Blogia

El lector curioso

La verguenza de Europa

La verguenza de Europa

CUANDO SER EUROPEOS NOS AVERGONZÓ

JOSEP Pernau

Alos 10 años de la barbarie de Srebrenica, el mundo pide perdón. No es un consuelo. Pero por lo menos es el reconocimiento público de que la desmembración bosnia se afrontó sin que la comunidad internacional tomara conciencia de que dos comunidades, serbios y croatas, contaban con apoyos exteriores, a los que distinguía su nacionalismo expansionista.
En medio quedaban los musulmanes, débiles y solos, sobre los que se perpetraría la mayor salvajada de la segunda mitad del siglo XX, legalizada por el poder serbio con la aberrante doctrina de la limpieza étnica, un ensayo de la solución final de los nazis, pero con otro nombre. Justo medio siglo después de que el mundo, con la victoria de los aliados, hubiera entonado la cantinela del nunca más. Más de 8.000 personas tuvieron que caer en la matanza de Srebrenica para que nos diéramos cuenta de que la Europa culta no era tan diferente de otros continentes a los que consideramos salvajes. Ahora se conmemoran 10 años del genocidio y la máxima compensación que han recibido algunos familiares de las víctimas ha sido enterrar al ser querido en un féretro con nombre y apellidos. Son sólo 610. Más de 7.000 esperan turno para ser identificados con el ADN.
Celebrarían la detención y el juicio por el Tribunal Internacional de los responsables. Pero siguen libres, amparados por los que aplaudían sus fechorías. Es grave que no estén pagando sus culpas. Pero no lo es menos que las fuerzas de interposición no se puedan ir, porque su marcha significaría volver a lo mismo. Muchos exiliados de los 90 no han retornado y no lo harán nunca. Srebrenica nos ha recordado los días en que nos avergonzó ser europeos. Si somos honestos, algo avergonzados nos hemos de sentir aún.

Pieles sucias

Pieles sucias

XAVIER MAS DE XAXÀS - La vanguardia.es

No hay grupo terrorista que pueda sobrevivir sin el apoyo de una parte de la ciudadanía, lo que significa que la sombra de Al Qaeda no desaparecerá de Europa mientras haya musulmanes europeos dispuestos a echarle una mano. La meta, por lo tanto, está clara: La mayoría silenciosa, laica y democrática, debe conseguir que la mayoría musulmana, pacífica y democrática, expulse a los violentos. Pero ¿cómo? ¿Qué medios tiene Europa para integrar y proteger un modelo islámico capaz de erradicar el enfrentamiento con Occidente?

De entrada, Europa arranca con muchas desventajas. Ha visto de cerca y ha tolerado, en gran medida, la tiranía racial, étnica y religiosa. La matanza de 8.000 hombres musulmanes cometida hace diez años en Srebrenica por los serbios descubre nuestras limitaciones éticas. Creíamos superada la época de las tragedias y nos despertamos, como se despertaba William Faulkner, constatando que el pasado nunca está muerto y ni siquiera ha pasado.

El susto, sin embargo, nos dura poco porque vivimos en el futuro permanente, esperando el nuevo modelo de todo lo indispensable. Es el peaje que nos cobra la modernidad, la juventud eterna y el éxito garantizado.

La historia, en este sentido, la vemos como un cadáver, materia muerta sin relevancia para el presente. Hay que olvidar. Punto final. Prohibido mirar atrás. Como del pasado no podemos extraer nada sin dolor, preferimos olvidarlo. En España hemos echado por la borda siglos de ocupación musulmana. Debemos escavar y confiar en que seremos capaces de encajar el golpe.

Al mismo tiempo, debemos embarcarnos en un viaje tranquilo a la identidad y Estados Unidos puede servirnos de guía. El irresoluble problema que los estadounidenses tienen con el racismo encierra varias claves para que los musulmanes europeos y, con ellos el resto de las minorías perpetuas, puedan vivir mejor. En España, por ejemplo, hay un millón de gitanos que no disfrutan ni de la igualdad ni de la integración.

Las tierras de acogida siempre descriminan al recién llegado. Ocurrió en el Nueva York de 1850 y sucede en la Barcelona de 2005. W.E.B. Du Bois, un intelectual negro estadounidense recordaba que en el Boston de 1870 la discriminación blanca y protestante no iba dirigida hacia los negros sino hacia los irlandeses. No era racial sino religiosa.

Los inmigrantes en Estados Unidos lograron integrarse a partir de las asociaciones culturales y políticas que crearon. En Barcelona, la comunidad marroquí dispone de una fundación como Ibn Batuta y de un diputado en el Parlamento catalán como Mohamed Chaib, que trabajan en este sentido.

El trabajo es duro. El antagonismo tribal es fuerte. Las tribus tienden a separarse a no ser que tengan un propósito común, más allá de la raza, la lengua y la religión, es decir, superior a ellas mismas.

Este objetivo común consta de dos elementos. El primero es el bienestar. El motor de la emigración es la búsqueda de la felicidad y ésta se obtiene cuando se logra comprar una casa. El inmigrante sólo puede comprar una casa cuando ha tenido una oportunidad. La libertad no es nada sin oportunidades. Las oportunidades posibilitan la igualdad y la igualdad trae la paz.

Paz y libertad deben formar parte de un credo. El credo es el segundo componente del propósito común. Gunnar Myrdal, al escribir en 1944 sobre el dilema que se plantea en Estados Unidos, donde la integración parecía garantizada a pesar de la procedencia tan diversa de sus ciudadanos, llegó a la conclusión de que el cemento estaba en el credo, es decir, en "el sistema de ideas generales más explícitamente expresado" de todo Occidente.

Europa cuenta con un credo superior al que tenían los estadounidenses de 1944 porque a los valores generales ha incorporado un código de conducta que impone en diálogo sobre la fuerza, así como el consenso a toda costa. Mientras la sabiduría estadounidense reside en los campus de la Ivy League y en las urbanizaciones posturbanas donde todo está limpio, ordenado y segregado, la sabiduría europea se encuentra en las calles urbanas, donde las ideas viven más apretadas, son más sucias, canallas y mestizas. Los europeos posnacionales y posheroicos, que no creen en los finales felices, están mejor preparados que los patriotas estadounidenses para extender el sistema de relaciones internacionales que esperan los habitantes de la nueva sociedad mundial. La soberanía compartida, a la que se han comprometido todos los países de la Unión Europea, es la mejor garantía para que Europa alcance el nirvana donde no hay vencedores ni vencidos. A esta integración se oponen los supremacistas. El Ku Klux Klan comparte un manual de instrucciones similar al de Al Qaeda. Unos y tros están empeñados en trazar líneas rectas para un futuro que es circular. No quieren libertad porque la libertad les asusta. Se ven en peligro de extinción. Viven dentro de la verdad pura y única, rodeados de alambradas ideológicas. Al otro lado de la línea estamos todos los demás. Han dejado de reconocer al otro. La identidad sólo se obtiene dentro del grupo violento y la violencia impide la reconciliación.

Muchas personas opinan que el mejor antídoto contra la violencia es el orden. De ahí que la mayoría de estadounidenses y europeos, que abranzan el mestizaje más desde la teoría que desde la práctica, haya impuesto el orden estable, y para muchos también natural, de la segregación voluntaria. Dicen que es un mal menor. Aunque suponga la moralización del racismo, facilita la coexistencia pacífica. Casi todos nosotros vivimos en barrios monorraciales. En Londres igual que en Detroit. En Madrid igual que en Los Ángeles.

No creo en nada que no sea el mestizaje, aunque entiendo la praticidad de la segregación voluntaria y la discrimianción positiva. Pieles de colores sucios porque los días de los blancos puros están contados. "Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy -escribió el mexicano José Vasconcelos en 1925-, están tan contados como los días de sus antepasados. Habiendo cumplido su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han establecido, sin saberlo, las bases para un nuevo período: el período de la fusión y la mezcla de todos los pueblos".

Cultura, derechos y desarrollo en el siglo XX!

Cultura, derechos y desarrollo en el siglo XXI. Resultados del Diálogo “Derechos Culturales y Desarrollo Humano” celebrado en el marco del Forum Barcelona 2004. Uta Katharina Staiger. Fundació Interarts.

III Encuentro Internacional de Promotores y Gestores Culturales. Desarrollo Cultural: del Pluralismo Cultural a la Interculturalidad
GUADALAJARA, JALISCO 26 AL 30 DE ABRIL DE 2005

1. Introducción

Los derechos culturales forman parte íntegra de los derechos humanos, describiendo los derechos de las personas a participar libremente y activamente en la vida cultural. Estos derechos están definidos en varios documentos internacionales, y especialmente en el artículo 15.1. del Pacto Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales. En éste, se describen elementos concretos para que las personas tengan las mismas oportunidades de expresarse, comunicarse, participar y desarrollar actividades culturales relacionadas con su propio bienestar personal, el desarrollo y el progreso de la sociedad.

