocas eran apenas llagas inflamadas cubiertas de pus...

Las casas ardían, mientras comenzaban a llover gotas de agua del tamaño de una bola de billar. Eran gotas de humedad condensada que caían del gigantesco hongo de humo, polvo y fragmentos en fisión que ya se alzaba varios kilómetros sobre Hiroshima. Las gotas eran demasiado grandes para ser normales. Alguien se puso a gritar: “Los estadounidenses nos bombardean con gasolina. Quieren quemarnos”. Pero eran evidentemente gotas de agua, y mientras caían, el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, posiblemente a causa de la formidable corriente de aire provocada por la ciudad en llamas. Árboles inmensos caían a tierra; otros, menos grandes, eran arrancados de raíz y lanzados al aire, donde el torbellino de un huracán enloquecido hacía girar restos dispersos de la ciudad: tejas, puertas, ventanas, ropa, alfombras...

Cerca de 100.000 de los 245.000 habitantes de Hiroshima resultaron muertos o con heridas mortales en el mismo instante de la explosión. Otros 100.000 quedaron heridos. Al menos 10.000 de esos heridos, los que aún podían desplazarse, se dirigieron al hospital central de la ciudad, que no estaba en condiciones de recibir semejante multitud. De los 150 médicos de Hiroshima, 65 habían muerto y los restantes estaban heridos. Y de las 1.780 enfermeras, 1.654 habían resultado muertas o con heridas que les impedían trabajar. Los pacientes llegaban arrastrándose y se instalaban en cualquier lugar, agachados o acostados sobre el suelo de las salas de espera, en pasillos, laboratorios, habitaciones, escaleras, en la entrada, en la puerta del garaje, en el patio, e incluso fuera, hasta donde se alcanzaba a ver, en las calles en ruinas... Los menos afectados socorrían a los mutilados.

Familias enteras, con los rostros desfigurados, se ayudaban mutuamente. Algunos heridos lloraban, la mayoría de ellos vomitaban. Otros tenían las cejas quemadas y la piel despegada en el rostro y en las manos. Había quienes, a causa del dolor, mantenían los brazos en alto como sosteniendo una carga con sus manos. Si se tomaba a un herido por la mano, la piel se despegaba en grandes pedazos, como si fuera un guante...

Efectos a corto y largo plazo

Muchos estaban desnudos o con la ropa hecha jirones. Las quemaduras, primero amarillas, más tarde se tornaban rojas, se hinchaban, y comenzaban a supurar, exhalando un olor nauseabundo. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado las líneas de la ropa que llevaban. Sobre la piel de algunas mujeres podía verse el dibujo de las flores de su kimono, ya que el blanco había reflejado el calor de la bomba mientras que el negro lo había absorbido contra la piel. Casi todos los heridos caminaban como sonámbulos, con la cabeza erguida, en silencio y con la mirada perdida.

Todas las víctimas quemadas o expuestas a la explosión, habían recibido dosis de radiación mortales. La radiactividad destruía las células, provocaba la degeneración de su núcleo y rompía sus membranas. Quienes no murieron inmediatamente o no resultaron heridos, no tardaron en enfermar. Tenían náuseas, fuertes dolores de cabeza, diarrea, fiebre; síntomas que duraban varios días. La segunda fase comenzó 10 o 15 días después de la bomba: primero comenzaban a perder el cabello, y luego venían diarreas y accesos de fiebre de hasta 41º.

Entre 25 y 30 días después de la explosión aparecían los primeros problemas sanguíneos: las encías sangraban y el número de glóbulos blancos disminuía dramáticamente, a la vez que se rompían los vasos sanguíneos de la piel y de las mucosas. La disminución de glóbulos blancos reducía la resistencia a las infecciones; la más mínima herida necesitaba semanas para cicatrizarse y los pacientes desarrollaban persistentes infecciones de la garganta y de la boca. Tras la segunda etapa, si el paciente aún sobrevivía, aparecía la anemia, la disminución de glóbulos rojos. En esa fase, muchos enfermos murieron por infecciones pulmonares.

Todos aquellos que habían decidido descansar después de la explosión tenían menos posibilidades de enfermar que quienes se mostraron muy activos. Era raro que cayeran los cabellos grises. Pero el aparato reproductor resultó afectado de modo duradero: los hombres se volvieron estériles, todas las mujeres embarazadas abortaron, mientras que las que estaban en edad de procrear constataron que su ciclo menstrual se había detenido...

Los primeros científicos japoneses llegados al lugar pocas semanas después de la explosión comprobaron que el flas de la bomba había aclarado el color del cemento. En ciertos lugares, la bomba había impreso la sombra de los objetos iluminados por su resplandor. Así, los expertos hallaron fijada sobre el techo de la Cámara de Comercio la sombra de la torre del edificio. También se encontraron siluetas humanas recortadas contra las paredes, como negativos fotográficos. En la zona central de la explosión, sobre el puente cercano al Museo de Ciencias, un hombre y su carro quedaron proyectados como una sombra bien definida, en la que puede verse al personaje dispuesto a azotar a su caballo en el momento en que la explosión literalmente los desintegró...

(1) NDLR. Hiroshima se halla en el sudeste de la isla de Hongshu, la mayor del archipiélago nipón, junto al mar Interior formado por dicha isla y las de Shikoku y Kyushu.


Como diez mil soles
La bomba lanzada sobre Hiroshima a las 08.15 de la mañana, explotó 45 segundos más tarde a 600 metros de altura, sobre el centro de la ciudad. Los dos bloques de uranio 235 que contenía fueron violentamente proyectados uno contra otro por un explosivo: una vez alcanzada la masa crítica de combustible nuclear, la reacción en cadena se propagó como un relámpago. Los primeros núcleos de uranio estallaron proyectando neutrones que rompieron los núcleos vecinos, que a su vez emitían neutrones que desencadenaban nuevas fisiones... La potencia nuclear se aceleró de manera extraordinaria: en menos de una millonésima de segundo una cantidad de 10*24 (10 elevado a la potencia 24) de núcleos de uranio entraron en fisión en una catarata de generaciones. Por primera vez en la historia de la Humanidad, la materia se transformaba en una energía colosal.La destrucción de algo más de un kilo de uranio liberó una potencia de 60.000 julios, equivalente a 13.000 toneladas de TNT concentradas en un pequeño espacio. La temperatura se elevó a cientos de millones de grados, la presión a millones de atmósferas. Esa primera bomba atómica, que los estadounidense bautizaron Little Boy (muchachito) reprodujo las condiciones que reinan en el interior del sol. Pero de un sol mortífero.La energía nacida de la fisión nuclear se libera de tres maneras: 35% bajo la forma de energía térmica, 50% llevada por la onda expansiva, y 15% bajo la forma de radiaciones nucleares. En Hiroshima, desde la primera millonésima de segundo, la energía térmica fue transportada, en forma de un flas de luz blanca enceguecedora, por Rayos X que transformaron el aire en una bola de fuego de un kilómetro de radio y de varios millones de grados, que planeó algunos segundos sobre la ciudad, y por la onda térmica que se propagó a la velocidad de la luz, quemándolo todo a su paso.Sobre el suelo la temperatura alcanzó varios miles de grados en el punto de impacto; en un radio de 1 kilómetro todo se evaporó y se redujo a cenizas. En un área de hasta cuatro kilómetros del epicentro, edificios y seres humanos se inflamaron espontáneamente; quienes se hallaban en un radio de 8 kilómetros sufrieron quemaduras de tercer grado.La onda expansiva, generada por el fenomenal aumento de presión debido a la expansión de gases calientes, avanzó a una velocidad cercana a 1.000 kilómetros por hora, como si fuera una pared de aire sólido de forma esférica. Esa onda, junto a vientos de una fuerza increíble, que hacían volar objetos despedazados y atizaban tormentas de fuego, lo redujo todo a polvo en un radio de dos kilómetros. De los 90.000 edificios que existían en la ciudad, 62.000 resultaron totalmente destruidos.El tercer efecto de la explosión nuclear, el más específico, pero no el menos letal, fue el de la radiación, que originada directamente por la fisión nuclear, está constituida principalmente por neutrones y rayos gama. Además de sus terribles efectos sobre los organismos vivos, la radiación contamina diversos elementos, como el yodo, el sodio o el estroncio, que se vuelven a su vez radioactivos. Esa radiación secundaria, muy poco conocida en la época de la explosión de Hiroshima, es terrorífica en la medida en que sus efectos (cáncer, leucemia...) sólo aparecen varios días, meses o años después.

