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El lector curioso

la laicidad explicada a los niños

La laicidad explicada a los niños

Os dejo hoy un interesante articulo de Fernando Savater
FERNANDO SAVATER
EL PAÍS - Opinión - 05-11-2005

En 1791, como respuesta a la proclamación por la Convención francesa de los Derechos del Hombre, el Papa Pío VI hizo pública su encíclica Quod aliquantum en la que afirmaba que "no puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres". En 1832, Gregorio XVI reafirmaba esta condena sentenciando en su encíclica Mirari vos que la reivindicación de tal cosa como la "libertad de conciencia" era un error "venenosísimo". En 1864 apareció el Syllabus en el que Pío IX condenaba los principales errores de la modernidad democrática, entre ellos muy especialmente -dale que te pego- la libertad de conciencia. Deseoso de no quedarse atrás en celo inquisitorial, León XIII estableció en su encíclica Libertas de 1888 los males del liberalismo y el socialismo, epígonos indeseables de la nefasta ilustración, señalando que "no es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley alguna". Y a Pío X le correspondió fulminar la ley francesa de separación entre Iglesia y Estado con su encíclica Vehementer, de 1906, donde puede leerse: "Que sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombres más allá de los fines de esta breve vida". Hubo que esperar al Concilio Vaticano II y al decreto Dignitatis humanae personae, querido por Pablo VI, para que finalmente se reconociera la libertad de conciencia como una dimensión de la persona contra la cual no valen ni la razón de Estado ni la razón de la Iglesia. "¡Es una auténtica revolución!", exclamó el entonces cardenal Wojtyla.

¿Qué es la laicidad? Es el reconocimiento de la autonomía de lo político y civil respecto a lo religioso, la separación entre la esfera terrenal de aprendizajes, normas y garantías que todos debemos compartir y el ámbito íntimo (aunque públicamente exteriorizable a título particular) de las creencias de cada cual. La liberación es mutua, porque la política se sacude la tentación teocrática pero también las iglesias y los fieles dejan de estar manipulados por gobernantes que tratan de ponerlos a su servicio, cosa que desde Napoleón y su Concordato con la Santa Sede no ha dejado puntualmente de ocurrir, así como cesan de temer persecuciones contra su culto, tristemente conocidas en muchos países totalitarios. Por eso no tienen fundamento los temores de cierto prelado español que hace poco alertaba ante la amenaza en nuestro país de un "Estado ateo". Que pueda darse en algún sitio un Estado ateo sería tan raro como que apareciese un Estado geómetra o melancólico: pero si lo que teme monseñor es que aparezcan gobernantes que se inmiscuyan en cuestiones estrictamente religiosas para prohibirlas u hostigar a los creyentes, hará bien en apoyar con entusiasmo la laicidad de nuestras instituciones, que excluye precisamente tales comportamientos no menos que la sumisión de las leyes a los dictados de la Conferencia Episcopal. No sería el primer creyente y practicante religioso partidario del laicismo, pues abundan hoy como también los hubo ayer: recordemos por ejemplo a Ferdinand Buisson, colaborador de Jules Ferry y promotor de la escuela laica (obtuvo el premio Nobel de la paz en 1927), que fue un ferviente protestante. En España, algunos tienen inquina al término "laicidad" (o aún peor, "laicismo") y sostienen que nuestro país es constitucionamente "aconfesional" -eso puede pasar- pero no laico. Como ocurre con otras disputas semánticas (la que ahora rodea al término "nación", por ejemplo) lo importante es lo que cada cual espera obtener mediante un nombre u otro. Según lo interpretan algunos, un Estado no confesional es un Estado que no tiene una única devoción religiosa sino que tiene muchas, todas las que le pidan. Es multiconfesional, partidario de una especie de teocracia politeista que apoya y favorece las creencias estadísticamente más representadas entre su población o más combativas en la calle. De modo que sostendrá en la escuela pública todo tipo de catecismos y santificará institucionalmente las fiestas de iglesias surtidas. Es una interpretación que resulta por lo menos abusiva, sobre todo en lo que respecta a la enseñanza. Como ha avisado Claudio Magris (en "Laicità e religione", incluido en el volumen colectivo Le ragioni dei laici, ed. Laterza), "en nombre del deseo de los padres de hacer estudiar a sus hijos en la escuela que se reclame de sus principios -religiosos, políticos y morales- surgirán escuelas inspiradas por variadas charlatanerías ocultistas que cada vez se difunden más, por sectas caprichosas e ideologías de cualquier tipo. Habrá quizá padres racistas, nazis o estalinistas que pretenderán educar a sus hijos -a nuestras expensas- en el culto de su Moloch o que pedirán que no se sienten junto a extranjeros...". Debe recordarse que la enseñanza no es sólo un asunto que incumba al alumno y su familia, sino que tiene efectos públicos por muy privado que sea el centro en que se imparta. Una cosa es la instrucción religiosa o ideológica que cada cual pueda dar a sus vástagos siempre que no vaya contra leyes y principios constitucionales, otra el contenido del temario escolar que el Estado debe garantizar con su presupuesto que se enseñe a todos los niños y adolescentes. Si en otros campos, como el mencionado de las festividades, hay que manejarse flexiblemente entre lo tradicional, lo cultural y lo legalmente instituido, en el terreno escolar hay que ser preciso estableciendo las demarcaciones y distinguiendo entre los centros escolares (que pueden ser públicos, concertados o privados) y la enseñanza misma ofrecida en cualquiera de ellos, cuyo contenido de interés público debe estar siempre asegurado y garantizado para todos. En esto consiste precisamente la laicidad y no en otra cosa más oscura o temible. Algunos partidarios a ultranza de la religión como asignatura en la escuela han iniciado una cruzada contra la enseñanza de una moral cívica o formación ciudadana. Al oírles parece que los valores de los padres, cualesquiera que sean, han de resultar sagrados mientras que los de la sociedad democrática no pueden ex -plicarse sin incurrir en una manipulación de las mentes poco menos que totalitaria. Por supuesto, la objeción de que educar para la ciudadanía lleva a un adoctrinamiento neofranquista es tan profunda y digna de estudio como la de quienes aseguran que la educación sexual desemboca en la corrupción de menores. Como además ambas críticas suelen venir de las mismas personas, podemos comprenderlas mejor. En cualquier caso, la actitud laica rechaza cualquier planteamiento incontrovertible de valores políticos o sociales: el ilustrado Condorcet llegó a decir que ni siquiera los derechos humanos pueden enseñarse como si estuviesen escritos en unas tablas descendidas de los cielos. Pero es importante que en la escuela pública no falte la elucidación seguida de debate sobre las normas y objetivos fundamentales que persigue nuestra convivencia democrática, precisamente porque se basan en legitimaciones racionales y deben someterse a consideraciones históricas. Los valores no dejan de serlo y de exigir respeto aunque no aspiren a un carácter absoluto ni se refuercen con castigos o premios sobrenaturales... Y es indispensable hacerlo comprender. Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc...) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia. La justificada oposición a las pretensiones de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición de privilegio asimétrico se basa -desde el punto de vista laico- no en la amenaza que suponen para la unidad de España como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos "monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista... En todo caso, la época no parece favorable a la laicidad. Las novelas de más éxito tratan de evangelios apócrifos, profecías milenaristas, sábanas y sepulcros milagrosos, templarios -¡muchos templarios!- y batallas de ángeles contra demonios. Vaya por Dios, con perdón: qué lata. En cuanto a la (mal) llamada alianza de civilizaciones, en cuanto se reúnen los expertos para planearla resulta que la mayoría son curas de uno u otro modelo. Francamente, si no son los clérigos lo que más me interesa de mi cultura, no alcanzo a ver por qué van a ser lo que me resulte más apasionante de las demás. A no ser, claro, que también seamos "asimétricos" en esta cuestión... Hace un par de años, coincidí en un debate en París con el ex secretario de la ONU Butros Gali. Sostuvo ante mi asombro la gran importancia de la astrología en el Egipto actual, que los europeos no valoramos suficientemente. Respetuosamente, señalé que la astrología es tan pintoresca como falsa en todas partes, igual en El Cairo que en Estocolmo o Caracas. Butros Gali me informó de que precisamente esa opinión constituye un prejuicio eurocéntrico. No pude por menos de compadecer a los africanos que dependen de la astrología mientras otros continentes apuestan por la nanotecnología o la biogenética. Quizá el primer mandamiento de la laicidad consista en romper la idolatría culturalista y fomentar el espíritu crítico respecto a las tradiciones propias y ajenas. Podría formularse con aquellas palabras de Santayana: "No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que oprime a un mundo que no entiende en nombre de otro mundo que es inexistente".


Verdad y libertad

Verdad  y libertad

Este es un articulo publicado en Cataluña, en el periodico La Vanguardia por Lluis Fox

 

ESTOY DOLIDO. No tanto por lo que dicen, sino desde dónde lo dicen, desde una emisora católica     

 


Tengo unos apuntes recogidos de un discurso pronunciado por el marqués de Salisbury, líder de los conservadores británicos a la muerte de Disraeli en 1881 y primer ministro a partir de 1885, que al hablar de la libertad decía que "si estudian la historia, encontrarán que la libertad, cuando ha sido destruida, ha sido siempre destruida por aquellos que se cobijan bajo la cobertura de sus formas y que hablan de la libertad con elocuencia y vigor".

 

La libertad es uno de los valores incuestionables de la persona. En nombre de la libertad se han cometido muchas barbaridades, pero también se ha hecho avanzar a la humanidad hacia el progreso, el bienestar y la igualdad. La libertad es la gran fuerza creadora de la historia.

 

Se ha escrito tanto de la libertad que no me atrevo a añadir nada mínimamente original. Sostengo que las personas no pueden ser libres si no pueden salir de la pobreza estructural y si tienen una educación insuficiente.

 

Pero la libertad porque sí no es una carta ganadora si no se reconcilia con otros valores igualmente incuestionables. La libertad para destruir al adversario convirtiéndolo en enemigo mortal, porque no piensa como yo, no la considero libertad en mayúscula.