No obstante, la cultura es difícil de traducir en actuaciones legales, y se está debatiendo desde hace tiempo el contenido preciso de los derechos culturales, su aplicabilidad y sus problemas específicos, como por ejemplo la relación entre lo individual y lo colectivo, su contribución a la identidad cultural, y los conflictos que puedan surgir entre ciertas tradiciones culturales y los derechos humanos. A la vez se está discutiendo su relación con otros derechos económicos y sociales, y su incidencia en sectores relevantes como, para nombrar sólo algunos, la educación, la inmigración, el diseño urbano o el desarrollo.

Por consiguiente, el congreso internacional “Derechos Culturales y Desarrollo Humano”, coordinado por la Fundación Interarts en agosto del año pasado, aspiraba a aunar contribuciones llevadas a cabo en los últimos 15 años para redefinir el apartado del Derecho a la Participación en la Vida Cultural que conforma el artículo 15.1.a. del Pacto anteriormente mencionado. Su segunda línea de trabajo, que guardaba una estrecha relación con la anterior, tuvo como punto de partida la afirmación central del más reciente Informe sobre Desarrollo Humano elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), según la cual es efectivamente la expansión de las libertades culturales, y no su homogeneización o supresión, que representa la opción más sostenible para avanzar la estabilidad, la democracia y el desarrollo humano dentro de las sociedades. De este modo, y coincidiendo con los esfuerzos realizados actualmente por UNESCO y otras organizaciones gubernamentales y académicas, el evento quiso también introducir indicadores culturales en la definición del desarrollo humano, para medir la contribución de la cultura al mismo.

La relación entre ambos objetivos quedó garantizada por el hecho de que abogar por los derechos culturales sin mediciones adecuadas que verifiquen su cumplimiento puede no dar resultados prácticos, mientras que debatir sobre indicadores sin una referencia sólida a los derechos culturales supondría perder la calidad intercultural exigible para un posicionamiento global en esta materia. Así, el evento tuvo como objetivo último desarrollar un plan de acción conciso a la vez que flexible para la investigación, la información y la gestión en el ámbito cultural como elemento esencial para el desarrollo, garantizando la continuidad de los temas abordados a lo largo del Diálogo y sumándose a otras iniciativas que sitúan a la cultura en el centro de las estrategias de desarrollo.

2. El Diálogo

El congreso tuvo lugar los días 23 a 27 de agosto de 2004 en el marco del Forum Barcelona 2004 que, promovido por el Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat de Cataluña y el Gobierno de España bajo los auspicios de la UNESCO, se presentó como un acontecimiento mundial girando alrededor de tres ejes claves: la diversidad cultural, el desarrollo sostenible y las condiciones de la paz. Durante los 141 días de su celebración entre mayo y septiembre de 2004, el Forum unió en su recinto al norte de Barcelona actividades culturales y de reflexión diversas. Entre ellas destacaron 44 congresos internacionales denominados Diálogos, de los que el aquí presentado “Dialogo sobre Derechos Culturales y Desarrollo Humano” era uno.

En la organización de este Diálogo, la Fundación Interarts asumió las tareas de secretaría técnica y coordinación de contenidos del evento, y lo realizó en cooperación con la UNESCO, la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) y el Forum Barcelona 2004. En este marco, el congreso se propuso reunir el abanico más amplio posible de agentes, cuestiones y perspectivas regionales acerca de los derechos culturales y del papel de la cultura en el desarrollo en el siglo XXI. A través de esta diversidad de aportaciones, el Diálogo quiso comprometerse con la amplia participación que era a la vez su tema, y consecuentemente abrirse a la inclusión de opiniones múltiples y preocupaciones divergentes con el fin de trazar un campo de intervención que fuera complejo y representativo en cuanto a la diversidad de las condiciones culturales existentes.

El evento fue dedicado a la memoria de Eduard Delgado i Clavera (1949-2004), fundador de la Fundación Interarts e inspirador del Diálogo.

3. Datos del evento

Para que se aprehenda el alcance del evento puede resultar provechoso delinear los datos generales de la producción del mismo. Un total de 700 participantes de más de 30 países asistían al Diálogo, y 70 ponentes de todos los continentes expusieron y sometían a debate en las 4 sesiones plenarias y los 13 talleres temáticos sus tesis sobre derechos, cultura y desarrollo. Entre ellos se encontraron representantes de diversas agencias de las Naciones Unidas, investigadores y académicos, autoridades locales y nacionales, miembros de consejos de arte, gestores culturales, y profesionales de sectores como el cultural, el educativo, el turístico, entre muchos otros. Entre ellos figuraban, para nombrar sólo algunos, Sakiko Fukuda-Parr, (Directora, Oficina del Índice sobre el Desarrollo Humano, Naciones Unidas), George Yudice (Universidad De Nueva York), Juan Enrique Vega (Representante Especial de la Oficina del Alto Comisionado de Derecho Humanos para el Forum 2004), Lupwishi Mbuyamba (Observatorio de Políticas Culturales en África, Mozambique), Amareswar Galla (Asia Pacific Observatory for Culture in Development), Nawal El Saadawi (Asociación Solidaridad de las Mujeres Árabes, Egipto), Sydney Bartley (Ministerio de Cultura, Jamaica), Jesús Martín Barbero (Profesor, Colombia), y Liu Thai Ker (Consejo de Arte de Singapur).

Igualmente, 15 organizaciones y redes internacionales tomaron parte en la coordinación y preparación de los talleres, cada uno en el tema de su especialidad y reuniendo a experiencias aplicadas de distintos contextos geopolíticos. Entre ellas se hallaban el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), el Instituto Interdisciplinario de Ética y Derechos Humanos de la Universidad de Friburgo (IIEDH, Suiza), la Association for Tourism and Leisure Education (ATLAS), la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras (AICE), el European Forum for the Arts and Heritage (EFAH), la agencia de noticias Eurolang, la red Arte sem Fronteiras, la Red Internacional para la Diversidad Cultural (INCD/RIDC), el Middle East Centre for Culture and Development (MECCAD), el Institut de Cultura de Barcelona (ICUB) y la European League of Institutes of the Arts (ELIA). Las sesiones de trabajo que llevaron a cabo fueron además enmarcadas por una representación institucional y política en la inauguración y clausura oficial.

Complementando estas actividades de reflexión y debate, se organizaron también perspectivas artísticas hacia los temas en cuestión a lo largo del Diálogo. Una actuación artística inaugural fue dedicada a la memoria de Eduard Delgado. Además, se presentaron tres documentales realizados por directores de Tanzania, Bolivia y Barcelona, que abordaron en contextos socio-culturales diversos cuestiones directamente relacionadas con los derechos culturales, como por ejemplo el conflicto entre tradición cultural y derechos humanos, el conflicto y la convivencia entre culturas, y los derechos de las minorías culturales. Finalmente, la AECI como parte coorganizadora del evento presentó durante la semana del Diálogo la exposición Cultura(s). Alternativas. Diversidad. Derechos, en la que 19 artistas gráficos españoles y latinoamericanos dieron su perspectiva e interpretación de los derechos culturales mediante carteles.

Para debatir futuras actividades que pudieran dar continuidad a las reflexiones del Diálogo, impulsar a futuras colaboraciones y consolidar los contactos iniciados en el evento a través del trabajo en red y el intercambio de información, se invitó a los participantes a asistir a una informal mesa redonda en la tarde del 26 de agosto. En cuanto a la difusión, tuvieron lugar durante la semana siete actos para la prensa, y aparecieron en los medios de comunicación más de 150 artículos y entrevistas relacionados con los contenidos y los resultados del evento. Seis ponentes tomaron parte en la actividad 141 preguntas del Fórum 2004, donde se encontraban en interacción directa con los visitantes del recinto.

El evento, tras su clausura oficial, concluyó informalmente el viernes en un restaurante africano de Barcelona con la actuación African voices. Realizada por algunos participantes y ponentes del Diálogo procedentes de África y el Caribe, la actuación escenificó las experiencias pasadas y presentes de África tratando de representar de manera plurivocal la muerte y el despertar cultural del continente, y invocando el retorno del patrimonio y la revitalización del continente.

4. Resultados

Desde el principio se diseñó el Diálogo sobre Derechos Culturales y Desarrollo Humano no como la celebración de un acto puntual limitado en el tiempo, pero como un proceso que se inició meses antes de que el Centro Internacional de Convenciones del Forum le abriera sus puertas, y que no cesó de forma definitiva con su clausura final. De este modo se ha ido interpretando constructivamente la denominación “Diálogo” concebida por el Forum, planteándose este mismo como una acción continuada, reciproca y dialéctica con el fin de aportar la mayor complejidad y representatividad al evento, y asegurarle una trascendencia más allá de sus 4 días de actas.