El Zorro, comienza la leyenda

El Zorro, comienza la leyenda

Confieso que empecé a leer este nuevo libro de Isabel Allende con cierta desconfianza. Como casi todo el mundo había leído historias y visto películas sobre sus aventuras. Pero según avanzaba en su lectura el personaje me iba llenando cada vez más debido a la maestría de Isabel quien conseguía retratar muy bien la vida de Barcelona en la época de la guerra de la independencia y las actividades piratas en el Atlántico.

No es el clásico libro sobre el Zorro, nos presenta su nacimiento, hijo de un caballero español y una indómita india. Es la historia de Diego de la Vega y de cómo se convirtió en el legendario Zorro. Empieza su aventura en una época fascinante y turbulenta, con personajes entrañables y de espíritu indómito, y un hombre de corazón romántico y sangre liviana. Aventurero, apasionado, intrépido y juguetón. Así es la leyenda del Zorro. El relato comienza en el año 1790, en tierras de la Alta California, cuando un joven capitán español se enamora de una india de alma rebelde. El Zorro es el retrato de unos personajes de carne y hueso, con virtudes y flaquezas, sensibles e impetuosos, que nos arrastran en sus aventuras por une época vibrante. Con su habitual maestría, Isabel Allende nos descubre la vida sencilla de las misiones españolas en la California de principios del siglo XIX y la agitación en las calles de una Barcelona ocupada por las tropas napoleónicas en plena Guerra de la Independencia. Los ritos de iniciación de las tribus indígenas y los misterios para acceder a una sociedad secreta europea. La espiritualidad de un código de honor sin fronteras y las contradicciones del alma humana... una aventura como las de antes. Isabel Allende rescata la figura del héroe y, con ironía y humanidad, le da vida más allá de la leyenda.

Dios como problema

Dios como problema

Os invito a una reflexión acerca de Dios. De su utilización en las cosas cotidianas y del problema que surge con Dios, cuando queremos usarlo en defensa de nuestras ideas . Lo ha escrito José Saramago en El Pais.

José Saramago es escritor portugués, premio Nobel de Literatura. Traducción de Pilar del Río.
EL PAÍS - Opinión - 01-08-2005

No tengo ninguna duda de que este artículo, empezando por el título, obrará el prodigio de poner de acuerdo, al menos por una vez, a los dos irreductibles hermanos enemigos que se llaman Islamismo y Cristianismo, sobre todo en la vertiente universal (es decir, católica) a la que el primero aspira y en la que el segundo, ilusoriamente, todavía sigue imaginándose. En la más benévola de las reacciones posibles, clamarán los biempensantes que se trata de una provocación inadmisible, de una indisculpable ofensa al sentimiento religioso de los creyentes de ambos partidos, y, en la reacción peor (suponiendo que no haya peor), me acusarán de impiedad, de sacrilegio, de blasfemia, de profanación, de desacato, de tantos cuantos delitos más, de calibre idéntico, sean capaces de descubrir, y, por tanto, quién sabe, merecedor de una punición que me sirviera de escarmiento para el resto de mi vida. Si yo mismo perteneciera al gremio cristiano, el catolicismo vaticano tendría que interrumpir durante un momento los espectáculos estilo Cecil B. de Mille en que ahora se complace, para darse el enojoso trabajo de excomulgarme, aunque, cumplida esa obligación burocrática, se quedaría de brazos caídos. Ya le escasean las fuerzas para proezas más atrevidas, puesto que los ríos de lágrimas llorados por sus víctimas empaparon, esperemos que para siempre, la leña de los arsenales tecnológicos de la primera inquisición. En cuanto al islamismo, en su moderna versión fundamentalista y violenta (tan violenta y fundamentalista como fue el cristianismo en los tiempos de su apogeo imperial), la consigna por excelencia, todos los días insanamente proclamada, es "muerte a los infieles", o en traducción libre, si no crees en Alá no eres más que una inmunda cucaracha que, pese a ser también una criatura nacida del Fiat divino, cualquier musulmán cultivador de los métodos expeditivos tendrá el sagrado derecho y el sacrosanto deber de aplastarla bajo la babucha con la que entrará en el paraíso de Mahoma para ser recibido en el voluptuoso seno de las huríes. Permítaseme, por tanto, que vuelva a decir que Dios, habiendo sido siempre un problema, es ahora el problema.

Como cualquier otra persona para quien la situación del mundo en que vive no le es del todo indiferente, vengo leyendo algo de lo que por ahí se escribe sobre los motivos de naturaleza política, económica, social, psicológica, estratégica, y hasta moral, en que se presume que han echado raíces los movimientos islamistas agresivos que están lanzando sobre el denominado mundo occidental (aunque no sólo en ése) la desorientación, el miedo, el más extremo terror. Fueron suficientes, aquí y allí, unas cuantas bombas de relativa baja potencia (recordemos que casi siempre fueron transportadas en mochilas hasta el lugar de los atentados) para que los cimientos de nuestra tan luminosa civilización se estremecieran y se abrieran brechas, a la vez que se tambaleaban aparatosamente las precarias estructuras de seguridad colectiva con tanto trabajo y gasto levantadas y mantenidas. Nuestros pies, que creímos fundidos en el más resistente de los aceros, eran, a la postre, de barro.