 

La libertad, a la larga y a la corta, tiene que partir de la verdad. La libertad para desfigurar los hechos, para insultar, para causar mal, para convertirla en instrumento de venganza no es la libertad en la que tanto creo como parte fundamental de la persona.

 

No soy partidario en absoluto de que se cierre una emisora de propiedad mayoritaria episcopal porque varios de sus locutores abren sus programas con insultos, motes y demás improperios contra todos aquellos que no coinciden con las opiniones, totalmente discutibles, que ellos lanzan en antena desde que sale el sol hasta que llega la noche.

 

Sé que a estas horas, el día de Todos los Santos o mañana que será el de Difuntos, puedo ser objeto de críticas y desprecios de brocha gorda contra mi persona. Federico así las gasta y César Vidal, con más sutileza, no se queda corto.

 

Estoy dolido. No tanto por lo que dicen, sino desde dónde lo dicen. No puedo aguantar más y si tengo que criticar en público a los obispos, a mis obispos, lo voy a hacer porque, como decía Newman, llega un momento en el que la conciencia es más poderosa y pasa por delante de la prudencia.

 

Ylo hago antes de que sea demasiado tarde y para que no me puedan decir en un futuro qué decía y qué hacía cuando desde una emisora propiedad de la Conferencia Episcopal se echaba gasolina y se prendía fuego sobre la pira de la convivencia patria con tanta alegría y seguridad denostando a aquellos que no pensaban lo mismo en cuestiones opinables y todo se hacía sin tener en cuenta aquello de que la verdad os hará libres.

 

No voy a tapar la boca a Federico. Primero porque no es mi intención y segundo porque él tiene derecho a defender lo que le venga en gana. Pero no en nombre de los creyentes, que somos de muchas sensibilidades, pensamos cosas diferentes en cuestiones temporales, no votamos todos lo mismo y no utilizamos nuestras creencias para destruir a los demás.

 

Me parece un escándalo. Especialmente cuando los argumentos que se barajan son que la Cope tiene audiencia, que gana dinero y que defiende causas cristianas ante el rampante laicismo de la izquierda que está en el poder en Barcelona y en Madrid.

 

No es así como van a detener esta corriente laicista. A mí me interesa más la ética como prolongación de la política, la bondad, la verdad, las personas y la libertad para que todos seamos más libres. No me interesa el poder ni la venganza. No soy partidario de la mentira cuyo padre es el diablo.

 

Uso y abuso de la historia

Os dejo hoy un interesante articulo sobre els revisiones historicas interesas y poco cientificas que se están dando en la actualidad

Enrique Moradiellos es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura. EL PAÍS  -  Opinión - 31-10-2005  

Por varias razones confluyentes, la llamada "memoria histórica" de la Guerra Civil española ha regresado al primer plano del debate mediático y del ámbito público. Es un fenómeno apreciable en el creciente volumen de publicaciones y polémicas registradas en los últimos años. Sin duda, este resurgir conlleva indudable importancia sociopolítica porque dicha contienda se sitúa en el origen de nuestro tiempo (aunque sólo sea porque aún viven protagonistas de un inmenso cataclismo con una cosecha de medio millón de muertos y otro medio millón de exiliados).
El confuso perfil que está cobrando este debate sobre la génesis, curso y desenlace del conflicto, sobre todo por el enconamiento de algunas manifestaciones, hace recomendable establecer unos parámetros historiográficos para su discusión razonada. Es una tarea difícil como sucede en todas las sociedades que deben afrontar un pasado traumático y divisivo (véase el peso del Holocausto en Alemania). Pero es también una tarea imprescindible para lograr que el conocimiento histórico desapasionado se convierta en fundamento de una convivencia social equilibrada y libre de hipotecas legadas del pasado. Los siguientes parámetros facilitarían ese encauzamiento del debate en términos propios de una ciencia histórica que tiene como divisa actuar bona fides, sine ira et studio (con buena fe, sin encono sectario y tras reflexión sobre la información disponible).

Primero. Cabría empezar orillando por absurdo el concepto de "memoria histórica". La memoria de cualquier persona, como facultad de recordar, es un atributo dado a escala individual: yo recuerdo mi infancia y el exiliado recuerda su partida al exilio. Lo que llamamos "memoria histórica" no es recuerdo biográfico sino "conciencia" formada por un tejido de experiencias, ideas recibidas, valores asumidos y lecturas mediadas: materiales de distinta procedencia que tanto se nutren de las propias vivencias biográficas como de las interacciones con otros iguales. Como ha recordado Todorov, la memoria es individual y las ideas que abrigamos sobre acontecimientos que no hemos vivido son parte de una conciencia que discurre en una esfera pública de discursos contrapuestos. Yo, nacido en 1961, tengo memoria de la llegada de la televisión en color, pero no puedo tener memoria del 18 de julio de 1936 porque no estaba allí. Y puesto que la "memoria histórica" no es tal sino conciencia, discurso o imagen, no puede ser unívoca sino plural. Me permito recordar una anécdota relatada por el padre Hilari Raguer sobre su conversación con el general Salas Larrazábal. Ambos tenían "memoria" de los bombardeos de Barcelona en marzo de 1938: el primero porque estaba a ras de suelo y corría a refugiarse para evitar la muerte; el segundo porque pilotaba aviones y buscaba los objetivos a batir.

Segundo. El reciente revival de ideas filofranquistas que justifican la legitimidad de la sublevación militar de julio de 1936 por el carácter anárquico-comunista del régimen republicano suele atribuirse al contexto político favorable que supuso la segunda etapa de Gobierno del presidente Aznar. Sin descontar esa posibilidad, creo que dicho fenómeno responde igualmente al cambio generacional registrado en la pirámide social española: el predominio en sus segmentos activos (de 25 a 45 años) de generaciones de "nietos" de la guerra, que ya no ven las cosas como los "abuelos" (soporte físico del difundido mito de la guerra como una "gesta heroica": ya sea franquista o republicana), ni tampoco como los "hijos" (base humana del mito del olvido necesario frente a una "tragedia colectiva" vergonzante). Este cambio de mirada correlativo al cambio generacional no es un fenómeno singular del caso español. Se encuentra en todas las sociedades de nuestro tiempo: ahí está la "desmitificación" de la heroica resistencia al nazismo en Francia o en Italia. Por otro lado, puesto que toda historia es historia contemporánea (en el sentido de que el pasado se mira e interroga desde la última generación viviente), ¿cómo cabe sorprenderse de que haya nuevas preguntas sobre la multifacética entidad de la Guerra Civil?

Tercero. La puesta en cuestión de imágenes consagradas sobre la guerra por relevo generacional se ha producido en un contexto social en el que era casi dominante, en el discurso público, una visión de la época de la Segunda República (1931-1936) que podríamos llamar "arcádica". Dicha visión fue resultado de un proceso iniciado en la década de los sesenta y tuvo grandes virtudes cívicas en la transición del franquismo a la democracia, en la medida en que restablecía la legitimidad de una demanda de restauración democrática y contrapesaba la masiva difamación que había constituido la razón de ser legitimadora de la propia dictadura. Pero era una visión filorrepublicana que la lenta labor de la historiografía nunca dejó de someter a crítica porque su labor es siempre sacrílega y nunca santificante. ¿De qué visión filorrepublicana hablamos? De aquella que supone que allá por 1936 había una tranquila y pacífica república democrática y, súbitamente, cuatro generales, otros tantos obispos y terratenientes, todos ellos alentados por Hitler y Mussolini, se lanzaron al asalto contra el régimen constitucional que tenía el apoyo de "todo" el pueblo español.

Contra esa visión simplista, que eclipsaba la profunda escisión social existente y la crisis de autoridad pública del primer semestre de 1936, se metieron a fondo unos nuevos historiadores profranquistas que vieron su oportunidad intelectual y aprovecharon el contexto político. Y lo hicieron maniqueamente y con abuso presentista de sus argumentos porque su propósito no era meramente historiográfico. Hay que recordar que esos nuevos autores ya no eran los viejos historiadores oficiales del franquismo, cuya legitimidad para pontificar sobre el tema estaba lastrada por su compromiso con un régimen hostil a las libertades y basado en la censura. Al contrario, algunos de ellos fueron activos y armados opositores a la dictadura. Y en esa novedad del neófito (aparte de su facundia y eficacia narrativa) reside buena parte de su fortuna. Aunque quepa dudar de su leal compromiso historiográfico. De otro modo, ¿cómo es posible que ignoren el análisis de Santos Juliá sobre la futilidad suicida de la Izquierda Socialista entre 1934 y 1936 y su efecto sobre la estabilidad del sistema democrático republicano? ¿Por qué desprecian los estudios de Martin Blinkhorn, Gil Pecharromán y otros sobre las vetas violentamente totalitarias e insurreccionales que definían a grupos derechistas como el carlismo, el falangismo o el monarquismo alfonsino?

Cuarto. El contexto políticodel revival del discurso oficial franquista (porque de eso trata el sedicente "revisionismo") es un factor clave de su fortuna mediática y pública. Con anterioridad a la etapa del último Gobierno del presidente Aznar, sus trabajos (todavía escasos) tenían el mismo éxito (para convencidos) de sus predecesores. Pero desde finales de los años noventa empezaron a recibir un apoyo mediático y parapolítico indudable (que no fue obra de todas las derechas existentes, en el poder o al margen de él). ¿Qué había detrás de esa cobertura? Creo que una voluntad amorfa e inconsciente de poner coto a las demandas del llamado movimiento de recuperación de la "Memoria Histórica" de los represaliados por el franquismo. Y ello sobre la base de impugnar la crueldad de los crímenes cometidos con el argumento de que eran parte de un proceso general de violencia "de ambas partes y por igual". Y también atribuyendo la exclusiva responsabilidad del fracaso de la democracia republicana a las víctimas de la represión y los partidos de la izquierda "irresponsable y antidemocrática".

Era una posición inteligente y previsible. Porque si la recuperación de la dignidad de aquellos muertos se hacía con la voluntad de señalar que "la nueva derecha en el poder era la heredera de los asesinos de 1936", no cabía esperar sino que los aludidos respondieran que "los reclamantes de ahora son los herederos de los subversivos que dieron al traste con la paz entre 1934 y 1936". Y así volvemos a las andadas de la generación de los "abuelos": los muertos como arma arrojadiza de legitimación propia y demonización ajena.