Por consiguiente, cuentan como resultados del Diálogo no solamente los resultados emergidos en el transcurso del congreso mismo, pero también sus fases preparatorias y los alcances generados en ellas. En conjunto, los resultados reflejan una vez más el principio fundador del Diálogo, que era abrirlo a la participación y la contribución de un amplio abanico de actores y sectores con el fin de garantizar la equidad y representatividad de su acción.

a.) En los meses anteriores al Diálogo, se organizaron una serie de consultas o conferencias preparatorias en diferentes continentes. Éstas permitieron que expertos locales e internacionales, al igual que la sociedad civil de cada región, proporcionaran información y contribuyeron a la equilibrada definición de elementos específicos al marco conceptual del evento. Entre estas pre-conferencias regionales se hallan una reunión de expertos internacionales sobre indicadores culturales (Barcelona, noviembre de 2003); una conferencia sobre indicadores culturales para el desarrollo en África, que se celebró en cooperación con el Observatorio de Políticas Culturales de África (OCPA), UNESCO y NEPAD/Unión Africana en Maputo (Mozambique) en marzo de 2004, y de la que hizo seguimiento otro seminario en agosto del 2004 en el mismo lugar; una conferencia sobre diversidad cultural y derechos culturales (Sao Paulo, abril de 2004; coorganizada con Arte sem Fronteiras) y una reunión de expertos sobre derechos culturales (Amman, abril de 2004; cuya presidencia de honor recayó en Su Alteza Real el Príncipe Hassan de Jordania).

Los extensos informes redactados después de cada reunión regional representan una amplia gama de valiosas reflexiones e investigaciones locales, que se pusieron a disposición de participantes y ponentes del congreso, y se tenían en cuenta a la hora de diseñar las sesiones plenarias y los talleres del congreso. Los expertos y profesionales partícipes de estas reuniones preparatorias representan ahora el fundamento para el futuro trabajo en red y la elaboración de más proyectos de cooperación sobre la cultura en el desarrollo; objetivo fundamental de los organizadores desde el primer momento.

b.) Las reuniones preparatorias celebradas en Mozambique además dieron lugar a la redacción del documento estratégico Indicadores culturales del desarrollo humano: hacia una perspectiva africana. Más concretamente, lo elaboró el “Grupo de Trabajo sobre Indicadores Culturales del Desarrollo Humano en África” durante el seminario de seguimiento en agosto. Este grupo de expertos africanos se había constituido en la primera conferencia de Maputo en marzo, y ahora acaba de formalizarse (a principios de 2005) como comité asesor al Observatorio de Políticas Culturales de África (OCPA). El documento estratégico que redactó el grupo representa un instrumento clave hacia una mayor definición de indicadores para medir la contribución de la cultura al desarrollo humano desde una perspectiva histórica y socio-política específica del continente africano. Identificando como temas prioritarios de actuación la gobernancia, equidad, acceso y distribución, libertades culturales, creatividad y empresa cultural, y gestión de conocimiento, propone también una serie de temas transversales, como por ejemplo VIH/SIDA, y sugiere posibles indicadores culturales para cada uno de los temas. El documento ha sido traducido a hasta ahora 4 idiomas y ha sido presentado en varias conferencias aparte del Diálogo. Sirve de base para un futuro seguimiento por parte del Grupo de Trabajo y para ampliar la cooperación entre las entidades implicadas, entre las que se incluyen la Fundación Interarts, OCPA, la oficina de la UNESCO en Mozambique y Futurs Africains, programa del PNUD.

c.) De modo similar también se produjo otro documento especialmente para el Diálogo y que sirvió de referencia académica e institucional para sus actas. Fue redactado por Yvonne Donders de la División de Derechos Humanos y Lucha contra la Discriminación de la sede de UNESCO en París, que en ello elaboró el marco legal actual del derecho a participar en la vida cultural, y explora los aspectos e implicaciones jurídicas tanto como políticas que conllevan los artículos y pactos acordados sobre el mismo. Este documento se puso a disposición de los participantes y congresistas en 4 idiomas.

d.) Además de estas cooperaciones y los documentos tangibles que resultaron de ellas, también se han dado dos resultados más que tomaron punto de partido en el proceso, y que a la vez nos indican el futuro campo de acción en cuanto a la investigación, la gestión y la difusión de aspectos relevantes para los derechos culturales y la cultura en el desarrollo. Ambos resultados se basan sobre el principio de la participación, y lo aplican invitando la activa contribución del público al debate sobre los derechos culturales y el desarrollo humano.

El primero de los dos es el Cuestionario sobre Derechos Culturales, con el cual los organizadores se dotaron de una herramienta constructiva para sondear las percepciones regionales sobre derechos culturales y los aspectos considerados prioritarios. También sirve para identificar los elementos y instrumentos potencialmente útiles desde la perspectiva de organizaciones y profesionales de diferentes países para introducirlos la promoción de los derechos culturales en las políticas. El cuestionario fue redactado por la coordinadora del Diálogo, Annamari Laaksonen, en cooperación con varios expertos internacionales y está disponible en 8 idiomas. Fue distribuido a más de 4500 personas y organizaciones del sector, y proporciona una beneficiosa aproximación cuantitativa y cualitativa a las implicaciones directas que tienen los derechos culturales para la realidad cultural de las comunidades mismas. Los resultados del análisis preliminar se presentaron en el transcurso del Diálogo, mientras actualmente se sigue con la distribución del cuestionario, para profundizar su evaluación e investigación. Se invita a los profesionales del sector de la cultura a participar en el estudio entregando un cuestionario relleno a la Fundación Interarts.

e.) Probablemente la herramienta más flexible que ha resultado del Diálogo es el portal de derechos culturales que ha lanzado Interarts en el transcurso del evento, y que está disponible a www.culturalrights.org. Todos los documentos anteriormente mencionados, incluido el cuestionario, se pueden encontrar y bajar gratuitamente de esta plataforma. El portal, que está aún en construcción, se presenta asimismo como una herramienta de trabajo sobre Derechos Culturales y Desarrollo Humano. A su centro se hallará una base de datos de documentos que constará de estándares oficiales, textos académicos, documentos institucionales y contribuciones de expertos, ordenados temáticamente. La página también dispondrá de un apartado de buenas prácticas de gestión y de políticas culturales en los dos ámbitos de los derechos culturales y la cultura en el desarrollo, y de un listado de links organizados por sectores. Actualmente, la página ofrece información detallada sobre el Diálogo y todos los documentos relacionados con él, a más de un forum virtual, al cual los usuarios tienen acceso libre para poder discutir aspectos relacionados con los temas del Diálogo. De este modo, el portal promoverá la participación de la ciudadanía interesada y del sector cultural, fomentando que se contribuya conocimiento, referencias y ejemplos concretos sobre la aplicación de derechos culturales y de la cultura en el desarrollo humano, y recogiendo asimismo la mayor variedad de perspectivas locales y opiniones divergentes posibles. Se espera finalizar el portal durante el 2005 y de ahí proceder a vincularlo con las plataformas virtuales y portales de los sectores relevantes para garantizarle mayor eficacia e conectividad.

5. Conclusiones

Resumir las principales ideas y resultados recogidos a lo largo del Diálogo no es tarea fácil. El amplio abanico de cuestiones abordadas en el Diálogo fue al final una fortaleza, como lo fue la diversidad de aportaciones discutidas en las plenarias, los talleres y en el resto de conversaciones mantenidas. Las conclusiones reflejan esta pluralidad de enfoques, y se plasman en una serie de observaciones compartidas.

Entre estas observaciones se halla la convicción que efectivamente, la cultura y la creatividad son impulsos que contribuyen a la identidad, la diversidad y el desarrollo humano y económico, y que por lo tanto la cultura puede resultar efectiva como elemento clave en proyectos y políticas que promueven el desarrollo integral. De este modo, el Diálogo también aportó pruebas de la creciente concienciación sobre la importancia de los derechos culturales para el desarrollo democrático, como lo demuestra la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural, y la interrelación que los derechos culturales mantienen con otros derechos humanos a los que pueden aportar dimensiones importantes pero a los que nunca pueden infringir.

A la vez, se reiteró desde diferentes perspectivas que el sector cultural aún debe comprometerse más con los retos del desarrollo internacional para alcanzar, por ejemplo, los Objetivos del Milenio definidos por las Naciones Unidas; compromiso cuya realización y eficacia se puede mejorar a través de la aumentada cooperación intersectorial y una optimización de las metodologías existentes del trabajo en red. Mientras se destacó de esta manera la necesidad de definir y promover el capital social a escala global, se señaló también la responsabilidad de los estados de asumir sus obligaciones de respetar y garantizar los derechos culturales a través de las herramientas políticas y jurídicas que tienen a su disposición. La conveniencia de crear nuevos instrumentos para abordar, medir y formalizar los derechos culturales pues fue en general destacada, aunque también se abogó por una clarificación e institucionalización de los instrumentos ya existentes.

Asimismo, se subrayó la continuada necesidad de observar y medir los efectos culturales de la globalización, especialmente en cuanto a las dinámicas del mercado global y las oportunidades y amenazas que éste puede presuponer, con el fin de poder actuar concisa y eficazmente en función a ellos. Entre las posibilidades se hallaban por ejemplo la creación o la cohesión de infraestructuras informativas internacionales para asegurar la cooperación y la transferencia de conocimiento de importancia a la escala local. La labor de seguir definiendo con más concreción posibles indicadores culturales para el desarrollo, y su aplicación en áreas prioritarias según contextos y valores regionales a cuya identificación contribuyen en su turno los derechos culturales, se señaló en este marco como eje central de futuros proyectos.