Es el choque de civilizaciones, se dice. Será, pero a mí no me lo parece. Los más de siete mil millones de habitantes de este planeta, todos ellos, viven en lo que sería más exacto llamar civilización del petróleo, y hasta tal punto, que ni siquiera están fuera de ella (viviendo, claro está, su falta) quienes se encuentran privados del precioso oro negro. Esta civilización del petróleo crea y satisface (de manera desigual, ya lo sabemos) múltiples necesidades que no sólo reúnen alrededor del mismo pozo a los griegos y troyanos de la cita clásica, sino también a los árabes y no árabes, a los cristianos y a los musulmanes, sin hablar de los que, no siendo ni una cosa ni otra, tienen, donde quiera que se encuentren, un automóvil que conducir, una excavadora que poner en marcha, un mechero que encender. Evidentemente, esto no significa que bajo esta civilización del petróleo que es común a todos no sean discernibles los rasgos (más que simples rasgos en ciertos casos) de civilizaciones y culturas antiguas que ahora se encuentran inmersas en un proceso tecnológico de occidentalización a marchas forzadas, y que, sólo con mucha dificultad, ha logrado penetrar en el meollo sustancial de las mentalidades personales y colectivas correspondientes. Por alguna razón se dice que el hábito no hace al monje...

Una alianza de las civilizaciones, en feliz hora propuesta por el presidente del Gobierno español y cuya idea ha sido recientemente retomada por el secretario general de la Organización de Naciones Unidas, podrá representar, en el caso de que llegue a concretarse, un paso importante en el camino de una disminución de las tensiones mundiales de que cada vez parece que estamos más lejos, aunque sería insuficiente desde todos los puntos de vista si no incluyera, como ítem fundamental, un diálogo de religiones, ya que en este caso queda excluida cualquier remota posibilidad de una alianza... Como no hay motivos para temer que chinos, japoneses e indios, por ejemplo, estén preparando planes de conquista del mundo, difundiendo sus diversas creencias (confucionismo, budismo, taoísmo, sintoísmo, hinduismo) por vía pacífica o violenta, es más que obvio que cuando se habla de alianza de las civilizaciones se está pensando, especialmente, en cristianos y musulmanes, esos hermanos enemigos que vienen alternando, a lo largo de la historia, ora uno, ora otro, sus trágicos y por lo visto interminables papeles de verdugo y de víctima.

Por tanto, se quiera o no se quiera, Dios como problema, Dios como piedra en medio del camino, Dios como pretexto para el odio, Dios como agente de desunión. Pero de esta evidencia palmaria no se osa hablar en ninguno de los múltiples análisis de la cuestión, tanto si son de tipo político, económico, sociológico, psicológico o utilitariamente estratégico. Es como si una especie de temor reverencial o de resignación a lo "políticamente correcto y establecido" le impidiera al analista entender algo que está presente en las mallas de la red y las convierte en un entramado laberíntico del que no hemos tenido manera de salir, es decir, Dios. Si le dijera a un cristiano o a un musulmán que en el universo hay más de 400.000 millones de galaxias y que cada una de ellas contiene más de 400.000 millones de estrellas, y que Dios, sea Alá u otro, no podría haber hecho esto, mejor aún, no tendría ningún motivo para hacerlo, me responderían indignados que para Dios, sea Alá, sea otro, nada es imposible. Excepto, por lo visto, añadiría yo, establecer la paz entre el islam y el cristianismo, y de camino, conciliar a la más desgraciada de las especies animales que se dice que ha nacido de su voluntad (y a su semejanza), la especie humana, precisamente.

No hay amor ni justicia en el universo físico. Tampoco hay crueldad. Ningún poder preside los 400.000 millones de galaxias y los 400.000 millones de estrellas que existen en cada una. Nadie hace nacer el Sol cada día y la Luna cada noche, incluso cuando no es visible en el cielo. Puestos aquí sin saber por qué ni para qué, hemos tenido que inventarlo todo. También inventamos a Dios, pero Dios no salió de nuestras cabezas, permaneció dentro, como factor de vida algunas veces, como instrumento de muerte casi siempre. Podemos decir "aquí está el arado que inventamos", no podemos decir "aquí está el Dios que inventó el hombre que inventó el arado". A ese Dios no podemos arrancarlo de dentro de nuestras cabezas, ni siquiera los ateos pueden hacerlo. Pero por lo menos, discutámoslo. No adelanta nada decir que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es sólo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes juntó la leña para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invención, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque ¿quién sabe? Tal vez ésa sea la manera de que no sigamos matándonos los unos a los otros.


© El País S.L. Prisacom S.A.
uando muchas de sus verdades en las diferentes religiones se consideran verdad absoluta.

Diferencias y desigualdad

DIFERENCIA Y DESIGUALDAD 20-7-2005

Aqui os dejo un magnifico articulo sobre las diferencias y desigualdes entre los hombres. La igualdad es un derecho que expone muy bien y de manera valiente Jose María Castillo. Está publicado en la revista Atrio


JOSÉ MARÍA CASTILLO

Catedrático de Teología Dogmática

GRANADA



LA diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Por eso la desigualdad es la violación de la igual dignidad que todos los humanos tenemos por el hecho de ser coincidentes en lo que a todos nos iguala: todos somos humanos.

Pero ocurre que, con demasiada frecuencia y sin darnos cuenta de lo que realmente pensamos y decimos, se produce un deslizamiento de la diferencia a la desigualdad. Todos somos diferentes: unos más fuertes que otros; unos más ricos que otros; unos más listos que otros, etcétera. Así las cosas, si fuera cierto que la diferencia justifica la desigualdad, entonces resultaría que el fuerte tendría más derechos que el débil; el rico más derechos que el pobre; el listo más derechos que el torpe, etc. O sea, lo que en realidad ocurriría es que terminaría por imponerse la ley del más fuerte. Y la sociedad se convertiría en una selva.

Hubo tiempos, antiguos y bárbaros, en los que los hombres se pensaban que tenían más dignidad y más derechos que las mujeres. Los señores también se veían con más dignidad y más derechos que los esclavos y los siervos. Los nobles igualmente se creían que eran más dignos y tenían más derechos que los plebeyos. Los justos se imaginaban que les correspondían derechos que no podían tener los pecadores. Los fieles estaban seguros de tener más derechos que los infieles. Y así sucesivamente.

Lo más grave del asunto es que los fuertes no sólo veían así la vida, sino que, durante siglos y siglos, se han dedicado a poner en práctica su ley, la ley del más fuerte, sin piedad, invocando incluso la autoridad divina para actuar de forma tan salvaje. Por eso hay personas que, aunque vivan hoy, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los hombres tienen derechos que no pueden tener las mujeres, los que defienden que los empresarios tienen derechos que no pueden tener los trabajadores, los que aseguran que los ricos tienen derechos (pagar una fianza) que nunca podrán poner en práctica los pobres. Y son también –lo diré de una vez– los que se echan a la calle para defender que los homosexuales no pueden tener los mismos derechos que los heterosexuales.

En los tiempos antiguos y bárbaros, a los homosexuales se les quemaba vivos en la plaza pública, como se hacía con los herejes, las brujas, los infieles. Luego, con el paso del tiempo, esa ley se humanizó. A los homosexuales no se les quemaba, ni se les metía en la cárcel. Pero su libertad estaba controlada. Hasta que ha llegado el momento en que se les ha igualado en derechos con los demás ciudadanos. Cosa que algunos no pueden soportar. Porque dicen que eso atenta contra la familia. Y amenaza a la sociedad.

A mí me parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie. O si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que (eso supuesto) lo que caracteriza al sexo, entre los humanos, es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano. Hay quienes dicen que esto es un asunto discutible. En cualquier caso, lo que, según creo, no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal, ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener hijos y que así la vida humana no se acabe en este mundo.