Me temo que estamos ante unos derroteros sociopolíticos peligrosos. Porque, si bien las responsabilidades de 1936 están claras en términos historiográficos (los militares que inician un golpe de Estado faccional son los primeros y máximos responsables de lo que viene después), también es verdad que la gradación de responsabilidades no deja inmaculado a ningún personaje, grupo político u organismo social, por acción u omisión. Y por eso "recordar" la Guerra Civil y "honrar" a sus víctimas requiere tanto sentido de la justicia como sentido de la prudencia. De hecho, sin entrar en primacías temporales o grados de vesania criminal, por cada "paseado" como García Lorca a manos militares siempre cabría presentar otro "paseado" como Muñoz Seca a manos milicianas.

Quinto. ¿Qué cabe hacer, entonces, con la "memoria" de la guerra y sus víctimas? Pues lo mismo que han hecho distintas sociedades enfrentadas a un pasado traumático, cercano y divisivo. Cabría poner punto final a la amnistía de 1977 y abrir un proceso para ajustar cuentas penales, como se hizo en 1945 en muchos países tras la liberación aliada del yugo nazi. El peligro es que sus resultados fueron muchas veces discutibles porque las responsabilidades afectaban a tantos millones que no cabía proseguir su curso hasta el extremo dado que ponía en cuestión la supervivencia del país. También cabría resignarse a saber únicamente lo que pasó mediante una comisión de encuesta que renunciara a ajustar cuentas y sólo compensara moral o materialmente a las víctimas. Es la opción asumida en la Suráfrica posterior al apartheid de la mano del informe del obispo Desmond Tutú y la preferida desde 1990 por los países ex soviéticos. Se trata, en fin, de un dilema clásico: o bien suscribimos el principio Fiat Iustitia, Pereat Mundo (Hágase justicia aunque se hunda el mundo); o bien nos inclinamos por la máxima Salus Publica, Suprema Lex (El bienestar de la sociedad es la ley suprema).

Honestamente, yo preferiría la segunda alternativa. Sin que por ello dejara de lado la necesaria restitución oficial de la "memoria" de los represaliados por el franquismo. ¿Por qué motivo? Porque sería una mera equiparación de situaciones entre víctimas. Porque es indigno no ayudar a los familiares actuales a localizar los restos de sus antepasados enterrados en fosas anónimas. Porque las otras víctimas de la violencia republicana (muchas inocentes y bien contadas gracias a la eficacia de la Causa General incoada por el franquismo) ya tuvieron su restitución oficial, sus muertes reconocidas, sus tumbas honradas, sus deudos gratificados. Se trata, en esencia, de una mera cuestión de justicia equitativa. Y deberíamos dejarla estar así, sin mayores polémicas sociopolíticas donde todas las partes, me temo, tendrían mucho que perder y más que lamentar.

¿Y si el Islam fuera otra cosa?

Os recomiendo encarecidamente este documento sobre el Islam me parece muy esclarecedor, seguro que os dará que pensar.


¿Y si el Islam fuera otra cosa?
Emilio GALINDO AGUILAR





Este texto fue originalmente una conferencia, por eso guarda todavía huellas del lenguaje oral.



Ante todo agradezco de todo corazón esta invitación que me han hecho a compartir, a intercambiar ideas sobre una pregunta que creo que tenemos que hacernos: ¿Y si el Islam fuera otra cosa de lo que nos han dicho y repetido en tantas Iglesias y Catedrales, con tantos prejuicios y tópicos contra lo que fue un gran regalo que Dios hizo a la humanidad, para recordarnos algo que habíamos olvidado, como veremos enseguida?.

El Islam es uno de los temas más importantes si de verdad queremos estar al corriente de lo que está pasando en este mundo porque, nos guste o no, entra como elemento esencial e insustituible en la fórmula del devenir de la humanidad; el Islam es una de las vigorosas raíces del futuro de la misma. Para convencerse de ello no es necesario ser un gran islamólogo, sino que basta con observar la realidad del Islam hoy.

Sumando, los musulmanes son actualmente cerca de mil doscientos millones de seres humanos, es decir, una quinta parte de la humanidad, que está además en la encrucijada del camino de su historia: el medio Oriente, el Norte de África, las grandes rutas por donde ha pasado la cultura y la civilización está en manos del Islam. Además, frente al mundo occidental, que es un mundo de viejos, es un pueblo de jóvenes donde todos los planes de desarrollo fallan porque la demografía se impone a las planificaciones que hacen los hombres.

Es un mundo de una profunda y riquísima cultura, de una religiosidad tremenda; es un mundo que puede darnos una enorme lección de algo que nosotros necesitamos hoy más que nunca: Hemos olvidado el Absoluto, hemos olvidado la trascendencia, nos hemos materializado, y el Islam viene a recordarnos que no hay otro Dios, que no podemos fabricar dioses, que no podemos ser chapuceros creando ídolos que se enmohecen. Viene a recordamos que no hay más que un Dios. Y sobre todo el Islam puede darnos la riquísima lección de los místicos sufíes, esos hombres incómodos del Islam que marcaron y que marcan, que no tienen nada que envidiar a los de otras religiones, incluido nuestro catolicismo. Comparar es siempre odioso, pero es realmente sorprendente que incluso alguno de nuestros grandes místicos, San Juan de la Cruz, por ejemplo, bebió en sus fuentes.

Si esto es así, ¿cómo podemos prescindir del Islam? ¿Cómo podemos aventuramos en este comienzo de milenio a dejarlo de lado, o en la zona de los prejuicios y de los tópicos sin interesarnos por conocer cómo es verdaderamente? Ocurre sin embargo, es muy frecuente, que la religión del Islam es la más ignorada, y por otra parte, es aquella sobre la que más certezas tenemos. Es curioso, no es contradictorio sino que es real: todos conocen, y han estudiado el Islam, todos tenemos certezas. Recuerdo una encuesta que hicimos hace 28 años entre universitarios sobre el Islam y los árabes, en la que se les daba una primera pregunta, con 24 adjetivos positivos y negativos mezclados, pidiéndoles que subrayaran los que según ellos correspondían más a la idea que tenían de los árabes. De los 10 más subrayados, 8 eran negativos. ¿Cómo tienen tanta certeza? La que más veces aparecía era "fanático", aplicado precisamente al Islam, la dulce realidad del Islam, la única religión que tiene la palabra "paz" en su propio nombre... Venimos cargados de prejuicios y así no es fácil conocer lo que es realmente.

La palabra más dura que yo he leído sobre este tema de las religiones, es la de un corresponsal judío de la última guerra, que decía: "Todos tenemos la suficiente religión para odiarnos, pero no la necesaria para amarnos los unos a los otros". Guárdenla, medítenla, y si les quita el sueño... ¡Bendito sea Dios! Y esta cruda verdad pensamos que no necesita probarse; todos llevamos heridas y prejuicios en nuestra personalidad religiosa, pero hay que añadir que si esta actitud de rechazo y desprecio mutuo ha sido históricamente el pan de cada día de todas las religiones, lo ha sido mucho más respecto del Islam, del que casi podemos decir que sólo se puede hablar mal, porque si uno habla bien enseguida surge la pregunta de si te has convertido al Islam. Yo doy clases en la Universidad de Comillas en Madrid, y en un Master de Ciencias de la Religión me toca hablar del Islam, y más de uno, sabiendo que soy sacerdote católico y que estoy encantado de ser cura, me ha preguntado si me he convertido al Islam. Es que no pega hablar bien en este sentido... Un superior mío, en África, me dijo: "Mira, del Islam se ha hablado mucho y mal, vamos a comenzar nosotros a hablar un poco y bien."

Hasta tal punto es verdad esto que digo, que se puede afirmar, sin miedo a equivocarse, que el Islam ha sido históricamente, al menos en nuestro mundo occidental cristiano la religión más despreciada, calumniada y maltratada de la historia; y no digamos nada de la persona de su fundador Mahoma, considerado por este occidente como el prototipo del hombre ambicioso, sensual, mujeriego, falso, traicionero... y otros calificativos por el estilo.

Yo soy granadino, y recuerdo que en mis tiempos de seminario no nos dejaban ir en Navidad a casa de la familia, porque podíamos perder la vocación... y nos entreteníamos haciendo comedias, etc. Pero el acto que no fallaba nunca era el del dos de enero, cuando se conmemora el final de la reconquista de Granada. Había que celebrarlo, e íbamos a la catedral a una ceremonia cívico-político-religiosa; desde la Capilla Real, donde están enterrados los Reyes Católicos, se salía en procesión con el pendón de Castilla, la espada de Fernando, la corona de Isabel, toda la flor y nata de Granada, el rector de la Universidad, el cabildo, el gobernador civil, y el arzobispo al frente, y desde el púlpito de esa catedral, desde lo que llamaban "la cátedra máxima del Espíritu Santo", se decían estas "preciosidades" sobre la religión del Islam:

"Una religión que consagra la tiranía, permite el deleite y favorece la pereza natural, velando las operaciones del entendimiento.. (¡toda esa legión de grandes científicos musulmanes!) ... con esa religión no hay esperanza para las grandes revoluciones, y la esclavitud queda establecida para siempre. Con las cabezas ceñidas por turbantes que van pregonando el fanatismo, empujados por la cólera de Dios, montados en ligeros potros, sintiendo los estímulos de la lujuria en el cuerpo y el ansia de la dominación en las almas, vienen a imponer otra religión, otro culto y otra moral.. mejor dicho, no traían moral. La religión musulmana sólo habla de espadas y obra todavía sobre los hombres con ese espíritu de destrucción que la ha fundado, que no reconoce otro derecho de gentes que el fanatismo y la barbarie. Todas las grandes conquistas llevan en sí el signo que las distingue; a los árabes el fanatismo..."