En este contexto, el Diálogo abogó por la realización de los conceptos debatidos dando un fuerte impulso a la acción, a la gestión de futuros proyectos concretos y al trabajo hacia horizontes abarcables que fortalezcan la cultura en el desarrollo. Se puede constatar que efectivamente ha respondido a sus objetivos iniciales de proporcionar información, compartir experiencias y movilizar a un sector muy diversificado. De su aportación central, la de poner en contacto diversos agentes y expertos centrales en temas de derechos culturales que provengan de contextos geopolíticos distintos y con agendas y necesidades muy diferenciadas, es ejemplo maestro su presentación – y la de los temas que le sostuvieron – en este nuevo evento organizado por CONACULTA 8 meses después de que el Diálogo cerrara sus puertas.

El futuro del papado

<strong>El futuro del papado</strong>

El futuro del papado es el cuarto capitulo de un magnifico libro de Giancarlo Zizola titulado La otra cara de Wojtyla que os aconsejo leer por su interés y su conocimiento sobre la política vaticana ahora que estamos cada vez más cerca de tener que elegir un nuevo Papa.

A continuación podeis leerlo.

Una cuestión que pesa sobre el Cónclave y divide a los electores es la reforma del sistema pontificio. ¿Deberá el nuevo papa cambiar la manera de ejercer el primado? ¿Deberá decidir medidas correctivas al absolutismo de la monarquía pontificia? ¿Sabrá crear condiciones de participación suficientes para obtener la aceptación universal que sea capaz de vencer el obstruccionismo que los grupos conservadores de la Iglesia opondrán a esta reforma estratégica? ¿O más bien debería concentrar y aumentar aún más su poder de jurisdicción universal, como pretende la curia romana, para poder mantener con más fuerza el choque con el Imperio? ¿Volver a una función más pastoral y humilde o continuar con la línea internacionalista de superobispo del mundo?

Estos dilemas, que brotan del debate electoral, enmarcan uno de los problemas decisivos de la Iglesia. Está expresamente previsto por la constitución electoral que se trate de él en la situación de la Sede Vacante. Es uno de los capítulos del Concilio Vaticano II pendientes de resolución por el bloqueo de la curia romana. El ala reformista de la Iglesia lo propone como tema central de su programa. Pero también los wojtylianos, los que quieran seguir con fidelidad a Wojtyla, deberían estar interesados en él pues la propuesta de reforma del papado forma parte de esos fermentos que desde el principio tuvo el pontificado de Juan Pablo II para abrir brechas en las formas heredadas de la identidad católica a través de las cuales pueda llegar un futuro aún inédito.

Fue precisamente Wojtyla quien en 1995 abrió con fuerza las puertas de esta reforma. En la encíclica Ut unum sint, por primera vez, el papado tomaba la iniciativa de incluir en la agenda la búsqueda de una forma de ejercicio del primado pontificio que “sin renunciar en forma alguna a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva”.

A pesar de este autorizado salvoconducto, el proyecto no ha logrado dar muchas brazadas en el mar romano. No han faltado intentos de ahogarlo. Los abogados de Pedro recomiendan fidelidad y obediencia, pero cuando Pedro decide moverse son los primeros que evocan el canto del gallo. No hay duda de que la reforma estructural del papado necesita un enfoque multilateral en el ámbito ecuménico y un acopio teológico de gran calado. Según monseñor Luigi Sartori, teólogo de Padua, “es una empresa que va a exigir por lo menos un siglo”. Pero van pasando los años tras la encíclica y no se ha empezado: salvo alguna referencia en algún congreso, todo está como antes o tal vez peor.

En el conjunto del legado de Juan Pablo II esta reforma constituye objetivamente uno de los puntos de excentricidad (en el sentido propio de la palabra, extravagancia) que dejan perplejos a los conservadores y centralistas mientras que los innovadores se ven reforzados. El grupo tradicionalista que ha saboteado la colegialidad no está dispuesto a aceptar la reforma a fondo del sistema de gobierno papal. En la otra parte, los reformistas tienen claro que la Iglesia necesita este cambio para la propia gobernabilidad del sistema y para dar un empuje decisivo al proceso ecuménico. El nuevo papa está llamado a “completar” este “Wojtyla inédito”, a no ser que sea elegido entre quienes pretenden dejarlo en el mundo de los sueños. En un caso u otro, hic Rhodus, hic salta[1]: en esta reforma se va a decidir en buena parte la orientación programática del sucesor.

Cambio y estabilidad

La delicadeza y complejidad de este proyecto de reforma no son excusas para huir de esta gran gestación institucional. Juan Pablo II llegó a él tras una valoración teológica de la actual transición en la sociedad globalizada hacia un sistema religioso complejo. En su visión, el proceso de interacción entre religiones, Iglesias y comunidades cristianas dispersas en la sociedad secularizada no puede dejar el sistema papal tal como se configuró en los dos siglos pasados tras los dogmas del Vaticano I, lastres dramáticos tanto entonces como ahora. Intencionadamente Wojtyla ha planteado la búsqueda de una forma diferente del servicio papal desde una perspectiva ecuménica.

Este enfoque ha revelado su convicción de que la reforma del trono parte no sólo de una mayor adhesión a la voluntad de Cristo en el servicio apostólico de Pedro sino también de la mayor aproximación entre Iglesias y comunidades cristianas de Oriente y Occidente. Hay por tanto en este proyecto una vinculación indivisible entre reforma del papado, acercamiento ecuménico y diálogo entre las religiones. Ésta fue ya una dimensión estructural en la edad fundacional del cristianismo, cuando se tuvo que integrar el hebraísmo de su lugar de origen con la diáspora posterior en una cultura grecorromana.

La propuesta de reforma del papado ha cuajado en una praxis que ha hecho moverse al ministerio petrino, aunque con formas discutibles, para ir al encuentro de los pueblos de la Tierra y proponerles el mensaje cristiano en un tiempo de tránsito hacia la unidad del género humano conseguida a partir de culturas, tradiciones y expectativas muy diversas. La misma vocación viajera de Wojtyla no era ajena a esta intencionalidad religiosa que, precisamente por ser religiosa, iba más allá de todo separatismo gnóstico y se entrelazaba con los temas de los derechos del hombre y de los pueblos, consciente de que con ellos sólo se puede comunicar mediante el diálogo.

A través de las vicisitudes del papado en el siglo pasado, aparece más al desnudo la paradoja de la autoridad en la visión cristiana: la investidura de Pedro es una roca que se va desplazando en el tiempo. Es un cargo que se fundamenta a la vez en la humillación y la misión. En el frontal de la crucifixión de Pedro en Santa María del Popolo, Caravaggio pinta maravillosamente el drama y el vértigo de este vuelco: “Es una reproducción con una disimilitud”, ha comentado Urs Von Balthasar. “En una imagen grandiosa lo expresa la crucifixión de Pedro, con los pies en alto: es la cruz, pero como una imagen invertida, signo definitivo de la situación jerárquica. Sólo gracias a esta permanente humillación de la función eclesial la imagen de un ministerio jerárquico en la Iglesia es cristianamente sostenible. Esto significa que la figura del ministerio instituido por Cristo en la Iglesia tiene, en cuanto tal e independientemente de la persona que lo desempeñe, la figura de la cruz” [2].

Éste es el punto en el que Wojtyla ha hecho consistir la virtualidad futura de su pontificado y de su misma identidad. Y por eso en esta reforma fontal se han centrado las contradicciones y paradojas más graves de su pontificado. Una vez más de lo inédito de Wojtyla surgen instancias que ponen en crisis las formas y las prácticas institucionales actuales. No es fácil recoger en la intricada maraña de este conflicto los movimientos convergentes de fidelidad y cambio, integradores ambos de la identidad. Para algunos conservadores la idea de la tradición tiende a la rigidez del tradicionalismo que les lleva fatalmente a rechazar la posibilidad de que a veces, para mantener la identidad, el cambio es precisamente lo más necesario. ¿No decía ya el cardenal John Henry Newman que “la innovación de hoy forma parte de la tradición del mañana”?

¿Pero cuántos Newman hay hoy en el Colegio cardenalicio? Un proyecto reformador, basado en una idea dinámica de la tradición, podría alcanzar éxito sólo si se consiguiera en este punto un acuerdo entre reformistas y wojtylianos de estricta observancia, vinculados entre ellos por el interés común de no dejar que se pierdan algunos valores del pontificado marcados por la utopía. Esta alianza podría conseguir no sólo la descongestión del trono papal hoy, sino la aceptación de los cambios por parte de la comunidad cristiana, aún demasiado influenciada por paradigmas gnósticos. El efecto de estas concepciones ahistóricas y mitológicas de las instituciones religiosas ha sido siempre, incluso en la sociedad secularizada, envolver en un aura de sobrenatural inmutabilidad las formas papales. Pero está claro que no se puede invocar correctamente el derecho divino para impedir el cambio de las formas históricas de la Iglesia, caducas y variables por estar ligadas a circunstancias históricas. Más bien el derecho divino, más radical que el eclesiástico, obligaría en ocasiones al abandono o corrección de instituciones relativas a circunstancias del pasado.