La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias, en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.

Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Pero con tal que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. Sabemos que hay personas del mismo sexo que se quieren de verdad, pero no pueden expresárselo. O si se lo expresan, no pueden tener los mismos derechos que tienen los que se quieren desde la diferencia sexual. Porque hay una idea (supuestamente divina) que, a muchas personas que se quieren, les prohíbe el amor. O limita ese amor de tal manera que lo reduce a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que los hombres de la religión defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos. Porque todos tenemos la misma dignidad. Y merecemos el mismo respeto.

Paises en quiebra

Interesante documentos sobre los problemas que sufren algunos paises al borde del colapso. Seguramente tendreis dificultades para ver las imagenes, pero el texto está completa y merece la pena. Lo ha publicado Foreign Policy Edición española




Casi 2.000 millones de seres humanos viven en países que están cerca del colapso. En el primer Índice anual de Estados fallidos, FP y el Fondo por la Paz clasifican los países al borde de la ruina.


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El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, ha advertido de que "ignorar a los Estados fallidos crea problemas que, en ocasiones, se vuelven contra nosotros". El presidente francés, Jacques Chirac, ha hablado de "la amenaza que suponen los países fracasados para el equilibrio mundial". Antes, a los dirigentes internacionales les preocupaba la acumulación de poder. Ahora, les inquieta su ausencia. Los Estados fallidos han vivido una odisea extraordinaria que les ha llevado desde la periferia hasta el centro de la política mundial. Durante la guerra fría, el fracaso de los Estados se juzgaba a través del prisma del conflicto entre las potencias y no solía considerarse un peligro en sí. En los 90, los Estados frágiles eran competencia de organizaciones humanitarias y activistas de los derechos humanos, aunque empezaron a llamar la atención de la única superpotencia, EE UU, que encabezó intervenciones en Somalia, Haití, Bosnia y Kosovo.
Sin embargo, para los llamados realistas en materia de política exterior, estos países y los problemas que suscitaban eran una mera distracción de los aspectos más serios de la geopolítica. Ahora da la impresión de que les importan a todo el mundo. Las peligrosas exportaciones de los Estados débiles -terroristas internacionales, capos del narcotráfico, arsenales de armas- son tema de interminable discusión y preocupación. Sin embargo, sigue habiendo incertidumbre sobre la definición y la dimensión del problema. ¿Cómo se sabe que un país es un Estado fallido? Por supuesto, un gobierno que ha perdido el control de su territorio o el monopolio del uso legítimo de la fuerza se ha ganado la etiqueta. Pero el fracaso puede tener rasgos más sutiles. Por ejemplo, algunos regímenes carecen de la autoridad para tomar decisiones colectivas o de la capacidad necesaria para garantizar los servicios públicos. En otros países, la población vive por completo del mercado negro, no paga los impuestos o practica la desobediencia civil a gran escala. La intervención externa puede ser tanto un síntoma como un desencadenante del derrumbamiento de una nación. Un Estado fallido puede verse sometido a restricciones involuntarias de su soberanía -por ejemplo, sanciones políticas o económicas-, a la presencia de tropas extranjeras en su territorio o tal vez a otras limitaciones militares como zonas de exclusión aérea.
¿Cuántas naciones corren el grave riesgo de hundimiento? El Banco Mundial ha identificado alrededor de treinta "países de rentas bajas que viven bajo presión", y el Departamento Británico de Desarrollo Internacional ha catalogado 46 Estados frágiles en situación preocupante. Un informe encargado por la CIA fija el número de Estados fallidos en 20.





Los ‘Estados débiles’ se encuentran sobre todo en África, pero también están en Asia, Europa del Este, América Latina y Oriente Medio





Con el fin de presentar una imagen más exacta del alcance y las implicaciones del problema, el Fondo para la Paz -una organización independiente norteamericana- y FOREIGN POLICY han elaborado una lista mundial de Estados débiles y fallidos. En función de 12 indicadores sociales, económicos, políticos y militares, hemos clasificado 60 países por orden de vulnerabilidad a un conflicto violento interno. El Fondo para la Paz calculó las puntuaciones en cada indicador utilizando un programa que analiza datos extraídos de decenas de miles de medios internacionales y locales en la segunda mitad de 2004 (para una explicación completa de las 12 categorías, véase www.fp-es.org o www.fundforpeace.org). El Índice resultante ofrece un perfil del nuevo desorden mundial en el siglo XXI, y demuestra que este problema es mucho más serio de lo que suele creerse. Alrededor de 2.000 millones de personas viven en países inseguros, con diversos grados de vulnerabilidad a una guerra civil generalizada. La inestabilidad que diagnostica el Índice tiene muchas facetas. En la República Democrática del Congo o Somalia el hundimiento es visible desde hace años y se manifiesta en conflictos armados, hambruna, brotes de enfermedades y oleadas de refugiados. En cambio, en otros casos la inestabilidad es más difícil de comprobar. Muchas veces, los elementos corrosivos no han emprendido aún hostilidades abiertas y las presiones bullen debajo de la superficie. En numerosos países del ranking existen grandes zonas de territorio al margen de la ley, pero no siempre están en clara rebelión contra las instituciones del Estado.
El conflicto puede estar concentrado en territorios locales que buscan la autonomía o la secesión (como en Filipinas y Rusia). En otros países, la inestabilidad consiste en luchas ocasionales, mafias del narcotráfico o caudillos que controlan amplias zonas (como en Afganistán, Colombia y Somalia). A veces, el derrumbe se produce de forma repentina, pero a menudo consiste en un deterioro lento e imparable de las instituciones sociales y políticas (Zimbabue y Guinea Conakry). Algunos países recién salidos de conflictos pueden estar mejorando, pero tienen peligro de retroceder (Sierra Leona y Angola). El Banco Mundial ha llegado a la conclusión de que, en el plazo de cinco años, la mitad de los países que salen de una guerra civil vuelven a caer en ella, en una espiral de bajada en picado (Haití y Liberia).
Los 10 Estados en mayor situación de riesgo dentro de esta clasificación han dado ya claras muestras de hundimiento. Costa de Marfil, un país dividido por la mitad a causa de la guerra civil, es el más vulnerable a la desintegración; seguramente se desmoronaría por completo si se fueran las fuerzas de paz de la ONU. Le siguen la República Democrática del Congo, Sudán, Irak, Somalia, Sierra Leona, Chad, Yemen, Liberia y Haití. En el Índice se incluyen otros cuya inestabilidad no es tan evidente, como Bangladesh (17), Guatemala (31), Egipto (38), Arabia Saudí (45) y Rusia (59).
Los Estados débiles se encuentran sobre todo en África, pero también están en Asia, Europa del Este, Latinoamérica y Oriente Medio. Hace años que los expertos hablan de un "arco de inestabilidad", una expresión que empezó a usarse en los años 70 para designar una "media luna musulmana" que se extendía desde Afganistán hasta los istanes del sur de la antigua Unión Soviética. Nuestro estudio indica que es un concepto demasiado estrecho. La geografía de los Estados fallidos revela un territorio que va desde Moscú hasta México DF, mucho más amplio de lo que indicaría ese "arco" y que supera los límites del mundo islámico.
Esta clasificación no proporciona ninguna solución fácil para reforzar a los países al borde del abismo. Casi todo el mundo está de acuerdo en que las elecciones ayudan a reducir los conflictos. No obstante, si están manipuladas, se realizan en plenos combates o atraen a un número escaso de votantes, pueden resultar ineficaces o incluso perjudiciales para la estabilidad. La democracia electoral parece haber tenido poca influencia en la normalidad de países como Irak, Ruanda, Kenia, Venezuela, Nigeria e Indonesia.
¿Cuáles son las primeras señales de alarma de un Estado fallido? Entre los 12 indicadores que utilizamos, hay dos que aparecen constantemente en los primeros puestos. El desarrollo desigual es un rasgo común a casi todos, lo cual indica que el mal reparto de la riqueza en el interior del país -y no sólo la pobreza- aumenta la inestabilidad. También ocupan un lugar destacado la criminalización y la pérdida de legitimidad del Estado, que se produce cuando a sus instituciones se las considera corruptas, ilegales o ineficaces. En una situación así, es frecuente que la población traslade su lealtad a otros dirigentes: partidos de la oposición, caudillos, nacionalistas étnicos, personajes del clero o fuerzas rebeldes. Los factores demográficos, en especial los refugiados, las poblaciones desplazadas en el interior del país y la degradación ambiental también están presentes, así como las violaciones constantes de los derechos humanos. Identificar los indicios del derrumbamiento de un Estado es más fácil que elaborar soluciones, pero alertar de que un país tiene probabilidades de hundirse seguramente es un primer paso necesario.
La pesadilla nuclear
Para quienes están cerca del epicentro, el hundimiento de un Estado siempre es aterrador, y una pesadilla si tiene armamento nuclear. Cuatro países de nuestra lista son especialmente preocupantes por su capacidad o su ambición nuclear. Corea del Norte, un régimen aislado con una visión del mundo hostil, está en el puesto 13 de las naciones en peligro de derrumbarse. Pakistán, en el puesto 34, posee un arsenal considerable. Irán, al que EE UU acusa de estar buscando armas, está en el 57, aún en la zona de peligro. Rusia, con su inmenso arsenal, está en el 59. Si cualquiera de estos regímenes empieza a tambalearse, seguramente se producirá una carrera desesperada para salvaguardar este tipo de armas (o los elementos para su fabricación).