Y si así tratan al Islam, no podían ser más comprensivos con Mahoma. Respecto a él dicen esos mismos: " ...con la nueva religión que inventara Mahoma, ambicioso, cruel, fanático y cobarde". Dice otro: "Han existido dos hombres que son, sin duda, los que mayores daños han causado a la Iglesia católica: Mahoma y Lutero, los dos grandes hombres del error si es que puede llamarse grande a un hombre que se levanta contra Dios..." (mil doscientos millones de habitantes de este mundo nuestro creen en Dios gracias a Mahoma) "...Mahoma levantó la cimitarra contra el divino fundador del cristianismo..."
¿Dónde se inspiraría esta gente? La frase más profunda y más bonita que he oído de Cristo, y llevo muchos años siguiéndole, la he oído de labios de un gran místico español de Murcia, lbn Arabi, que decía: "Aquél que cae enfermo de Jesús no se cura nunca, aquél cuya droga es Jesús está perdido". Y ese otro hadit del profeta que dice: "Cuando venga el final de los tiempos Jesús vendrá a establecer la paz en el mundo; espero estar entonces en vida, pero si no estuviese decidle a Jesús: Mahoma te saluda".

No podemos hablar del Islam sin caer en la cuenta de que vivimos muy prejuzgados, muy preocupados con ideas que no son correctas. Y, para que el Islam llegue a ser nuestro prójimo, una consigna, un consejo de ese coloso del espíritu y del diálogo religioso que fue Tony de Mello: "si al tratar de las demás religiones y de sus seguidores, tenemos que escoger entre el dictado de un corazón compasivo y las exigencias de una ideología, rechacemos la ideología sin dudarlo un instante. La compasión no tiene ideología y acierta siempre el instinto de su corazón en lugar de seguir la lógica de la religión, se nos habría ahorrado asistir a espectáculos como el de la quema de herejes o el de millones de personas inocentes asesinadas en guerras libradas en nombre de la religión, incluso de Dios mismo".

Voy a dar a continuación una serie de pinceladas, que espero nos ayuden a ensanchar el corazón, a hacernos prójimos de los demás, a echar fuera tanto prejuicio que nos han metido dentro, y poder así entablar un diálogo que sea positivo, más o menos como Dios quiere. Cada pincelada llevará una palabra clave, para que quede "más clavada".



EXPERIENCIA: Es la primera idea. Como todos los grandes y auténticos movimientos de la humanidad, los movimientos religiosos de la historia, el Islam tiene su origen en la experiencia ardiente del místico de Dios, en el encuentro indecible con el Dios uno y único, experiencia personal, profunda, total, transformante y decisiva de un hombre llamado Mahoma. El punto germinal, raíz y razón del Islam está en esta experiencia de Dios de ese hombre nacido en La Meca en el 570, y sobre el que todos eran unánimes al afirmar que era un hombre piadoso, honesto y caritativo, a cuyo buen juicio recurría frecuentemente la comunidad. Se le conocía por el sobrenombre de "el piadoso, el equitativo, el amigo del necesitado y defensor del oprimido" y este otro piropo indecible: "el hombre plenamente de acuerdo con Dios". Y recuerdo esta oración del salmo sufí, que decía Mahoma:

"¡Oh, Dios mío!, pon una luz en mí corazón,
una luz en mi tumba, en mi oído, en mi vista,
en mis cabellos, en mi piel, en mí carne,
en mi sangre, en mis huesos...
Una luz ante mí, una luz detrás de mí, a mi derecha y a mí izquierda.
¡Oh, Dios mío!, acrecienta mi luz, dame luz, hazme luz,
¡Oh luz de la luz! Por tu misericordia, ¡oh misericordioso!



Estamos muy lejos de los sermones de Granada... Y aquí quisiera adelantar una doble observación: La dificultad de Occidente para entender el Islam viene del hecho de negarle a Mahoma esta experiencia, motor de toda su vida y de su obra; negamos su encargo profético, y entonces tenemos que buscar otros motivos que serán generalmente negativos: ambición de poder, liderazgo político, obra del diablo o de un esquizofrénico perdido... De ahí el desprecio y las calumnias que hemos amontonado. Y también indicar el camino que tenemos que desandar, el que señalaba el cardenal Tarancón en el segundo Congreso Islamo-cristiano de Córdoba: "Cómo se puede apreciar al Islam y a los musulmanes sin apreciar a su profeta y a los valores que han promovido la vida de éstos?", ¿cómo vamos a apreciar a esa gente que llega, si a su fundador y a la religión creada por él la cargamos de tantos prejuicios?

Y una clave de interpretación que vale para todas las religiones, y esto sí que es muy positivo, es lo que yo llamaría la coherencia. Allí donde nuestra postura no es coherente con lo que proyectamos sobre Dios, no es coherente con Dios, no puede venir de Dios. La experiencia del misterio de Dios nunca es agresiva. Yo se lo digo a los musulmanes, a algunos que tienen tendencias un poco fundamentalistas: donde hay agresión no está Dios. Toda palabra que digamos que viene de Dios, si es agresiva, no puede venir de Él. Dios sería incoherente y Dios es infinitamente coherente. Es más justo poner en duda una Escritura que hacer incoherente a Dios. Y este es un criterio que hay que aplicar, y nosotros deberíamos arrancar más de una página del A. T. También porque eso del pueblo elegido... ¿podemos comenzar a hacer matices y distinciones...? Dios es amor y el amor no distingue y lo que no se parece en nada al Dios amor y al Dios que ama a todos los pueblos y a todos los seres humanos no viene de Dios.

Así que nada de agresividad, nada de negatividad, nada que suprima lo que Dios ha hecho, nada que cree carencias en los derechos de las personas. Si Dios ha hecho al hombre y a la mujer iguales, ¡que no vengan en nombre de Dios a quitarle a la mujer derechos que ya tiene porque viene de Dios! Si Dios ha hecho al hombre libre, ¡que no venga ninguna religión, basándose en Dios, a quitarle esa libertad a quien sea, hombre o mujer! Y ésa es la norma que deberíamos sacar ya de esta primera pincelada. El que hace la experiencia de Dios se hace como dice Krishnamunti, como cuando tocamos, aunque sea levemente, la realidad de Dios. La experiencia de Dios hace que tengamos un alma ecuménica, un alma hospitalaria con todas las creencias. Cuando ponemos vallas, límites y fronteras, desde luego no estamos haciendo lo que Dios quiere; es el signo más seguro de que no hemos hecho la verdadera experiencia de Dios.



MISIÓN: Es la segunda palabra clave. Ante esta experiencia de Dios Mahoma se asustó, como se asustan todos los profetas, se sintió sobrecogido, anonadado, temiendo ser engañado; por eso busca el apoyo de su mujer Jadicha. Mahoma fue monógamo mientras ella vivió. Jadicha es un personaje curioso, tenía familia cristiana, probablemente un obispo ortodoxo, y un primo, Baraca, que no sabemos si era cristiano o uno de los que buscaban al Dios de Abraham, y que afirmó, cuando Jadicha le llevó a Mahoma, que las pruebas de que Dios hablaba por él, eran claras.

De todos modos, su experiencia no dejaba lugar a dudas, y la voz ordena y encarga una misión. Mahoma grita, anuncia, convoca y comienza a predicar contra viento y marea, como les ocurre a todos los que experimentan la presencia de Dios. Y comienza a predicar, no una doctrina, no el Corán, sino el Islam, es decir, una postura. Todo el Islam es una postura, un talante nuevo, es decir, un rendirse sin condiciones ni dudas a Dios; rendimiento agradecido puesto que todo venía de Dios, rendimiento que es la esencia de lo que él ha experimentado, y que al mismo tiempo es la consecuencia del pacto que, según el Islam, hizo Dios con la creatura antes de que existiese.

Islam es la entrega de todo uno mismo a Dios; es el nombre mismo de la misión, de la predicación de Mahoma y a la que será fiel siempre, no sólo en los comienzos puros y claros de su predicación en La Meca, sino también en los días más ajetreados políticamente de Medina, y hasta su muerte. Ni un momento dudará Mahoma de su misión; nada ni nadie le hará cejar de su vocación profética. Debió ser singularmente honda y acaparante la experiencia de Dios, la conciencia del mandato recibido para aguantar tantos trabajos y tantas contrariedades como tuvo que soportar. Pocos profetas aguantaron tanto y se aprovecharon tan poco de su misión.



RECORDAR: Es la tercera pincelada. Yo doy a esta palabra el sentido que tiene en castellano: "recordaré", traer de nuevo al corazón. Si en su origen todo el Islam es fruto de una experiencia, en su mensaje y dinámica todo él tiene como tarea el recordar. La palabra clave que mejor define al Islam como misión es "recuerdo". De ahí esa repetición que toman todas las religiones orientales (el mismo rosario católico), no para estar pensando cada palabra, sino para crear una atmósfera de presencia del invisible, del Absoluto, de Dios.

Si es recuerdo quiere decir que el Islam nunca quiso ser una religión, como tampoco la de Jesús. Ningún hombre que haya hecho la experiencia verdadera de Dios funda religiones. Eso lo harán los que vienen después, los listillos de turno, los que ven que el nombre de Dios es infinitamente útil y puede servir de mucho. (Si yo saco mi tarjeta de visita no voy a ningún sitio, pero si saco la tarjeta de visita de Dios... las cosas cambian). Antonio Gala dice: "Nunca se mata más impunemente que cuando se mata en nombre de Dios, nunca se gobierna más seguro que cuando se gobierna en nombre de Dios, nunca se gana dinero más aséptico -el agua bendita es un buen detergente- que cuando se gana en nombre de Dios." Es utilizar el nombre de Dios en vano.

El Islam nunca quiso ser una religión. Por eso uno de sus grandes representantes, el místico Rumi diría: "el hombre de Dios, es decir, aquél que ha hecho la verdadera experiencia de Dios, está más allá de la religión." Es un criterio para juzgarnos: si estamos más acá, es que no hemos hecho la experiencia de Dios. Mahoma se sitúa en la línea de los anteriores profetas bíblicos y evangélicos. Hay en él una voluntad clara de acogida y reafirmación de toda la revelación bíblica anterior. Por eso al comienzo, la "Kaabah", -la mezquita que indica la dirección de la Meca- estaba dirigida a Jerusalén. Muchos de los que hoy día llamamos "los pilares del Islam", la oración ("sala"), el ayuno ("sawm"), se tomaron de judíos y cristianos. Mahoma no quiso crear otra religión al margen del cristianismo y del judaísmo. Quizá fue la coyuntura, la no recepción, el rechazo de su valor profético, lo que hizo que poco a poco se fuera distanciando, la dirección de La Meca se impuso y se fue perfeccionando otra práctica religiosa.