En esta perspectiva es emblemático el ejemplo de Juan XXIII, un papa plenamente tradicional a quien se debe la contribución más notable del siglo XX a la reforma del papado. Los instrumentos adoptados fueron los más clásicos, la convocación de un Concilio Ecuménico y la recuperación de la función pastoral del obispo de Roma con sencillez de estilo.

Pero el argumento más convincente a favor del cambio como variable de estabilidad proviene de la historia de la Iglesia. Ella testimonia que el primado no ha seguido siempre el mismo paradigma y se ha forjado siguiendo las variables históricas. En su obra Le role de la papauté au troisième millénaire, el teólogo alemán Hermann J. Pottmeyer ha demostrado la relevante influencia del desarrollo histórico en la concepción y en la práctica del primado pontificio. Institución simbólica de la estabilidad, el papado ha asumido formas nuevas, cambiando y adaptándose en los veinte siglos de su historia. Esta mutabilidad es lo que le ha garantizado la extraordinaria permanencia e identidad en el tiempo. Por eso los nuevos cambios serían coherentes con la fisiología de la institución. Se puede por tanto hablar legítimamente de “futuro” del papado.

En el primer milenio el ejercicio del ministerio petrino siguió un paradigma totalmente diferente del seguido en el segundo milenio. Antes del cisma de Oriente (siglo XI) la Iglesia se comprendía como testigo de la tradición apostólica. El servicio petrino no incluía el gobierno directo y universal de la Iglesia, que estaba confiado a la sede papal para Occidente y a los cuatro patriarcas de origen apostólico en Oriente. Había varios centros eclesiales relativamente autónomos.

Prevaleció después una teología política monárquica que consideraba el primado como plenitudo potestatis del papa en el sentido jurídico de una soberanía universal. La expansión del poder pontificio no ha dejado de crecer en el segundo milenio hasta la caída del poder temporal en 1870. En ese mismo año se elaboraron los dogmas del Vaticano I bajo la presión de una corriente ultramontana, que tendía a imponer una concepción absolutista del primado de jurisdicción, imitando a las soberanías temporales en lucha con el constitucionalismo liberal. Las formas institucionales que se han adherido al trono pontificio son herederas, al menos en parte, de las ideologías de la Restauración absolutista de siglo XIX.

Posteriormente la Iglesia ha vivido mucho tiempo con una interpretación maximalista, a lo De Maistre, de estos dogmas, hasta justificar un centralismo jurídico y doctrinal basándose en una interpretación infalibilista de la infalibilidad[3]. Esta mentalidad maximalista influyó también en el Concilio Vaticano II, cuyas aperturas a la colegialidad episcopal fueron desvirtuadas debido a precauciones de todo tipo, impidiendo así una conciliación del ejercicio del primado con la eclesiología de comunión que se reflejara en cambios operativos del gobierno de la Iglesia.

La reforma papal centrará sin duda la atención de los cardenales en las Congregaciones generales que se celebrarán en las vísperas del Cónclave.

Un papado ecuménico

Primera condición, el relanzamiento del proceso ecuménico. Ya Pablo VI, en el discurso al Consejo Ecuménico de las Iglesias en Ginebra había reconocido que el poder del pontífice romano en sus formas actuales constituía una traba al reconocimiento del papado, por todas las Iglesias divididas, como centro de comunión y de servicio a todos los cristianos.

Para los 342 millones de cristianos de denominación protestante y para los 80 millones de anglicanos, lo mismo que para las Iglesias ortodoxas, las dificultades principales para la unidad tienen que ver con los límites jurisdiccionales de la función primacial del papa sobre todas las Iglesias.

Gracias a los esfuerzos desplegados por los grandes papas ecuménicos Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II el movimiento hacia la unidad se ha acelerado mucho en los últimos decenios del siglo XX. Pero no hay que confundir este movimiento con el modelo de retorno al redil de Roma. Está bastante claro que la subordinación de las Iglesias y el retorno de las Iglesias evangélicas bajo el primado papal del obispo romano no se lo puede esperar nadie y que la perspectiva de la unificación por absorción, aunque no esté del todo descartada en el mundo católico, no sería ni siquiera deseable.

Por otra parte, la encíclica Ut unum sint reconoce que no puede haber unidad ecuménica si se obliga a los separados a renunciar a sí mismos y a abandonar las tradiciones propias. La política ecuménica de Roma no pone ya tales condiciones e incluso ha declarado que la unidad entre los cristianos sólo es concebible con el respeto a las diferencias y a la autonomía.

Al mismo tiempo se puede constatar que en el movimiento ecuménico y en la cristiandad mundial está aumentando la búsqueda de una comunión que supere las divisiones. La exigencia de un “servicio de unidad” que constituya un punto de convergencia común y obre de propulsor de la fe y de la caridad hacia el mundo, se ha hecho inaplazable desde que los cristianos han sido conscientes del hecho de ser una minoría en la población mundial y de serlo cada vez más. Ellos se están dando cuenta de que no pueden seguir con las viejas riñas de familia y que sólo reencontrando y manifestando abiertamente una comunión real en lo esencial de su fe, podrá ésta volver a ser hoy creíble y convincente.

Para responder a esta exigencia de una fase casi refundadora del oficio papal en diálogo con las Iglesias cristianas a la encíclica tendría que haber seguido alguna medida práctica coherente con ella. Y el que quede como una simple declaración de intenciones en papel mojado dependerá de que el sucesor logre reformar algunas concreciones y estructuras de la institución papal que no son compatibles ni con el modelo petrino practicado en los primeros siglos ni con la aceptabilidad ecuménica.

Hay que admitir que la llamada de Juan Pablo II no obtuvo tampoco una recepción siempre favorable por parte de los separados. El diálogo sobre el primado del papa se ha revelado más difícil precisamente con las Iglesias más “hermanas”, las de Oriente. El único eco a la encíclica fue la ponencia de la comisión internacional anglicano-católica (ARCIC II), dada a conocer el 3 de septiembre de 1998. Este documento de trabajo, titulado Il donno dell’autorità, ha sido considerado como un paso importante dado por las dos Iglesias para examinar el concepto y el ejercicio de una autoridad que incluyera un cierto “primado espiritual” del obispo de Roma.

Se trata de discernir más acertadamente las formulaciones doctrinales del primado y de la infalibilidad pontificia, distinguiendo en ellas lo que hay de condicionamientos políticos y culturales de otra época, de modo que resplandezca en todo su valor el fundamento bíblico y espiritual de la autoridad del papa en un contexto de Iglesias reconciliadas. En este proceso de deshielo se advierten signos de que los bloques antagonistas empiezan a descomponerse, se mueven las posiciones y se empieza a valorar positivamente las razones de los otros. “Roma no debería renunciar a su pretensión de primacía para favorecer la unión de las Iglesias”, escribía un teólogo protestante, Jean Jacques von Allmen: “El papado no debería suicidarse. Si se toma en serio la pretensión primacial y si esta cuestión es necesaria, Roma debería defenderla como se defiende una vocación” [4].

Algunos teólogos y responsables de Iglesias han declarado que les consta que el mismo Juan Pablo II piensa que la mejor defensa del primado es la de proceder a reformarlo. Los ecumenistas, católicos o no, creen que el cambio es muy urgente y no sólo con vistas a la comunión de las Iglesias cristianas sino porque el primado se entiende como un servicio a la unidad de toda la familia humana. En sus viajes internacionales el papa ha empezado a ser considerado por muchos como un portavoz de la conciencia humana en su estado puro.

“Lo que espero yo con los ortodoxos es la comunión, no la jurisdicción”, dijo Juan Pablo II al teólogo laico ortodoxo Olivier Clément, explicándole su proyecto de un primado espiritual “a muchas velocidades” que respetaría la plena libertad interior de las Iglesias orientales como existía en el primer milenio.

Una evolución dogmática

El futuro del papado exige una segunda condición: un esfuerzo hermenéutico nuevo sobre la dogmática formulada por el Concilio Vaticano I en 1870. En el debate electoral sobre el programa, éste será un punto crucial. Para la curia romana el Vaticano I representa un paradigma eclesial irrevocable al que debe subordinarse cualquier otro pronunciamiento. Este enfoque amalgama en una sola cosa intocable el dato de la fe con las incrustaciones posteriores provenientes de los modelos políticos y culturales vigentes en la Europa de la Restauración.

Está en marcha una discusión, tanto en el interior como en el exterior de la Iglesia católica, sobre el modelo de ministerio petrino compatible con las exigencias dogmáticas por un lado y con las convergencias ecuménicas por el otro. Se reconoce que la encíclica sugiere una distinción entre lo “esencial” del servicio del sucesor de Pedro y las modalidades históricas del primado.

La esencia del primado, que se funda en los datos del Nuevo Testamento, representa la parte teológica que no se puede tocar, pero que admite nuevos desarrollos interpretativos. Entre los teólogos que se han consagrado a esta investigación, Hermann J. Pottmeyer ha llegado a la conclusión de que los dogmas del primado y de la infalibilidad pontificia no constituyen obstáculos doctrinales para un ejercicio del papado que renuncie deliberadamente al centralismo romano y se inscriba en la eclesiología de comunión adoptada por el Concilio Vaticano II.