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La historia reciente nos ofrece un ejemplo perfecto de cómo asegurar estos arsenales. Los nuevos Estados de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán tenían armas atómicas en su territorio cuando se desintegró la URSS, en 1991. Después de intensas negociaciones, aceptaron cederlas y posteriormente se unieron al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). En total, Moscú recuperó aproximadamente 3.400 cabezas. Del mismo modo, Suráfrica renunció a todo su programa cuando el régimen del apartheid negoció la transición hacia la democracia, en 1989. Más tarde, el país se incorporó al TNP.
Las posibilidades de proteger las cabezas nucleares cuando se hunde un Estado dependen de cómo se produzca este proceso. Si la caída va acompañada de saqueos y disturbios generalizados, la tarea puede ser imposible. La presencia de grupos islámicos radicales en Pakistán hace que su arsenal preocupe especialmente. Incluso se ha dicho que el Pentágono dispone de planes de emergencia para salvaguardar las armas nucleares paquistaníes en caso de un golpe de Estado o un conflicto civil, pero los expertos reconocen que sería muy poco probable poder localizarlas rápidamente.



Fuera de foco
¿Qué ocurre cuando un Estado se derrumba y nadie se da cuenta? Esta pregunta no resulta tan absurda en muchas partes del mundo. Hemos comparado las puntuaciones del Índice con el número per cápita de reportajes escritos sobre los países. Irak deja muy atrás a las demás naciones en situación de riesgo: recibe cinco veces más atención que Afganistán y Bosnia. Los Estados en mayor situación de peligro, como Costa de Marfil, Somalia y la República Democrática del Congo, apenas aparecen en la prensa.

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Cuando caen los poderosos
Cuando se derrumba un Estado de gran tamaño todo el mundo se entera, y algunos vecinos desafortunados incluso pueden caer con él. Entre los países en la zona de peligro del Índice están Indonesia (242 millones de habitantes), Pakistán (162 millones), Rusia (143 millones) y Nigeria (129 millones). La República Democrática del Congo (60 millones) ya ha fracasado más de una vez en muchos aspectos, y se calcula que los conflictos y enfermedades resultantes han costado, como mínimo, tres millones de vidas. Las experiencias del Congo y la antigua Yugoslavia sugieren que un derrumbe de esta dimensión puede generar conflictos menores que crean malestar en la región y crisis humanas. El desmoronamiento del Congo se vio precipitado, en parte, por el caos de Ruanda, y motivó la intervención militar de siete países. Este conflicto, denominado "la primera guerra mundial de África", engendró la amenaza de que hubiera toda una región fallida. La desintegración de Yugoslavia, que, en comparación con otros Estados, era relativamente pequeña, desencadenó una huida de refugiados a Europa occidental y desestabilizó a varios países vecinos. Tuvieron que pasar tres años y más de 250.000 muertes hasta que las fuerzas de la OTAN, dirigidas por Estados Unidos, pudieron restablecer el orden.
La intervención externa para ayudar a un Estado fallido es más difícil cuando se trata de un país grande en plena agonía. Lo positivo es que, como hay tanto en juego, existen más probabilidades de que la comunidad internacional se comprometa en serio. Sin embargo, las necesidades logísticas y de tropas para cualquier intervención humanitaria o pacificadora pueden ser abrumadoras. El intento de establecer el orden en Irak (sólo 26 millones de habitantes) ha puesto a prueba los recursos del Ejército más poderoso del mundo



¿Combustible para el fracaso?
El descubrimiento de grandes reservas de petróleo y gas ha sido un tremendo impulso para muchas economías nacionales. ¿Pero ayuda verdaderamente el oro negro a tener un gobierno estable?

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Los politólogos han acuñado el término "petroestado" para calificar a un país que depende de los ingresos del petróleo y el gas, pero está lastrado por unas instituciones débiles, un sector público ineficaz y una enorme disparidad de poder y riqueza. Algunos expertos afirman que las grandes economías del crudo impiden muchas veces el desarrollo de instituciones estables y transparentes, un fenómeno llamado "la maldición de los recursos". José Ramos-Horta, ministro de Exteriores de Timor Oriental, ha expresado su preocupación porque su pequeño país no sea capaz de resistir las tentaciones que surgirán cuando empiece a explotar sus campos marinos de gas y petróleo con ayuda de Australia.
El Índice sugiere que numerosos Estados con estos recursos están en situación vulnerable. Irak, que alberga las segundas reservas de petróleo del mundo, es el cuarto país más frágil, aunque las causas de su estabilidad son muy variadas. Chad, que ha negociado un gran contrato de oleoductos con empresas privadas y el Banco Mundial, es el séptimo más indefenso. Venezuela, rico en petróleo y gobernado por el imprevisible Hugo Chávez, está en el puesto 21. No obstante, la mayoría de los países con abundancia energética están en la parte final de la lista, es decir, son vulnerables pero han conseguido crear y conservar cierta estabilidad. Son Estados -Arabia Saudí, Indonesia, Bahrein y Nigeria, entre otros- que han llenado sus arcas con el dinero del oro negro. Pero ese dinero puede tener un grave coste político.