Su distanciamiento cada vez mayor del judaísmo y del cristianismo será más un accidente coyuntural que una razón de fondo. Hay una frase de un autor que dice, en Junio del 94 en la revista "Concilio": "La aparición del Islam fue una llamada a la reforma que la Iglesia, saturada de éxitos desde los tiempos de Constantino el Grande, no supo captar. " Lo que el profeta, y el movimiento que él pone en marcha, se siente obligado a hacer es recordar dos cosas:

La primera, recordar al Dios de siempre, el mismo de todos los hombres, el que proclamaron los profetas anteriores, el del pacto primordial con el hombre. Por eso hay una dimensión universal del Islam desde los comienzos; no se queda en la tribu ni en una comunidad dada.

Y segundo, recordar la actitud básica y radical de la creatura con su creador, que no es otra que la que tuvo Abraham, el amigo de Dios, que dice el Corán que no era ni judío ni cristiano, y cuya religión es la verdadera; actitud que fue constantemente -y hay que repetirlo entre cristianos- la de Jesús de Nazaret, que dice a su madre cuando se pierde en el Templo: "Pero ¿no sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?". Jesús que dice que su comida es hacer la voluntad del que lo envió. "Cristo, dirá S. Pablo, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Jesús tendrá sed, le darán hiel y vinagre, le atravesarán el costado, y cuando ya ha terminado de cumplir todo, entonces comienza lo verdadero. El "Consumatum est" es un entroncamiento total con Dios. Por eso dirá el Corán, y creo que hay que estar de acuerdo porque a mí no me importa decir que soy musulmán en este sentido, "Cristo fue un gran musulmán, fue el hombre sometido a Dios hasta la muerte y muerte en la Cruz." Es el rendimiento a Dios sin condiciones, libre, gozosamente, ahí tenemos que estar todos (lean el Principio y Fundamento de San Ignacio). Por eso dirá el Corán que no todos nacemos musulmanes, pero todos somos creaturas que, libre y amorosamente, se rinden a Dios. Algo se olvidó de lo que anunciaron los profetas anteriores, algo importante olvidaron los seguidores de Jesús, para que Dios enviase tal recordador. Y hay muchos recuerdos que Dios ha hecho a través de la historia y que siempre nos han encontrado un poco dormidos.

El fundamentalismo que atribuimos al Islam, es una palabra que no conocen los musulmanes ni el árabe. Se la hemos aplicado hasta el punto de que ya, cuando se habla de fundamentalismo, todo el mundo piensa en el Islam. Estos días se ha podido ver el fundamentalismo judío: 250.000 personas que gritan por las calles de Jerusalén que quieren volver a la Biblia. Recuerdo que, en una serie de conferencias sobre el fundamentalismo, en la fundación Jean Maragali, yo hablé del Islam, y un judío comenzó así: "Cuando me han dicho que hablase del fundamentalismo judío pensé: ¿qué voy a decir yo de esto?" Y cuando terminó la conferencia dijo: "¡Qué equivocado estaba!" Todas las religiones, todas las políticas, allí donde ponen los hombres la mano, crean fundamentalismo, hacen exclusión, excluyen a otros hombres por motivos muy diversos; lo que nunca se puede es ser fundamentalista en nombre de Dios.

El Islam, como todo acontecimiento histórico, tiene varias lecturas. Dentro de la historia global de la salvación, esta misión de recordarnos lo acontecido es una gracia para todos los hombres, y en especial para religiones reveladas, monoteístas, judíos y cristianos, y esto debe hacernos más cercanos y más nuestros. Como diría el Papa en Casablanca, a la juventud marroquí: "Los cristianos estamos también orgullosos de vuestra tradición religiosa". Recuerdo que es tanto más de agradecer porque vivimos en un mundo complicado y olvidadizo de lo esencial, un tiempo en que se proclama como doctrina corriente, -incluso ha habido teólogos- la muerte de Dios. Es bueno que cinco veces al día el "almuecín", el "almuédano" nos dé el grito profético a todos los hombres: "No hay más Dios que Dios, y no hagáis otros dioses, que os equivocáis y os hacéis daño".



DIOS PARCIAL: Dios es infinitamente parcial, me explico: El signo evidente de que Dios no es un invento ni un ídolo, es que es un Dios comprometido y comprometedor; tal es el Dios de la experiencia de Mahoma, un Dios que hace descubrir el carácter sagrado, único del hombre, sobre todo de los más pequeños, de los débiles, huérfanos, viudas, pobres... Hay que leer el Corán, no para ir buscando los puntos negros que también podemos encontrar hasta en el Evangelio, sino el mensaje, la hondura, la experiencia, la visión positiva. Mahoma se pasó prácticamente toda su vida huérfano, ya que incluso la Hégira, la salida de La Meca a Medina fue en parte debida al hecho de quedarse sin protector, lo que en una sociedad tribal era imposible, impensable y un peligro de muerte, y sus palabras, quizás marcado por esta experiencia de orfandad y apoyado en ella, tienen el calor y el brío de los mejores profetas de Israel. No voy a recitar todas, ni a dar citas, pero dice el Corán:

"No sirváis sino a Dios, sed buenos con vuestros padres y parientes como huérfanos y pobres; hablad bien a todos, haced la oración y dad la limosna. Si dais limosna públicamente es algo excelente, pero si la dais ocultamente y a los pobres, es mejor para vosotros y borrará en parte vuestras malas obras. Dios está bien informado de lo que hacéis. Dios hace que se malogre la usura, pero hace fructificar la limosna. Quienes consuman injustamente la hacienda de los huérfanos, sólo fuego ingerirán en sus entrañas y arderán en el fuego del infierno. Dios no tendrá en cuenta la vanidad de vuestros juramentos, pero sí el que hayáis jurado deliberadamente. Como expiación alimentaréis a 10 pobres como soléis alimentar a vuestra familia, o los vestiréis... "



Hay otro "hadit", dicho, del profeta que dice: "Dios mío, hazme vivir pobremente, morir pobremente y resucitar el día del juicio entre los pobres" Y otro: "Mí servidor estaba enfermo, reprocha Dios, y tú no lo visitaste, ¿no sabías tú que su curación era mi curación y que su pena era mi pena? Interesarse por su salud, manifestar la afección, es interesarse por mi salud y manifestarme afección". Parecen palabras sacadas de Mateo. Y este otro: "Arrojará Dios de su pensamiento a la población de una ciudad de la que se encuentre hambriento uno sólo de sus habitantes. No es de los nuestros quien duerme harto mientras que su vecino está hambriento". Esa historia de la mano cortada es algo que los políticos emplean porque les interesa, pero no la toman en su sentido profundo. El primer califa nombró un día un gobernador y éste, deseoso de hacerlo bien y de ganar aprecio, dijo: "Yo señor, gran califa, al que en mi provincia roba le corto la mano". El califa cerró los ojos y se quedó pensativo, y abriéndolos un poco le dijo: "Muy bien, pero ¡ten cuidado, que ese que roba no robe porque no tiene qué comer! Tu misión de gobernante es hacer que todos coman y si uno tiene que robar porque no come y encima le cortas la mano..."

Es decir, el Corán está lleno de textos en este sentido. Tengo un alumno en Comillas que ha leído el Corán y sacado todos los que hablan del prójimo, y ha hecho una tesina. Habría que hablar mucho de este Dios parcial y que Mahoma repite. Para las mujeres que están aquí les brindo esto, porque dicen tantas cosas negativas de Mahoma en este sentido...: "No hagas llorar a una mujer, sus lágrimas las cuenta Dios" Dios, como un rosario de infinita ternura, va contando una a una las lágrimas que injustamente hacen sufrir a la mujer.



MOVIMIENTO: Empleo esta palabra porque no hay otra para expresar esta quinta pincelada. El Islam fue un movimiento revolucionario, como lo fue también el cristianismo. Y le pasó lo mismo que a todos: cuando se amortigua y destapa a escala mundial, pierde el espíritu y se convierte en una religión. A Mahoma le siguen un puñado de fieles, y este movimiento de hombres puesto en marcha por la predicación de Mahoma, que recuerda la sumisión total a Dios y la solidaridad y justicia con los más pobres, se presenta ante la sociedad clasista y materialista de La Meca y Arabia, como revolucionario.

Se caracteriza desde su nacimiento por una ruptura crítica que dejará una huella decisiva en la comunidad nueva que se crea. La revelación hecha a Mahoma implicará una puesta en tela de juicio del estatuto social y religioso, es decir, el lazo tribal y de sangre que da cohesión a esa sociedad, será sustituido por la fraternidad en la fe, en una consanguinidad en la fe, sin distinción de raza, color o poder. Ahí hay un aire de universalidad que impregna el recuerdo religioso de Mahoma. Al mismo tiempo, ese estatuto de fraternidad entre los miembros que aceptan el rendimiento a Dios, pone en tela de juicio a la sociedad clasista e injusta de La Meca, suscitando la oposición sin tregua de las grandes familias mequenses, que veían un peligro muy serio para sus intereses que estaban ubicados alrededor de la Meca. Pusieron precio a la cabeza de Mahoma y no lo mataron cuando ya huía porque se escondió y los despistó. Aquí tenemos un paralelismo con Jesús: en el fondo los dos eran herederos de la revelación del A. T. y los dos toman posturas ante ella.

Este movimiento revolucionario, esta lucha contra la opresión religiosa va a traer consecuencias permanentes en el Islam, la más característica el iconociastismo, el rechazo de los ídolos. Esto es algo vísceral, el rechazo de las imágenes fabricadas sobre las que se centra la adoración de los fieles, y más generalmente la desconfianza respecto a toda presentación religiosa. De aquí nace el hecho de que en la mezquita no haya imágenes. Cuando Mahoma volvió triunfante de Medina y ocupó La Meca, entró en la Kaabah y quitó todos los ídolos, salvo -algo además curioso- a Jesús y María.