Los reformistas sostienen que también podría aplicarse en este campo una evolución del dogma y no sólo una simple distinción entre el fundamento dogmático y la modalidad del ejercicio del primado. Esta redefinición contemporánea de los fundamentos dogmáticos y de las funciones de un primado en la Iglesia de Roma sería la solución más fecunda. Algunos teólogos e historiadores que han intervenido en esta discusión han manifestado su convicción de que un día se podría desarrollar una toma de conciencia de la relatividad de las formulaciones doctrinales de una cierta época y de un determinado ambiente cultural. Esta nueva conciencia, ya muy presente en casi toda la producción teológica, podría elevarse al nivel de conciencia dogmática, elaborada por procesos intereclesiales de recepción y reconocimiento. No se puede olvidar que el primado está inserto en la historia humana, hasta en los profundos estratos de poder que la constituyen, participando en su dinámica de manera única y original.

El jesuita Klaus Schatz ha mostrado cómo la formación de este “centro de poder” intraeclesial se ha producido con frecuencia de manera teológicamente muy discutible, por analogía con el gobierno estatal e incluso como copia exacta del Estado. Incluso en la antigüedad, la categoría de Roma, caput mundi que decreta las leyes al mundo entero, influyó en la idea romana que, según la tradición, tuvo el mismo Pedro. La legislación y el gobierno sustituyen al concepto de testigo.

Esta figura del primado, concreta, centralizada y sobrecargada de pretensiones jurídicas y ambiciones políticas, ¿es verdaderamente inevitable como si fuera un precio que hay que pagar para conservar y reproducir la misión espiritual de la Iglesia? ¿Y qué decir cuando la imitatio imperii acaba por revestir al ministerio petrino con la coraza absolutista del Vaticano I, tomada de prestado de las ideologías políticas de la Restauración europea?[5].

Pero también en la cúpula vaticana, entre los cardenales de curia, se ha abierto paso la disponibilidad a una reflexión crítica. La intervención más clara en este sentido la ha hecho el cardenal Roger Etchegaray –durante mucho tiempo al lado de Juan Pablo II como su ministro para la Justicia y la Paz– en la conferencia que pronunció en Génova el año 1999 para el encuentro de las religiones por la paz promovido por la comunidad de San Egidio. Etchegaray contextualizó el dogma del primado, “definido en el Vaticano I como una cima solitaria, con un poder supremo y plenario en toda la Iglesia”. Sin embargo, en su opinión “no se puede comprender aquel concilio sin el Vaticano II que, sin quitarle nada, pone esta cima en un macizo armonioso en el que el primado y la colegialidad se coordinan y complementan lo mejor posible. El mismo Vaticano I, presentado con demasiada frecuencia como la caricatura de un papa monarca absoluto de la Iglesia, pide expresamente interpretar el primado de jurisdicción ‘según los concilios ecuménicos, sobre todo aquellos en los que el Oriente se encuentra con el Occidente en la unión de la fe y en la caridad”. El mismo cardenal ha aportado a la discusión una advertencia que deberá ser profundizada más en el debate teológico e histórico: “Verdaderamente la aceptación del primado del obispo de Roma parece que no fue unánime antes de los cismas. El primado romano no era legitimado de la misma manera en Oriente y Occidente, sin que esto provocara una fractura de la comunión durante el primer milenio: la unidad de la Iglesia era antes vivida que pensada”[6].

Se trata de una avanzadilla hermenéutica que espera la aceptación generalizada y sobre todo el respaldo teológico del sucesor, si es que estuviera decidido a desbloquear la reforma.

Las condiciones espirituales para el papado

La tercera condición: una profundización de la espiritualidad de la comunidad cristiana; es el único aspecto que ha encontrado el consenso unánime de todos los grupos tradicionalistas. El cardenal Ratzinger ha insistido continuamente en este punto en sus conferencias, libros y debates. Pero hace ya años que el reino de lo “espiritual” no se deja fácilmente arrastrar por un espiritualismo desencarnado y una metafísica negra. El llamamiento a lo “espiritual” ha sido un punto crítico desde que los teólogos de la Liberación se han opuesto al uso alienante de la espiritualidad cuando ésta se convierte en fácil concubina de los regímenes opresores. Ellos han demostrado cuán extraña es a las Bienaventuranzas del Evangelio una espiritualidad fuera del tiempo, despachada como metadona religiosa de masa, “flores en las cadenas de los esclavos” y con una destacada tendencia a combinarse con el rigor del autoritarismo. Por esto en la Iglesia católica se multiplica la perplejidad respecto a los movimientos espiritualistas en los que la abstracción celestial intenta substraer a los prosélitos de los conflictos reales.

¿Debe la reforma del papado respirar una única atmósfera “espiritual”? Nadie olvida la dureza con la que el cardenal Ratzinger, en un congreso en Letrán sobre el Concilio Vaticano II, liquidó las hipótesis de reforma de las estructuras eclesiásticas centrales acusándolas de “horizontalismo” y de “sociologismo”, recomendando privilegiar la “reforma espiritual” para dejar las cosas como estaban. La misma argumentación fue utilizada por el clan de los wojtylianos para quemar la propuesta avanzada por el cardenal Carlo Maria Martini en el Sínodo de 1999 sobre un nuevo Concilio o foro equivalente que retomara los cambios pendientes en muchos frentes críticos de la Iglesia.

Pero utilizar la espiritualidad como alternativa a la reforma estructural es peor que una mistificación. Es un mal negocio. Es una falsedad histórica. Los reformistas, decididos a no regalar la espiritualidad a las derechas, han empezado ya a rebatir los sofismas espiritualistas del partido conservador: se citan, entre los muchos nombres posibles, a Bernardo de Claraval, Catalina de Siena, Pedro Damiani, Joaquín de Fiore, todos hombres y mujeres de claustro, maestros espirituales y, precisamente por ello, reformadores de las estructuras, dispuestos a empuñar el látigo para “sanear la viña del Señor”. Movidos por el deseo de hacer más vital y visible la misión espiritual de la Iglesia en su época, ellos no dudaban en invitarla a adherirse a la verdad completa de Cristo, de quien la Iglesia es mera función, denunciando por eso el afán de poder y el inmovilismo de la curia romana.

Así recomendaban a los papas “poner el hacha en la raíz” con profundas reformas estructurales. Aquellos santos llegaban a acusar a los conservadores, aunque se proclamaran verdaderos espirituales, de dañar la misma espiritualidad de la Iglesia con su oposición a las reformas institucionales, un reproche que no ha perdido con el tiempo su valor. Luchaban en nombre de la espiritualidad para romper el maridaje de la Iglesia con el poder temporal y la riqueza. Su convicción era que sin la pobreza no sería posible en la Iglesia una verdadera reforma del centralismo jurídico y político. Y, recíprocamente, creían que un distanciamiento de la Iglesia del poder temporal sólo podría nacer reviviendo las tensiones escatológicas en su interior.

Especialmente actual es el consejo del “calabrés de espíritu profético dotado”, como Dante definía al utopista de los primeros años del segundo milenio más conocido en el área anglosajona. En la obra De vita Sancti Benedicti, Joaquín de Fiore comparaba el papado al viejo Simeón en el momento de acoger al niño Jesús en el templo de Jerusalén. Él no deseaba otra Iglesia, sino la transformación de esta Iglesia, mediante su arrepentimiento y reforma, tanto en el corazón de las personas como en las instituciones. Esta reforma institucional debía fundarse en la renuncia a la realeza política y temporal, en el redescubrimiento del “siervo sufriente de Yahvé” y en la realeza escatológica de un reino “que no será de este mundo” sino que se fundará en la misma inutilidad temporal. Joaquín subrayaba que cuanto más presente se hace en la Iglesia un pleno sentido de estar sostenida sólo por la promesa del Reino de Dios y no por sus seguridades materiales, más podría crecer en ella la conciencia de su inadecuación histórica. Su configuración trinitaria prefiguraba, en la edad del Espíritu, una nueva existencia espiritual, producida por una conciencia crítica del tiempo. Símbolo de la Iglesia de la edad del Hijo, Pedro se habría transformado en la Iglesia de Juan, más libre de constricciones materiales y más idónea para la confesión de la Iglesia espiritual.

¿Cómo cumplir un diseño de tal amplitud en una reforma estructural de la actual monarquía pontificia? Los mismos reformistas admiten que una reforma de este género, para ser incisiva, no puede limitarse a intervenciones de mera modernización institucional, como de ingeniería constitucional, sino que implica una gran inspiración, como un revulsivo de los estratos más profundos de la tradición de la Iglesia, en el sentido de un resurgimiento escatológico. En todo caso, hay que señalar una coincidencia significativa: la idea de abrir el proceso de la reforma del papado fue lanzada al final del siglo pasado, un siglo caracterizado por la caída del poder temporal de la Iglesia romana en sus varias formas, aunque fuerzas poderosas de su interior trabajaban para restaurarlo. Una mirada a la historia de la Iglesia nos lleva a la conclusión de que las fases de reforma del papado han coincidido con procesos de debilitamiento político de la Iglesia acompañados de reforzamientos espirituales. Esta conclusión justifica la convicción de que sólo dejándose interpelar por el acontecimiento original del cristianismo, el amor de Cristo en la Cruz, puede justificarse concretamente una reforma en la Iglesia.