La brecha continental
Siete de los 10 Estados más débiles están en África. Varios de ellos, como Liberia, la República Democrática del Congo y Sierra Leona, han sufrido guerras civiles a gran escala. Sudán padece lo que varios observadores han calificado de genocidio. ¿Está condenada África a ser el primer proveedor de Estados fallidos?
Hace 10 años había grandes esperanzas de que Suráfrica y Nigeria ayudaran a cubrir el vacío de buen gobierno en el continente. Hoy, esa esperanza ha disminuido. El presidente surafricano, Thabo Mbeki, acumula puntos con las compañías aéreas en sus intentos por resolver numerosas crisis africanas, pero, a menudo, sus intervenciones carecen de seguimiento. Suráfrica ha enviado soldados a las misiones de paz en el Congo y Darfur, pero no tiene los recursos necesarios para imponer soluciones. Las limitaciones de su diplomacia se ven, sobre todo, en Zimbabue, donde el poderoso presidente Robert Mugabe controla la espiral descendente de su país (puesto 15). Mbeki ha optado por lo que llama "diplomacia tranquila" en sus tratos con Mugabe, pero muchos observadores creen que Pretoria está apuntalando a un dictador en lugar de prevenir una crisis política en ciernes. Nigeria, el país más poblado de África, también es un Estado débil (puesto 54). Su Gobierno está consumido por la tarea de limpiar la corrupción y mediar en las graves tensiones sectarias. Aunque fuera capaz de superar sus propias dificultades, es evidente que Nigeria no está en situación de exportar estabilidad.



El dinero de la guerra
El poder, como decía Mao, puede surgir del cañón de un arma, pero tener muchos cañones no significa necesariamente tener un país poderoso. Hemos comparado las puntuaciones en el Índice con el gasto militar de cada país y hemos descubierto que los Estados débiles pueden tener presupuestos de defensa pequeños, medianos, grandes y gigantescos. Yemen es el octavo más vulnerable, y dedica un increíble 7,8% de su PIB al gasto militar. La nación más indefensa, Costa de Marfil, sólo dedica el 1,2%. Liberia y la República Democrática del Congo también tienen presupuestos modestos. Eritrea, Angola, Arabia Saudí, Yemen y Bahrein, cinco de los países con mayor inversión en armas del mundo (como porcentaje del PIB), son vulnerables.

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Toma y daca
Cuando los países proporcionan ayuda económica exterior, lo hacen por muchos motivos: impulsos humanitarios, preocupaciones estratégicas, política de grupos de interés y simple inercia burocrática. Hemos comparado el volumen de ayuda exterior per cápita que reciben los países con las puntuaciones del Índice y hemos descubierto que aquellos con mayor riesgo de hundimiento obtienen una ayuda mísera. La excepción son los que han sufrido una intervención militar internacional. Afganistán, Bosnia, República Democrática del Congo, Irak y Sierra Leona reciben un volumen de ayuda externa por encima de la media (Bosnia es el que más obtiene, con diferencia). Estados de alto riesgo que reciben poca ayuda, como Sudán y Corea del Norte, tienen unos gobiernos parias, así que sus habitantes sufren por los pecados de sus dirigentes.

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Desfile de pacificadores
La intervención extranjera no es la panacea para los países en crisis. La República Democrática del Congo, que acoge una fuerza de paz de la ONU de 16.000 miembros, es el segundo país de la clasificación. Irak es el cuarto más vulnerable. Haití es el décimo, Afganistán el decimoprimero y Bosnia ocupa el puesto 21º.
Congo, Haití y Sudán alojan lo que se podría denominar una fuerza de paz de baratillo. En ninguno de estos países las tropas multinacionales tienen el poder suficiente para controlar el territorio. Por ejemplo, el pequeño contingente de la Unión Africana en Sudán no ha conseguido impedir las atrocidades que siguen sucediendo en la región de Darfur. De hecho, en estos lugares, los destacamentos internacionales se han convertido a veces en una facción más, dentro de unas situaciones ya abarrotadas de bandos en disputa. En el otro lado del espectro está la intervención aplastante, como la de Bosnia en 1995. Allí, las tropas extranjeras consiguieron instaurar un protectorado internacional. No hay duda de que la posición de Bosnia en el Índice es mejor que si las fuerzas de paz nunca hubieran actuado, pero algunos observadores creen que la desmesurada presencia extranjera ha obstaculizado el desarrollo político del país. Diez años después de la intervención, nadie cree que las tropas vayan a irse pronto.
Irak y Afganistán se encuentran entre los dos extremos. En ambos países, las fuerzas dirigidas por Estados Unidos derrocaron a los gobiernos, pero no establecieron protectorados. Unas elecciones relativamente rápidas instauraron unos regímenes nuevos y frágiles que ahora luchan por hacerse con el control. El futuro de estos experimentos de reconstrucción nacional influirá en el abanico de opciones para próximas intervenciones extranjeras.






PREGUNTAS SOBRE EL ÍNDICE DE 'ESTADOS FALLIDOS'
Una visión trasnacional de las reacciones ante los Estados fallidos es la que presenta el estudio británico sobre la inestabilidad de las naciones Investing in Prevention: An International Strategy to Manage Risks of Instability and Improve Crisis Response (Unidad Estratégica del Primer Ministro, Londres, 2005). La Dirección de Inteligencia de la CIA subvencionó un análisis sobre el hundimiento de los Estados cuyas conclusiones se pueden leer, en parte, en State Failure Task Force Report: Phase III Findings (Science Applications International Corporation, McLean, Virginia, Estados Unidos, 2000), elaborado por Jack Goldstone, Ted Gurr y otros.
Pueden leerse buenos estudios sobre países en conflicto en Ending Civil Wars: The Implementation of Peace Agreements (Lynne Rienner, Boulder, Colorado, EE UU, 2002), editado por Stephen John Stedman, Donald Rothchild y Elizabeth Cousens. El polémico politólogo estadounidense Francis Fukuyama destaca la construcción de las instituciones fundamentales del Estado en State-Building: Governance and World Order in the 21st Century (Cornell University Press, Ithaca, Nueva York, 2004). Para un examen detallado de las actuaciones de Naciones Unidas en los últimos esfuerzos de reconstrucción nacional, ver You, the People: The United Nations, Transitional Administration, and State-Building (Oxford University Press, Nueva York, 2004), de Simon Chesterman. También conviene consultar la obra colectiva Los retos humanitarios del siglo XXI (Universidad de Valencia, 2004), de Francisco Aldecoa, Antonio Remiro Brotons y otros, en la que se analizan los desafíos que plantean los Estados débiles a la comunidad internacional en el ámbito de los derechos humanos.