Otra consecuencia de este origen revolucionario será la prioridad de lo ético sobre lo cultural y su concomitante, el clero, la jerarquía y la puesta en tela de juicio potencial de los poderes establecidos en nombre de los valores de justicia y de pureza. El Islam no admite intermediarios, jerarquías, gente que se dedique a hurgar la conciencia de los demás, porque Dios es el absoluto y el hombre el que libremente se somete a él. De un manotazo termina con todo lo que es clero, jerarquías, instituciones y demás. Después caerán también en la tentación, y aparecerán los Ayatollah, los Ulemas...

Esta preocupación ética tiene además una dimensión social y colectiva que no limita su perspectiva a una salvación individual y sólo en el más allá; la primera comunidad será perseguida y los musulmanes serán perseguidos como lo fueron los cristianos, porque pervertían el orden establecido. Tienen que huir y lo hacen a Etiopía precisamente porque el Negus era cristiano; finalmente tiene que hacer la gran Hégira con todo su pueblo, como otro Moisés. Decía Mahoma que la búsqueda de Dios es una expatriación; Abraham también había recibido la misma orden: sal de tu tierra y vete. Buscar a Dios es expatriarse; estar seguro de haber encontrado a Dios es estar siempre en camino. En Medina, Mahoma se siente responsable de la comunidad que le ha seguido y llamado a organizarla; anuncia, convoca, crea la comunidad, pero lo hace sin protagonismo de ninguna clase; por eso los musulmanes se sentirán ofendidos en su más honda entraña si se les llama mahometanos y a su movimiento religioso mahometismo. Esto hay que decirlo, porque podemos hacer daño sin darnos cuenta; es como prostituir lo más auténtico de su mensaje que recibe, sola y exclusivamente, en la sumisión radical a Dios; no siguen a Mahoma, no son seguidores suyos como lo son los budistas de Buda o los cristianos de Cristo. Siguen única y exclusivamente a Dios.

Es una comunidad que no nace del espíritu de clan que desde los tiempos más remotos había regido y sostenido las relaciones de las tribus beduinas entre sí. El Corán lo dice con infinita ternura: "Cuando erais enemigos, la gracia de Dios reconcilió vuestros corazones y os transformó en hermanos". Por eso el hombre nuevo de esa comunidad, sacará sus derechos o deberes, no del grupo del que forma parte, sino de su calidad de creyente. "Los negocios pueden convertirse en verdadera tentación, dice el Corán, o en enemigo si no se le sabe anteponer a Díos" La palabra árabe para designar a esta comunidad nueva es todo un símbolo de lo que quiere ser: "Umma", fuente, principio, prototipo y madre. La "Umma" será el seno materno donde los creyentes nacen a la nueva fraternidad. En esta comunidad única, al menos en su intención primera, nadie será extraño, pues todos son hermanos nacidos del mismo vientre, de la misma fe. Tampoco nadie será más que nadie; ante el Único todos son iguales; ésta es una de las razones por las que los españoles se convirtieron tan rápidamente al Islam, una de las razones por las que el Islam progresó tan rápidamente en la península: había zonas en Murcia y Alicante en las que había esclavos, y en cuanto uno se hacía musulmán ya no podía ser esclavo de nadie; un musulmán no puede tener a otro musulmán de esclavo, porque son hermanos; puede tener a otros que no sean musulmanes... ahí está la laguna de la historia. El Islam crea una igualdad que se vive dentro de la comunidad, y es real; incluso el gran signo en la peregrinación a La Meca, es que allí van todos vestidos igual, con un traje blanco, reyes, sabios, intelectuales, pobres... todos iguales ante Dios. Tampoco hay ornato para los cementerios, son enterrados en una sábana; no hay mausoleos.

Nadie en la comunidad tendrá privilegios ni función de intermediario respecto a los demás, todos son laicos, seglares, en el sentido más literal de la palabra. Hablaba yo con un intelectual marroquí y le decía: "Mira cómo grita el Papa ante todo lo que está pasando en el mundo... ¿qué hacen los sabios y las autoridades musulmanas?" Y me respondió: "En Islam no tenemos autoridades". De hecho las tienen, ¡claro!. Tampoco tienen un magisterio espiritual; propiamente dicho, el sabio espiritual como el almuédano o el iman, son tan laicos como cualquier creyente, son simples funcionarios. El Islam ignora teóricamente la jerarquía, es anticlerical por naturaleza. Esta comunidad que crea Mahoma es teocrática, o más exactamente logocrática, el Corán es una palabra, es la ley a la que debe referirse todo valor humano y creado. De hecho sin embargo se reconoce tácitamente una jerarquía en los hombres de religión.

En el Islam nadie puede meterse, interferir, en la conciencia personal de un musulmán. Recuerdo que en un congreso, invitado por el gobierno argelino hubo un profesor egipcio, que estuvo exponiendo su tesis sobre el eterno problema del Islam hoy día, cómo compaginar la autenticidad y la modernidad. Terminó, su exposición y la gente se levantó para pedir aclaraciones, oponerse... y un alto Ulema marroquí, elegante, guapísimo, le fue criticando y terminó diciéndole: "Después de todo esto que he dicho me pregunto si este señor puede seguir llamándose musulmán" El profesor egipcio se levantó después de haber respondido a todas las preguntas y le dijo: "Tú eres musulmán, yo también lo soy; tú debes corregirme, yo también a ti; pero no te interfieras entre mi conciencia y yo".

Finalmente, esa comunidad se siente instintivamente abierta al reclutamiento universal. Resumiendo esta idea de la comunidad, el Islam quiso ser -también el cristianismo "quiso ser"-, no una religión nueva, sino el recuerdo de lo de siempre; no una doctrina, sino una actitud nueva. El Islam no es una doctrina, sino una actitud, un talante nuevo de rendición incondicional a Dios, como lo hizo Abraham, la gran obsesión del Islam. El Dios del Islam no es algo que se explica sino alguien que implica. No es un sistema religioso de poder, sino una comunidad de hermanos iguales, plenamente laicos o seglares, regidos por la voluntad de Dios. No es un grupo de puros, sectario y fanático, y hay que decirlo: yo les predico el Islam a los musulmanes y les digo: ¡Vuelvan a las fuentes, llénense de ese espíritu! Prefiero un buen musulmán a un mal cristiano.

Lo importante en la vida, y lo digo como misionero, es que todos, musulmanes, budistas, judíos y cristianos nos convirtamos de verdad, de una vez por todas, a Dios, porque una cosa es "convertirnos a Dios" y otra "cambiar de religión". Los caminos importan menos, porque llevan todos al mismo sitio. El misionero que sólo se preocupa de convertir a la gente cambiándola de religión no es nada más que un funcionario de la religión, lo mismo que puedo serlo de un partido. Si estamos convertidos a Dios ya no nos entretendremos en hacernos guerras, en maldecirnos, en ir buscando lo negativo del otro.

El Islam no contiene, en absoluto un sistema detallado de sociedad que los fundamentalistas quieren implantar, volviendo a no sé dónde; también nosotros tenemos esa tentación, pero la historia no se repite, no hay modelos. El Islam se limita a algunos principios generales, pero de los que no se puede sacar un código detallado, menos aún aplicable a todo tiempo y lugar. Gracias a Dios actualmente los teólogos musulmanes, los pensadores, hablan ya con un lenguaje y una problemática nueva. Se juegan mucho, porque es una sociedad donde no hay libertad, no por el Islam, sino porque los hombres del Islam y los poderosos se sirven de él como se han servido del cristianismo los poderosos de otros tiempos. En el fondo la libertad que hoy tenemos no ha sido por una conversión del cristianismo, sino porque la sociedad se ha secularizado. Yo puedo hablar hoy, no digo como quiero, sino como creo que puedo hacerlo, no porque la Iglesia me haya dado derechos, sino porque la Iglesia no tiene derecho ahora sobre mí en ese plano. El poder ejecutivo no lo tiene ya más que el Estado, ¿es malo, es bueno? No voy a entrar yo en eso.

Yo no quiero hacer aquí la apología del Islam, ni tampoco denigrar el cristianismo, porque si no ya me hubiese ido. Creo que estamos poniendo las cosas en su sitio y al hablar bien del Islam no hago más que cumplir algo que dice el Evangelio: "Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros". A mí me duele mucho cuando hablan mal del cristianismo falsamente; que hablen de nuestros fallos, que yo soy el primero en decirlos, pero por qué olvidar cuando nos referimos a otras religiones, sobre todo al Islam, ese consejo tan evangélico y tan verdadero, "trata a los demás, mira a los demás, encaríñate con los demás, como quieras que los demás te traten, te juzguen, se encariñen contigo". Eso es lo cristiano. Y frente a ese Islam no tenemos que asustarnos, debemos tener una mirada como la tiene Dios que hace salir su sol sobre buenos y menos buenos, pero todos hijos; tengamos esa compasión que decía Tony de Mello. El corazón cristiano está casi sin estrenar frente al Islam. ¿A quién se lo ocurriría coger a un apóstol de Cristo, que no predicó más que el amor, y que fue capaz de amar hasta al enemigo, subirlo a caballo, aunque fuese blanco, ponerle una espada en las manos y enviarlo como si fuera un deporte religioso, a cortar cabezas de moros? ¡Y tenemos nuestras Iglesias y Catedrales llenas de Santiago matamoros!

Termino con un texto de ese gran español, murciano, universal, lbn Arabi del siglo XIII (1165-1241), que también sufrió la persecución de los sabios. Lo que dice creo que vale como programa, como bandera de lo que tenemos que hacer todos, y yo lo pondría en todas las facultades y aulas de Teología, en el Santo Oficio...

"Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su religión no era como la mía. Ahora, mi corazón se ha convertido en el receptáculo de todas las formas religiosas, es pradera de las gacelas y claustro de monjes cristianos, templo de ídolos y Kaabah de peregrinos, tablas de la ley y pliegos del Corán, porque profeso la religión del amor y voy a donde quiera que vaya su cabalgadura, pues el amor es mi credo y mi fe ".
Son las dos etapas que creo que tenemos que recorrer todos. ¡Ojalá lo hagamos!