Las lágrimas de Pedro

Desde el punto de vista de la espiritualidad, el camino hacia la reforma del papado se vio favorecido por la decisión de Wojtyla de reconocer públicamente los errores históricos de la Iglesia, en la celebración penitencial del 12 de marzo del 2000 en la Basílica Vaticana. Aunque otras medidas de su pontificado tendieran a agravar el infalibilismo, los mea culpa del Jubileo del 2000 constituían una contradicción positiva en el sistema romano. El gesto del papa abrazando la Cruz en el altar de la Confesión, en señal de identificación con el ministerio instituido por Cristo en la comunidad de fe pero también como figura de un desnudamiento, de una kenosis necesaria para la Iglesia como había soñado el mismo Martín Lutero, iba a permanecer como una de las imágenes mayores del pontificado. La cruz como norma eclesial llevaba también a reconocer que la Iglesia vive del perdón de Dios y no tiene otra fuerza que la Cruz misma.

“Nunca más contradicciones entre la caridad y el servicio a la verdad”, decía el papa aquel día. “Nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia. Nunca más ofensas a otro pueblo. Nunca más recurrir a la lógica de la violencia. Nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones o desprecio de los pobres y de los últimos”.

Los compromisos eran graves y se proyectaban impetuosamente hacia el futuro. Aquellos “nunca más” eran vinculantes para el papa del futuro, quienquiera que fuera el sucesor cuya voz estaba él ahora interpretando.

Si aquella imagen iba a prolongar su influencia en el tiempo, como auguraban los reformistas, habría que tomar nota del llamativo silencio de los cardenales y obispos de curia presentes en aquel rito, que presagiaba la morosidad institucional que iba a encontrar el intento de reforma evangélica del sistema romano. La realidad era muy diferente de la que el papa con aquel gesto intentaba mostrar como liberada del pasado: mientras se golpeaba el pecho por los errores del pasado, la misma Iglesia de Juan Pablo II se reafirmaba en su milenaria tendencia a aliarse a cualquier costo con los poderosos de turno –los grandes poderes políticos y económicos de hoy– para estar presente en la historia secular con un rol fundamental.

Con los mea culpa por los errores históricos del pasado el principio de autocrítica eclesial extraía de las entrañas del pasado la llamada a la conversión del pecado de integrismo de la Iglesia. Eran actos cuya virtualidad de penitencia y humillación iba más allá del presente y podría condicionar el papado del futuro. En este proceso de conversión el mismo papa encuadraba la transformación del sistema papal respondiendo a las expectativas del mundo ortodoxo que espera ver “las lágrimas de Pedro”.

El paradigma de la reforma de la Iglesia se concentraba en la imagen del papa abrazando y mirando en los ojos a Cristo en Cruz, en el altar de la Confesión y en un momento decisivo y crucial de la historia secular de la Iglesia romana, al aceptar solemnemente la confesión de su propia culpa. Y este gesto tan simple, como simple es toda obra genial, un gesto que era a la vez mansedumbre dispuesta al perdón y estruendosa sacudida, hacía templar las columnas de esa basílica que es el salón del Trono del papado.

No era sólo por esto por lo que el Trono sufría una especie de arrugamiento físico –un movimiento semejante pero contrario a la rigidez defensiva– como si el orden antiguo del mundo hubiese sufrido una decisiva contestación. El espíritu del estado de asedio volvía nerviosa a la casta de los Intransigentes a medida que el Trono parecía ser abandonado lentamente por el Rey con su autodeposición. Pedro seguía siendo Pedro pero su Trono era destronado por decisión del mismo soberano. La corte acusaba el golpe y reaccionaba.

Allí estaba el Pedro de aquellos pobres huesos olvidados, mezclados con los huesos de otros comunes mortales, en el cementerio extrarradio del Vaticano en los tiempos en que los vaticinios salían de las cuevas de esa colina. Y estaba el Pedro vertiginoso y traidor del baldaquino triunfal más contradictorio del mundo. ¿Qué Pedro iba a quedar en el sistema cuando Pedro se hubiera ido con lágrimas, después de haber negado por tercera vez al Señor? ¿Qué Pedro, no antes, sino después del nuevo Canto del Gallo?

La onda expansiva de este gesto se propagaba. Pero no era la única. El sistema se asomaba consternado a las ventanas de los palacios vaticanos, tras las cortinas ocres de los altos ventanales de las logias, para escrutar un mundo que se hacía cada vez más complejo, más mundos que venían de lejos y cohabitaban, más culturas que se entrecruzaban, más lenguas que se sobreponían, más formas de lo divino que por primera vez se miraban a los ojos y comprendían que hay millares de hojas, cientos de ramas, pero un solo árbol, como la verdad.

Desde las logias donde por siglos la Verdad era la que allí –y sólo ella– habitaba, este mundo producía vértigo. Era molesto. Producía terror. Un ansia de simplificación tendía a allanar todo bajo la instancia suprema de la autoridad, concentrando en la figura papal, sobredimensionada mediáticamente, la representación universal e indiscutible del poder espiritual. Pero la figura papal se escapaba de este secuestro. El papa emigraba hacia Pedro.
Algunas reformas necesarias

Al teólogo Ladislas Orsy, jesuita que trabaja en el Centro de Derecho de la Universidad Georgetown de Washington, le hicieron esta pregunta: “¿Podría el papa gobernar una Iglesia en la que confluyeran todas las comunidades cristianas de la misma manera que gobierna la comunidad católica romana? En caso contrario, ¿qué cambios habría que hacer?”[7].

La pregunta nos permite comprender qué difícil es imaginar el futuro ecuménico del papado fuera de una perspectiva de reformas tendentes a dotarlo de una morfología de comunión que comprometa a toda la Iglesia.

Tampoco el papa estaba satisfecho con la situación actual. El problema que el Cónclave tendrá que afrontar no es si son necesarias reformas sino cuáles son las medidas concretas más urgentes. Es evidente que, si se debe avanzar hacia un papado ecuménico, habrá que comenzar reforzando la comunión católica y la participación en el interior de la Iglesia romana de todos sus componentes para conseguir un tipo de unidad que respete su irreducible diversidad.

No sólo lo exige el principio clásico de subsidiaridad sino también la naturaleza universal de la misión evangelizadora, que necesariamente debe abrirse a la inculturación del Evangelio en los nuevos universos culturales aún no suficientemente impregnados o alcanzados por la fe cristiana, especialmente en Asia y África fuera del mundo occidental. No había reunión en que los cardenales no comprobasen la existencia de un difuso malestar en las relaciones eclesiales debido a defectos estructurales. Malestar que persistía a pesar de la visibilidad y prestigio internacional de que gozaba la Iglesia romana. El “caso Milingo” estallado en agosto del 2001 ha revelado algunos problemas causados por la morosidad en el cumplimiento de africanización del cristianismo acordado por el Sínodo de los obispos para África. Ya en 1984 Karl Rahner, en la última entrevista que dio en su vida, me dijo en Innsbruck que África debía considerarse una prioridad: “Es necesario preguntarse si la moral matrimonial africana debe ser un calco de la europea […]. Es absolutamente urgente una efectiva y legítima descentralización de la Iglesia, con todas sus consecuencias”[8].

No se trata sólo de mejorar el equilibrio entre la Urbe y el Orbe, entre el centro y la periferia, sino de responder a una exigencia teológica. La confrontación en este punto ha mostrado hasta qué punto siguen siendo diferentes los puntos de vista en el vértice de la Iglesia romana. El partido “político” de la curia vuelve a pulsar en cada sínodo la misma tecla desde hace años: en un mundo globalizado la Iglesia no puede permitirse el lujo de ensanchar la malla de sus diferencias internas descentrándose en autonomías regionales. Al contrario, tiene necesidad de reforzar su unidad en torno a Roma. La función internacionalista del papado quedaría así reducida a ser la máscara chispeante de una romanización del catolicismo.

Grandes teólogos han prestado a esta visión bonifaciana el soporte de sus argumentos: el cardenal Ratzinger ha sido naturalmente quien ha ofrecido los más sugerentes, aun a costa de cambiar el sentido de los textos del Concilio Vaticano II. La exigencia de justificar la política unificadora de la catolicidad obligó al cardenal a establecer que “la Iglesia universal precede a las Iglesias particulares”. Con su instrucción Dominus Jesus (2000) Ratzinger ha defendido vigorosamente la tesis romanocéntrica. Le contestaron llenos de estupor quienes se sienten fieles a la herencia conciliar, aportándole la constitución dogmática conciliar Lumen gentium que afirma todo lo contrario: la Iglesia universal existe en las Iglesias particulares y a partir de ellas. En otras palabras, no existe la Iglesia universal, ni siquiera teóricamente, sin Iglesias particulares.

En una Iglesia sofocada por el conformismo, las diferencias han empezado a mover las aguas del estanque, sin esperar el fin del pontificado. Pero es fácil prever que la competición entre tendencias eclesiales sobre el sentido permanente del Concilio está esperando la Sede Vacante para jugar la gran final.