Pararse a pensar

Frances de Carreras, en La Vanguardia invita a nuestros politicos a realizar deberes en sus vacaciones. Aunque pueda parecer localista su comentario yo creo que podemos generalizarlo a todos los politicos que pululan por esas tierras de Dios en los cinco continentes.
Os aconsejo su lectura

Dentro de una semana comenzarán las grandes vacaciones, las vacaciones de agosto. Se acercan, por tanto, días de viajes, de sol y playa, de vuelta al pueblo, de familia, de amigos, de excursiones por el campo, de paseos por la ciudad. Incluso algunos, pocos, sólo los muy inteligentes, aprovecharán las vacaciones para no hacer nada.

También lo políticos se van de vacaciones y bien que las necesitan. No envidio la vida del político, la del político de primera fila, aquel cuyo nombre aparece continuamente en las páginas de los periódicos, en las imágenes de la televisión, siempre a caballo de los acontecimientos, de los sobresaltos continuos, de los más imprevisibles sucesos. Tampoco hay que compadecerlo: es la vida que ha escogido, nadie le ha obligado a vivir así y, por tanto, ya sabía lo que le esperaba cuando escogió esta tarea, dura en muchos aspectos, seguramente también grata en otros. Los políticos no sólo necesitan vacaciones, sino que se las merecen.

Ahora bien, como les sucedía a los niños de antes, nuestros políticos de hoy tienen que hacer deberes, deberes de vacaciones. Lo siento, quizás son buenos chicos, es posible incluso que sean aplicados, pero no han aprovechado bien el curso y deben repasar. Los deberes, sin embargo, no son complicados. Deben limitarse a aprender a hacer una tarea bien sencilla: pararse a pensar. Cuidado: no se trata de meditar sobre los graves problemas que acechan al mundo, ni estudiar los sesudos informes que han quedado pendientes o leer el imprescindible libro que tanto les han recomendado. No. Pararse a pensar quiere decir simplemente eso: primero pararse y después pensar.

De las dos fases, la esencial es la primera, la de pararse. Pensar, por supuesto, no es algo secundario ni de menor importancia; por el contrario, es el objetivo principal. Pero el hecho de parar es indispensable, un requisito sine qua non, para alcanzar el objetivo principal: dentro del ajetreo diario los políticos deben saber que si no aprenden a parar, nunca llegarán a pensar, algo que, a pesar de los avances científicos, todavía sigue siendo imprescindible.

Por tanto, primero, parar y luego pensar. Me explico mediante dos ejemplos, muy distintos, de esta misma semana. Si Rubalcaba y el diputado del PP Ra-fael Hernando hubieran sabido parar a tiempo y pensarlo dos veces antes de increparse y abalanzarse el uno contra el otro como dos niños en el patio de un colegio, no hubieran dado el bochornoso espectáculo que, nada menos que en el Congreso de los Diputados, hemos podido contemplar, estupefactos, estos días. Segundo ejemplo: si en algún momento los políticos catalanes se hubieran parado a pensar sobre lo que estaban haciendo, no se habría producido el bochornoso espectáculo de presentar nada menos que 554 enmiendas a un proyecto de Estatut sobre el que están intentando llegar a un acuerdo desde hace dieciocho meses.

Lo siento mucho, sin duda merecen un descanso, pero para septiembre deben aprender a pararse y a pensar, una cosa detrás de la otra, ambas fundamentales para que no olviden lo principal: que están al servicio de los ciudadanos y deben atender bien a las tareas que éstos tienen derecho a exigirles. ¿ Qué pasaría en una empresa si dos empleados llegaran a las manos por unas palabras de más o una comisión trabajara durante un año y medio para establecer un plan de expansión sin llegar todavía a un acuerdo? ¿ A qué algunos se irían a la calle? Pues eso.

Donde y quién predica el odio

Lluis Fox en la vanguardia nos deleita con este articulo sobre las diferencias a la hora de integrarse los ciudadanos musulmanes en nuestra viaje Europa y contrapone las facilidades que tienen en nuestro pais y las dificultades que existen en los suyos para una actitud reciproca.

LLUÍS FOIX -
La tolerancia, la libre circulación de ideas y personas, la garantía de los derechos, una moneda común en la euro zona, una convivencia compartida desde Finlandia hasta Portugal y desde Malta hasta Irlanda, y la libertad para expresar cualquier opinión en cualquier rincón de la Unión son algunos de los éxitos sin precedentes en nuestra larga y ensangrentada historia.

La Unión Europea ha tenido la visión de asumir los costes de incorporar a países con menos renta pero a los que no se les puede negar el derecho histórico de pertenecer a la misma civilización. En este contexto de apertura política, intelectual y social ha acogido a varios millones de inmigrantes musulmanes que viven y trabajan entre nosotros y que pueden rezar al Dios del Profeta como si estuvieran en su propio país.

Se levantan mezquitas en todas las grandes ciudades europeas sin que en Arabia, Pakistán o Mauritania puedan abrirse fácilmente al culto templos cristianos. Europa entiende que la libertad religiosa alcanza de lleno a los derechos del individuo. En un exceso de celo se llega incluso a promover el levantamiento de minaretes para que los musulmanes puedan cumplir con sus ritos cada viernes o cuando les plazca.

Hay que reconocer que la gran mayoría de musulmanes que viven entre nosotros se han integrado a los valores cívicos compartidos por los europeos. Por cada joven terrorista de procedencia islámica se encuentran cientos de miles de jóvenes musulmanes que se rigen por las normas mínimas de la convivencia.

La mayoría de ellos no se han integrado plenamente. Porque no quieren o porque el salto cultural que tienen que dar no lo pueden o no lo quieren asumir. Viven en guetos sociales y culturales. Pero no son un peligro inminente. Lo que no acierto a entender es cómo y cuándo un joven de una ciudad inglesa o española decida convertirse a la “guerra santa”, primero en sus tiempos libres y luego en una dedicación exclusiva que les conduce al martirio.

Esta cultura de la muerte no la aprenden en las escuelas o en las universidades. Ni tampoco en el ambiente social en el que se mueven la mayoría de ellos. Hay que concluir, por lo tanto, que el proselitismo de la “guerra santa” procede de su comunidad o de los ámbitos internacionales en los que se predica el odio y la venganza contra Occidente.

Muchos de los jóvenes que se han inmolado han sido instruidos primeramente por alguien de su comunidad y después han viajado a lugares calientes del planeta en los que han perfeccionado su adiestramiento y les ha dispuesto para que puedan viajar con la muerte y para la muerte allí donde se les indique.

Este perfil de joven musulmán adoctrinado, viajado y suicida se ha repetido en los atentados de Nueva York y Washington, Madrid y Londres. Europa difícilmente puede controlar lo que se predica en las mezquitas o centros de instrucción en Pakistán, Iraq o Arabia Saudí. Pero sí tiene que plantearse con urgencia es controlar los mensajes que salen de la boca de quienes impulsan a esos jóvenes a entregarse a la muerte causando la muerte indiscriminada de cuantos más “infieles” mejor.

La libertad de culto no puede confundirse con la libertad para destruir a nuestra propia sociedad. Habrá que disponer de toda la información posible para detectar el nacimiento de esos pequeños monstruos. Habrá que dotar a los servicios de inteligencia de más medios, descubrir sus redes de financiación, sus comunicados vía correo electrónico, sus conversaciones a través de los móviles....