PROF. EMILIO GALINDO AGUILAR
Arabista e lslamólogo
Antiguo Misionero en África

La inteligencia fracasada

La inteligencia fracasada

El último libro de José Antonio Marina nos habla una teoría y práctica de la estupidez.
Para Marina la meta de la inteligencia es la felicidad humana. Por eso los fracasos de la inteligencia llevan a la desdicha además de a un desajuste del conocimiento humano.

Según el autor hay dos tipos de inteligencia, la inteligencia fracasada que consistiría en hacer cosas en contra de la lógica o que nos impiden ser felices y que por lo tanto el hombre es directamente responsable de su desgracia; e inteligencia dañada en la que el hombre por sus circunstancias, experiencias o limitaciones no es responsable de sus desdichas.

Este libro es bastante fácil de leer, es el único hasta ahora que no tiene notas al margen, y parece escrito con carácter divulgativo, para todo el publico.

En él hay una clara invitación a distinguir a los listos de los inteligentes. Para Marina los listos, listillos, van a lo suyo y se aprovechan de los demás. Por eso no hay que ser listos sino que hay que ser inteligentes.

Os recomiendo su lectura.

El laberinto de los curas casados

La ordenación de un sacerdote católico con mujer e hijos en Tenerife reabre la polémica del celibato
JUAN G. BEDOYA - Madrid
EL PAÍS - Sociedad - 28-08-2005

Alegría, esperanza, incluso una cierta sensación de regodeo, convencidos de que el tiempo y el Vaticano les irán dando la razón. Éstas son algunas de las sensaciones con que los sacerdotes católicos casados que hay en España, unos 6.000 según el Movimiento por el Celibato Opcional (Moceop), han recibido la noticia de que el obispo de Tenerife, Felipe Fernández, ordenó cura el domingo pasado a un hombre casado y con dos hijas, nacido en Zimbabue hace 64 años y pastor allí de la Iglesia anglicana. Pese a que el nuevo sacerdote, Evans D. Gliwitzki, dijo más tarde que "pasarán 100 años antes de que se admita el matrimonio sacerdotal", los curas casados sostienen que la ordenación de Gliwitzki en una diócesis española les reivindica. "Nos reivindica como curas católicos casados y, sobre todo, reivindica al Evangelio", subrayan.

Fue la Conferencia Episcopal quien invitó a Gliwitzki a venir a ordenarse a Tenerife después de que su caso fuese estudiado y autorizado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida entonces por el cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.

"La agradable noticia de esta ordenación separa claramente el hecho de ser cura del hecho de estar casado o soltero, confirmando así lo que venimos proclamando: que es correcto, evangélico y urgente el ejercicio del ministerio de los curas católicos casados", declara el sacerdote Julio Pérez Pinillos.

Hijo de agricultores, Pinillos nació en 1941 en Espinosa de Cerrato (Palencia), es sacerdote desde los 23 años y fue durante tres un jovencísimo -y célibe- cura rural en tres aldeas de la Castilla profunda, que apenas sumaban los 430 habitantes, casi ninguno joven porque éstos habían emigrado a la gran ciudad. Él también hizo la maleta, con el permiso episcopal, camino de una misión en África. Pero paró en Madrid, se hizo cura obrero en una multinacional sueca instalada en Vallecas, se metió en la lucha sindical clandestina, sufrió la reconversión -el despido- en la segunda oleada de la crisis industrial de la época y vivió la muerte del dictador Franco -20 de noviembre de 1975- en la cárcel de Carabanchel, donde había dado con sus huesos por repartir el boletín de la Juventud Obrera Católica (JOC). El mítico cardenal Tarancón le había nombrado poco antes consiliario de esa combativa organización de jóvenes, primero en Vallecas y más tarde para toda la archidiócesis madrileña.

En aquella época, además de cura obrero y combatiente sindical, Pinillos ejercía el sacerdocio en una parroquia vallecana, bajo la atenta mirada del vicario de Tarancón para la zona, el obispo Alberto Iniesta. Cuando el cura Pinillos fue a contarle a este prelado que se había enamorado de Emilia Robles, una activa católica y militante sindical en la misma empresa, y que iban a casarse, Iniesta no les hizo reproche alguno. Sólo les pidió que no forzaran su presencia en las comunidades cristianas, que fueran pacientes. Y así siguen: Julio se gana la vida como profesor en un colegio vallecano y dice misa y ayuda afanosa pero discretamente en una humilde parroquia de la zona regentada por otro cura obrero, y Emilia es una activa dirigente de una de las organizaciones más bulliciosas en el cristianismo de base madrileño. Tienen tres hijas: Ruth, de 25 años, que trabaja en Lisboa como psicóloga clínica; Noemí, de 20, y Tamar, de 17.

No son un caso aparte. Como Julio y Emilia hay en España miles de parejas, unas 6.400 con cifras del año 2000, ahora algunas menos porque muchos curas casados abandonan su lucha y han ido logrando de Roma la secularización plena, previa nulidad de su ordenación sacerdotal.

"Si pides que te borren de cura, si les reconoces que te equivocaste y solicitas la nulidad, Roma te contesta que sí, pero no hay respuesta, ninguna respuesta, para quienes queremos seguir siendo sacerdotes católicos aunque nos hayamos casado", explica uno de los afectados, que pide guardar su anonimato. Su experiencia fue traumática, "nada parecido a como trataron a Pinillos, con la comprensión de su obispo y su permanencia en Vallecas, casi en la misma parroquia". Dice: "A mí me echaron de la diócesis [se refiere a Santander, ahora vive en Vizcaya], me hicieron la vida imposible por no querer reducirme al laicado y tuve que pedir ayuda hasta que mi mujer y yo encontramos trabajo fuera".

No guarda rencor: sigue siendo creyente, dice misa cada día, vive en una comunidad cristiana que le quiere y protege y tiene tres hijos -una chica y dos chicos, ya colocados-. Se alegra de que a los curas que se casan ahora "nadie les moleste como a perros sarnosos, y porque el obispo de Tenerife nos da la razón cuando ordena sacerdote a un hombre casado". Se regodea en el argumento: "¿Qué justifica la excepción del padre Gliwitzki, cura católico casado, que no pueda justificar la mía, que soy también cura católico casado? ¿Acaso su matrimonio es un dato accesorio, y lo fundamental es que había sido pastor protestante? El hecho cierto es que en España los obispos, y al parecer el mismo papa Benedicto XVI y antes Juan Pablo II, que con tan poca caridad nos trató, aceptan que ejerza su ministerio un cura casado". Resume: "Lo que acaba de ocurrir en Tenerife me confirma en el Evangelio y llena de esperanza".

El obispo que ordenó a Gliwitzki, Felipe Fernández, se ha visto obligado a explicarse tras el revuelo causado: "Este caso no tiene absolutamente nada que ver con el de los sacerdotes secularizados tras contraer matrimonio". Sobre el celibato sentenció: "Con el papa Benedicto XVI no hay nada que hacer, y con el que venga, tampoco". Pérez Pinillos no opina lo mismo. "Los curas casados somos 90.000, el 20% del total de sacerdotes católicos del mundo [450.000, según el Vaticano], y la ordenación del compañero padre Evans en Tenerife reconoce lo que venimos diciendo desde hace tantos años: que las comunidades cristianas, con muchos teólogos y algunos obispos, van dando por superada la discriminación de los curas católicos por el hecho de casarse. Y que se van dando pasos concretos, aunque no desafiantes, para reintegrar al trabajo ministerial a estos curas honestos".

Mientras tanto, los curas casados siguen ejerciendo el sacerdocio allí donde una comunidad cristiana les da cobijo, casi siempre con el consentimiento implícito de los obispos. Es el caso de Ramón Alario, dirigente del Movimiento por el Celibato Opcional (Moceop), que edita la revista Tiempo de hablar. Ejerce en Guadalajara y se gana la vida como profesor de un instituto, con cuya directora se casó y tiene tres hijas. O Esteban Tabares, autor de un documentado libro sobre los curas obreros, casado con Inés y cura en una pequeña comunidad cristiana de Sevilla. Y Javier Fajardo, comprometido en la lucha sindical en el astillero de Puerto Real, casado de nuevo tras el doloroso fallecimiento de su primera mujer, Carmen.

Es el caso, sobre todo, de las decenas de curas llegados del Este europeo con sus mujeres e hijos para atender a los emigrantes, todos con el beneplácito del episcopado español, que nada ha podido hacer para impedirlo porque en la Iglesia católica oriental los curas pueden casarse desde siempre, si lo desean. La Conferencia Episcopal Española -que no facilitó a este periódico la cifra de estos sacerdotes llegados a España- hizo una discreta gestión para que vinieran, sobre todo, sacerdotes célibes, pero sus correligionarios del Este no les han podido complacer.

Donde hay división y odio no está Dios

El periodico la Voz de Galicia trae este artículo de Barreiro Rivas que me merece todos los respetos y os animo a leer.

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

HABLANDO del conflicto mundial que se avecina, y abriendo una vía de análisis que circula en paralelo al choque de civilizaciones de Huntington, el teólogo Hans Küng llegó a afirmar que la coexistencia de las grandes religiones constituye un gran acelerador de la violencia multifactorial que nos asola. Los ulemas de las mezquitas proclaman que el islam es paz. Las iglesias cristianas recuerdan a diario el saludo de paz que Cristo dirigía a sus discípulos. Y en todas las sinagogas del mundo se recuerda que la libertad y la paz son parte esencial de la alianza entre Dios y su pueblo. Pero la realidad a pie de calle es dramática. El poso de la religión en los grandes conflictos es una evidencia, y, al lado del discurso correcto de los que administran el patrimonio espiritual de las tres religiones monoteístas, se mantiene una soterrada competencia por controlar los poderes de la tierra.

Aunque fue el ejecutor material de la sanción que apartó a Hans Küng de su cátedra, el papa Ratzinger da la sensación de estar muy de acuerdo con el dramático análisis de su colega, y que, asumiendo la responsabilidad de reinsertar a la Iglesia en la cultura de los nuevos tiempos, está intentando un giro esencial en las relaciones con las religiones monoteístas y en la articulación conjunta del mensaje de la paz.