Esta estrategia no tienen porque vulnerar los derechos de millones de musulmanes que viven una integración aunque sea cosmética. Pero predicar la violencia contra nuestra sociedad, desde el interior de la misma, no podrá aceptarse por más tiempo. Bajo la normalidad en la que viven millones de musulmanes no se puede permitir que la libertad de una minoría pretenda destruir la de la mayoría.

Y ellos, no

<strong>Y ellos, no</strong>

Una vez más Fernándo Savater, filósofo, nos hace un análisis acertado del atentado de Londres.

En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena de nuevo la acostumbrada y retórica cantinela: ¿libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso contradictorias. Los que más nos alarman previniéndonos contra el posible recorte de libertades democráticas suelen ser precisamente los mismos que, en épocas de bonanza, no escatiman su escepticismo respecto a ellas: cuando todo marcha bien son meramente formales, aparentes, carentes de garantías. Pero, tras las bombas, se vuelven preciosas: el Leviatán estatal aprovechará la menor ocasión para arrebatárnoslas... Lo cierto es que la dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la Seguridad Social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué sé yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de derechas. Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya coartada por la incertidumbre o la necesidad.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar las épocas anteriores a la oleada de secuestros aéreos que inició las actuales medidas de seguridad en los aeropuertos: en aquellos días felices se subía uno al avión sin muchos más trámites que al autobús... Y en mis primeros viajes a Londres se fumaba tranquilamente en todos los transportes públicos, incluido el metro, hasta que un incendio fortuito en una estación acabó fulminantemente con tan placentera (para unos) y mortífera (para otros) licencia. Es decir: los proyectos sociales igualitarios imponen ciertas coacciones y los abusos o riesgos de la sociedad de masas restringen algunas privanzas, pero resulta bastante exagerado clamar que cada vez vivimos más esclavizados. La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre los demás. Lo importante es que si desaparecen privilegios o se imponen ciertas incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías fundamentales sobre las que se asienta la democracia (como creo que ha ocurrido en Guantánamo, por ejemplo). Y no olvidemos que algunos de nuestros clásicos -sobre todo los que vivieron períodos de inestabilidad y enfrentamientos civiles- van incluso más allá en la recomendación de amplitud al interpretar las leyes. Por ejemplo, Montaigne: "De verdad, cuando se llega a unas situaciones tan apremiantes que no cabe aguantar más, acaso sería más razonable bajar la cabeza para prestarse un poco a recibir el golpe, en vez de llevar la obstinación hasta sus últimas consecuencias y mostrarse inflexible, porque si no se suelta nada, se da pie a que la violencia todo lo pisotee: cuando las leyes no pueden lo que quieren, más valdría obligarlas a querer todo lo que pueden" (Ensayos, I, XXIII).

Hasta ahora, la amenaza comprobada del terrorismo internacional no ha supuesto en las democracias europeas mutilaciones insoportables de libertades fundamentales, aunque es casi seguro que aumentará restricciones y fastidios de nuestra existencia colectiva en el próximo futuro. Pero debería quedar claro en momentos como los que vivimos que los que ponen en jaque nuestra seguridad y nuestra libertad son los terroristas y no las autoridades que pretenden impedir sus fechorías. Tanto lo ocurrido en Madrid como en Londres indica claramente que ha sido una consideración generosa hasta la negligencia de las libertades de expresión y reunión de ciertos grupúsculos lo que ha facilitado los crímenes que ahora deploramos. En España, las medidas de Garzón y otros contra radicales islamistas fueron denunciadas antes del 11-M como abusos autoritarios destinados a agradar a Bush; en Inglaterra, desde hace más de diez años se permite que líderes radicales lleven a cabo actividades de proselitismo y exhorten al exterminio de los adversarios. Por ello no se entiende muy bien el diagnóstico de Gema Martín Muñoz tras los atentados de Londres: "Ha habido un exceso de celo policial que ha llevado al hostigamiento de las comunidades musulmanas y a interpretar en clave de control policial todo lo que se relaciona con el Islam, fomentando el racismo y perniciosos sentimientos de humillación" (en Al Qaeda y la lucha antiterrorista, EL PAÍS). No parece que tal cosa sea cierta ni en España, ni en Inglaterra, ni en Holanda, por citar tres lugares que han sufrido violencia terrorista recientemente y a distinta escala. No es el celo policial lo que provoca los atentados, sino su ausencia lo que permite fraguarlos.

En su primer discurso tras los crímenes de Londres, flanqueado por todos los líderes del G-8, Blair pronunció una frase cuya aparente redundancia me resultó especialmente expresiva: "Nosotros ganaremos; y ellos, no". Algunos habituales de este tipo de alharacas han reprochado al premier británico reincidir en el enfrentamiento entre civilizaciones, monopolizar etnocéntricamente valores universales, etc. Pero a mi juicio dijo algo a la vez obvio, sensato e importante. El "ellos" que utilizó no se refería a los miembros de una etnia o a los fieles de una religión, sino a los terroristas islamistas. Pero lo que quiso subrayar es que "nosotros", es decir, los ciudadanos de sociedades democráticas, debemos ganar, y que para ello los terroristas no pueden ser ignorados o considerados un fenómeno antropológico, sino que han de ser derrotados. Por supuesto, el terrorismo islamista tendrá sus causas, como todos los aconteceres de este mundo. Algunos pensadores nos han brindado las más profundas: el capitalismo salvaje, la arrogancia de Occidente, la injusticia universal, etc. Me extraña que nadie haya mencionado el Pecado Original, que también tuvo mucho vicio. Por cierto, el nazismo y el estalinismo tampoco carecieron de causas, quizá a fin de cuentas compartieran alguna con el terrorismo actual. En cualquier caso, lo urgente ahora es defendernos de sus ataques y proteger los mejores logros de nuestras sociedades frente a ellos. Algunos recomiendan que hagamos examen de conciencia, ejercicio siempre beneficioso; pero, en las trágicas circunstancias actuales, se diría que quienes más urgentemente deben practicarlo son los miembros de comunidades islámicas que desean vivir compartiendo esos valores democráticos que por fin deben ser reco-nocidos como universales y no eurocéntricos. Son ellos los más interesados en preguntarse por qué parece que su mayor aportación contemporánea a la modernidad política es Al Qaeda y cómo modificar la mala fama que tal parentesco puede propiciarles. Sin duda, nuestros países pueden y deben modificar muchos aspectos de su política exterior, luchar contra la miseria y la ignorancia en cualquier parte de nuestro globalizado horizonte, etc. Pero no precisamente para convencer a fanáticos ávidos de poder y venganza, a los que nunca faltarán justificaciones mientras les sobren armas, sino por razones políticamente más nobles.

Porque es precisamente con la política democrática con lo que quiere acabar el terrorismo. Lo ha señalado Michael Ignatieff en su interesante y polémico ensayo El mal menor: "El terrorismo es una forma de política cuya meta es la muerte de la propia política". Y es tal exterminio el que debemos evitar, desde la cordura de nuestras convicciones pero también desde la firmeza en mantenerlas. Lo más importante intelectualmente hoy no es tanto comprender los motivos de los terroristas, sino los nuestros para resistirles sin emplear sus propias armas. Tengamos claro por qué es imprescindible que en todo el mundo se abran paso los valores democráticos, y ellos, no.