Con la evolución que muestra la práctica religiosa en Occidente, es evidente que la unión de los cristianos se ha convertido en un problema de pura administración de intereses, y que no falta mucho para que el creciente sincretismo de los fieles esté en condiciones de arrollar a los que siguen analizando el problema de los credos con los mismos esquemas del siglo IV. Quizá por eso hemos visto a Benedicto XVI planteando la cuestión en un estadio más avanzado, tratando de evitar que los ritos, los códigos y los diferentes nombres de Dios rompan el mensaje de paz de las religiones monoteístas.

La costumbre de identificar el pluralismo religioso con una agresión a la verdad revelada, y con un abismo insalvable de la salvación, tiene que ser revisada. Hay que aprender y aceptar que Dios está por encima de los nombres que le damos, la historia que le hicimos y la cultura filosófica y política que hemos introducido en los libros de la revelación. Y por eso es posible esperar que mucho antes de que se remuevan los prejuicios dogmáticos que hacen tan difícil el camino de la unidad, seamos capaces de articular un discurso global sobre la paz religiosa que en este momento aún no sabemos o no queremos hacer. Yo leí así los gestos que hizo Benedicto XVI en su patria alemana. Ahora sólo falta que la biografía posterior del Papa confirme esta esperanza.

Los dias del Apocalipsis

Leonardo Padura Fuentes es escritor cubano, ha publica en el periodico El Pais este interesantisimo articulo sobre las especies en extición entre las cuales puede estar el hombre. Os recomiendo encarecidamente su lectura.

Hace unos días, mientras buscaba las fechas remotas en que surgieron los primeros alfabetos y, con ellos, el germen de una futura conciencia de la expresión literaria, me perdí en un laberinto de cifras que me abocó a una simple pero apenas advertida evidencia: el brevísimo tiempo (en términos cósmicos y geológicos) que el hombre, como especie, ha tenido los pies sobre la Tierra.

Aunque los científicos manejan diversas cifras, todo parece indicar que sucedió entre siete y ocho millones de años atrás -días más, días menos- cuando, en las profundidades del continente africano el milagro de la evolución de las especies fraguó en una primitiva criatura homínida que se puede considerar como nuestro primer antepasado: el llamado Australopithecus. Deberían pasar, sin embargo, otros cuatro millones de años y diversos eventos climáticos para que en aquellas mismas sabanas el Australopithecus comenzara a andar en forma bípeda y otros dos (o sea, hace unos 2,4 millones de años) para que naciera el llamado Homo habilis, un homínido más evolucionado, considerado por los científicos como el primer ser humano (incluso con una primitiva conciencia de su cualidad), el mismo homo que en su larga evolución llegaría a convertirse, hace apenas unos 300.000 a 200.000 años, en el ya nombrado "Hombre sabio" (Homo sapiens).

Altamente dramático resulta el hecho de saber que en sus días de gloria, nuestro abuelo el Homo sapiens fuese apenas una más de otras especies "humanas" que entonces poblaban un planeta por donde también deambulaban los llamados "hombres" de Neandertal, de Pekín y de Java, seres capaces, como el sapiens, de manipular el fuego, de fabricar algunos instrumentos y de tener un pensamiento levemente organizado. Lo significativo es que esas otras especies, muy pronto y por diversas razones, tomarían el camino de la extinción, y de su vida entre nosotros ahora sólo quedan las evidencias de unos cuantos huesos y los restos de unos poquísimos artefactos creados por ellos.

Entonces saqué cuentas y comprobé que la concreción del proceso evolutivo que dio origen a aquellas primeras criaturas pensantes tomó nada menos que unos 4.980 millones de años, contados desde el momento en que se condensó la Tierra (si aceptamos que algo así sucedió hace 5.000 millones de años), y unos 3.980 millones de años desde que se formaron los primeros organismos que se comportaron como materia viviente, según las estadísticas manejadas por Yves Coppens.

Esas cifras vertiginosas, difíciles de imaginar para nuestros pobres cerebros acostumbrados a guarismos menos exorbitantes, demuestran que la estancia del hombre en la Tierra es un hecho tan reciente que, en proporciones de una vida humana, sería, si acaso, cuestión de minutos. Y si tomamos en cuenta que "nosotros", los orgullosos Homo sapiens, hijos del sapiens original, sólo existimos desde hace unos 130.000 años, la proporción se reduciría a fracciones de segundos "humanos".

A lo largo de estos 130 milenios que el hombre sabio ha reinado sobre la Tierra, hechos tan decisivos como la creación de la escritura sólo vinieron a producirse hace unos 40.000 años (el documento escrito más antiguo que se conserva es un calendario lunar grabado sobre un hueso), las muestras conocidas de pintura rupestre datan de 32.000 años y que en fechas tan cercanas como 10.000 años se fija la fundación de Jericó, considerada la primera ciudad, mientras en 5.500 se establece la invención de la rueda, en Sumeria, y en sólo 3.500 la creación del primer alfabeto completo, en Ugart, Siria.

La gran hazaña es, sin duda, que en tan breve espacio de tiempo los humanos hayamos sido capaces de generar un violento proceso social, cultural, político y tecnológico como el que se constata a lo largo -¿o a lo corto?- de la Historia. La gran y terrible paradoja es que precisamente gracias a ese mismo desarrollo y a nuestras búsquedas constantes, estamos a punto de destruir el milagro biológico e intelectual que constituye nuestra propia existencia, que es el grado de complejidad y organización de la materia más avanzado que se conoce.

No deja de ser aleccionador el hecho de que un hombre como el de Neandertal, tan semejante a nosotros, capaz incluso de hablar a sus dioses, se haya esfumado del planeta por la vía de la extinción hace apenas 30.000 años. Pero es que la desaparición de los hombres de Neandertal, Java y Pekín, más que un caso significativo, constituyó la materialización de una tendencia biológica, ya que la extinción de las especies es una regla y no una excepción, pues, como se ha comprobado, por cada especie viviente en el mundo de hoy existen otras cien fosilizadas en las entrañas de la Tierra.

La extinción posible de la especie humana, en algún momento del futuro, no resultaría, pues, una catástrofe de especiales connotaciones biológicas, pero sí de devastadores efectos en los terrenos en los que el hombre ha impuesto su imperio: el social, el cultural, el tecnológico.

Pero una ley de la física -precisa e inapelable- advierte de que cada acción genera una reacción, y el mismo devenir intelectual del hombre está haciendo cada vez más evidente, como simple reacción, el riesgo de colocarnos en la lista de las especies amenazadas por el peligro de extinción.

Aunque no soy científico ni domino las interioridades de los fenómenos (y sus razones) que a escala planetaria están alterando las condiciones de vida en la Tierra, como lector y observador no deja de impactarme la cantidad de noticias que nos advierten de la inminencia de lo que en términos bíblicos podría llamarse el advenimiento del Apocalipsis.

Mientras, centenares de especies animales y vegetales que han compartido con los hombres nuestro instante en la Tierra corren velozmente hacia la extinción, otras comienzan a manifestar comportamientos biológicos, genéticos y sexuales extraños. Paralelamente, a nivel atmosférico y telúrico crecen en proporción geométrica la presencia de fenómenos devastadores: sequías en unos sitios e inundaciones en otros, huracanes cada vez más potentes y tsunamis de intensidad nunca vista, calentamiento del mar y descongelación de glaciares son, quizá, junto al amenazador agujero de la capa de ozono, algunos de los fenómenos más comentados en la prensa por su efecto inmediato sobre la vida humana.

Mientras, datos sobre el aumento de enfermedades como el cáncer -una mutación celular antinatural-, el crecimiento de deficiencias inmunitarias -el sida-, la disminución y hasta la pérdida de capacidad reproductiva de personas en diversas partes del mundo, señalan a las claras que ya dentro de nuestros propios organismos están ocurriendo procesos que colocan el revólver en la sien de la especie.

Con la desconfianza en los políticos que he ido desarrollando a lo largo de mi vida, estoy casi seguro de que muy pocos de ellos, con la información más precisa, son capaces de proclamar los riesgos ingentes e inmediatos que hoy afronta la supervivencia de la especie humana si la agresión a que hemos sometido al mundo natural continúa produciéndose. Aviesamente, muchos de ellos evitan dar el grito de alarma, cuando en realidad estamos a punto, todos, de emitir el último alarido.

Aunque la población mundial se duplica cada 35 años y somos, por tanto, cada vez más los hombres que habitamos el planeta, al mismo tiempo los ecosistemas naturales y los creados por la inteligencia del hombre se han ido reduciendo en virtud del deterioro causado por las prácticas inadecuadas a los que han sido sometidos. La atmósfera, ya se sabe, se ha ido envenenando a un ritmo desenfrenado y sólo nosotros somos responsables de tal desastre, con todas las consecuencias presentes y futuras que conlleva. De este modo, el crecimiento numérico de la especie, que aparentemente podría garantizar su subsistencia, es a la vez una trampa mortal, pues implica el desgaste más acelerado del ambiente, por las necesidades que genera esa superpoblación, necesidades que se tratan de satisfacer con agresivos procesos industriales y acciones químicas o hábitos de vida y consumo que acercan la catastrófica encrucijada de que el hombre haga invivible -al menos para él- la superficie del planeta.

Sólo una conciencia universal de lo que está en juego podría salvar al género humano. Sin embargo, soy profundamente pesimista al respecto: la falta de voluntad de los gobiernos, de los magnates del mundo y de muchas personas individuales apunta hacia la continuidad de una autofagia que puede hacernos perder, como especie, el disfrute de esos 3.000 millones de años durante los cuales todavía nos acompañará nuestro creador y fuente de energía, el Sol, que en esa fecha remota se apagará hasta convertirse en una estrella enana y roja. Como el pobre Neandertal, en muy poco tiempo nosotros también podremos ser sólo los restos fósiles de una especie "sabia" (¿sabia?) que por un breve tiempo habitó y pretendió dominar la Tierra y sufrió las consecuencias de su vanidad y aparente sabiduría.