Ya se han levantado voces muy autorizadas de prelados católicos para criticar la política romana e invocar las reformas. Los cardenales König, Eyt y Danneels, siguiendo la tajante intervención del ex-arzobispo de San Francisco John Raphael Quinn en 1996, han propugnado las reformas necesarias para que el obispo de Roma recupere la plenitud de su significado espiritual, en el centro de la comunión de las Iglesias cristianas, caracterizándose por lo opuesto a la lógica del poder: los caminos de debilidad y pobreza que son las huellas de Dios. Se podría recordar la previsión formulada por Paul Ricoeur cuando visitaba el exterior del ábside de Miguel Ángel desde los jardines vaticanos: “¡Sublime! Pero algún día la Iglesia tendrá que renunciar a lo sublime si quiere anunciar a Cristo pobre y crucificado”.

La controversia sobre el estatuto deliberativo del Sínodo

La encíclica Ut unum sint propone la necesidad de encontrar nuevas formas de ejercer el primado pero no dirime la cuestión de qué formas deben ser éstas. Se supone que en los próximos años los teólogos, ayudados por historiadores y exegetas bíblicos, irán perfilando una forma papal que limite la soberanía jurisdiccional a casos excepcionales y conceda amplias autonomías como las que estaban vigentes en los patriarcados y sínodos de la antigüedad.

Entretanto sigue en vigor el programa del Concilio Vaticano II con su doctrina sobre la colegialidad en todos los niveles, que está todavía exigiendo muchas de las normas necesarias para llevarlo a cabo. Son medidas urgentes que prepararán el papado y todo el sistema de la Iglesia para reformas de más envergadura y que salieron en muchas intervenciones del Consistorio extraordinario de 2001 como exigencias de acción ineludibles para modificar algunas posiciones críticas de la praxis de la Iglesia. Vale la pena recorrerlas una por una.

Algunos cardenales hicieron saber que son favorables a la reforma del Sínodo de los Obispos para hacer de él un instrumento efectivo de la colegialidad. La distinción entre consulta y colegialidad no puede ser minimizada. Incluso en el Instrumentum laboris para el Sínodo del 2001 se seguía confundiendo la colegialidad con la affectio collegialis y las funciones informativas de las asambleas. Pero colegialidad significa participación en la formación y en la toma de decisiones, como sucedió en el Concilio Ecuménico. El Sínodo instituido por Pablo VI no cumplía esta función, al haberse quedado en órgano consultivo. Los obispos no pueden tomar en él ninguna decisión sino sólo exponer recomendaciones al papa. El método de trabajo, que impide una verdadera discusión, fue también criticado por los cardenales en el Consistorio extraordinario del 2001.

Esta institución no está privada de utilidad pero no ha cumplido el objetivo de constituir un órgano de gobierno colegiado entre el papa y los obispos que compensara el peso de los órganos administrativos centrales, quedándose sólo en una especie de academia de estudio. La curia romana mantiene sus reservas respecto a un efectivo co-gobierno del papa y los obispos que rebajara el efectivo co-gobierno del papa y la curia. Esto explica que el Concilio Vaticano II no haya logrado, dada su ambigüedad, producir el cambio de la figura concreta del gobierno de la Iglesia, anclado todavía en el centralismo y en una mentalidad maximalista del primado.

Desde 1985 los Consistorios extraordinarios han sustituido a los Sínodos extraordinarios previstos por Pablo VI en el motu proprio Apostolica sollicitudode 1965 donde se regulaban los sínodos como encuentros anuales de los presidentes de las Conferencias Episcopales con el papa. Ahora los Consistorios son bien diferentes de los Sínodos. Los primeros reúnen a los cardenales nombrados por el papa y los Sínodos a los presidentes y delegados elegidos por las Conferencias nacionales y continentales. El Sínodo extraordinario es la expresión de la colegialidad de los obispos y de sus Iglesias particulares. El Consistorio no tiene tal representatividad, viene de lo alto, es prolongación del primado pontificio.

Como escribió monseñor Gabriel Matagrin, obispo emérito de Grenoble, “está fuera de dudas que el equilibrio entre primado y colegialidad se ha roto en beneficio del primado. No es necesario ser un experto eclesiástico para ver en esta postergación del papel de las Conferencias Episcopales la expresa y decidida voluntad de un número de eminentes miembros de la curia romana. Está en la línea de la Nota explicativa previa [9], en la que se le llama al papa ‘vicario de Cristo’ cuando es el vicario de Pedro. En este punto hemos vuelto a antes del Concilio”[10].

La reforma del sistema de nombramiento de los obispos

El dossier sobre la reforma del papado estudia un segundo problema que tendrá que resolver el próximo pontificado: la reforma de las normas y procedimientos para la selección de obispos. Contrariamente a lo que sucedía en los primeros siglos cuando la voz del pueblo cristiano era escuchada y apartándose también de las normas introducidas en el siglo XII, basadas en la participación de los obispos limítrofes, el régimen actual reproduce el sistema de exclusividad de la Santa Sede en el nombramiento de los obispos de todo el mundo, un régimen instaurado en el siglo XIX. El colectivo episcopal ha crecido desde entonces tremendamente, con casi 5.000 obispos en activo y unos 1.000 jubilados. Quienes más influyen en la selección son los delegados y nuncios apostólicos que forman y trasmiten a Roma las ternas. Las dinámicas de comunión del pueblo de Dios están normalmente excluidas de este proceso decisivo para la elección de los pastores.

Uno de los resultados de esta disfunción es que casi la mitad de los miembros del episcopado católico está constituida por obispos que no son pastores de una Iglesia porque son obispos eméritos o titulares. Nos encontramos con el escenario de un Colegio episcopal destinado a gobernar a la Iglesia universal, con y bajo Pedro, sin que la voz de las Iglesias locales haya tenido nada que ver en su constitución.

Para eliminar estas aporías parece indispensable, incluso a algunos cardenales, que se desarrollen nuevos criterios de consulta y participación en todos los niveles del sistema eclesiástico, de forma que la Iglesia pueda curarse del virus del solus pontifex que proviene de las teorías monárquicas de Gregorio VII.

La perspectiva ecuménica también empuja en esta dirección, pues no es pensable que en una futura Iglesia que reuniera a todos los cristianos, las Iglesias cristianas ortodoxas, luteranas o anglicanas pudieran renunciar a sus propias prerrogativas y tradiciones para la elección sinodal de sus patriarcas y pastores.

Lo requiere también la identidad de la Iglesia consigo misma. De su historia se deriva que la comunidad cristiana no era una grey pasiva dirigida por ministros que se cooptan para formar una casta gobernante. La comunidad tenía siempre una parte activa en todas las cuestiones relacionadas con la vida de la comunidad.

“Lo que tiene que ver con todos y cada uno, debe ser aprobado por todos”, era el principio seguido cuando la elección de los presbíteros y de los obispos se realizaba con el voto del clero y del pueblo. Yves Congar concluía su estudio sobre la práctica vigente en los primeros siglos de la Iglesia afirmando que la cuestión de la democracia en la Iglesia no implica una adaptación al orden mundano sino una cuestión de eclesiología, es decir, la adopción de un modelo más conforme al espíritu y a las motivaciones teológicas profundas vividas por la más antigua tradición eclesial.

La función eclesial del laicado

El Concilio Vaticano II había definido la Iglesia como “pueblo de Dios”, solicitando reformas en el sentido de participación en los procesos de formación de las decisiones. Estas directrices fueron esquivadas o más bien contradichas por los hechos. Es otro pesado cuaderno de agravios presente en la mesa de los electores.

Desde hace tiempo se lamenta que un nuevo clericalismo ha tomado forma en la Iglesia romana, con formaciones de laicos sonámbulos reducidos a un espiritualismo gregario y a clones del clero. Se acortaron las colas de los cardenales pero se conservaron y proliferaron los caudatarios tras la publicación de documentos de las congregaciones romanas para remachar el carácter subalterno de los laicos ante el clero, incluso en los mismos consejos pastorales.

Y, sin embargo, la mayor parte de los agentes pastorales de la Iglesia está constituida ya por diáconos, catequistas y monjas, es decir, por mujeres y hombres laicos, sobre todo en África. Crecen los ministerios laicales, especialmente los catequistas, estimados en dos millones y medio (las dos terceras partes del conjunto de fuerzas pastorales de la Iglesia católica) seguidos por las religiosas (815.000), los misioneros seglares (60.000) y los diáconos permanentes (37.000)[11]. Es evidente que estas dimensiones de la realidad hacen inevitable el reconocimiento institucional del laicado como sujeto eclesial, incluso en su función ministerial propia.

Responsabilidad propia de las Conferencias Episcopales

Otro capítulo del dossier electoral se refiere a la necesidad de reconocer una justa libertad y autonomía de las Conferencias Episcopales, invirtiendo la tendencia a reducir su autonomía, que se instauró en 1998 con el motu proprio Apostolos suos sobre la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias Episcopales. Las normas canónicas relativas a las Conferencias Episcopales dejan a los obispos poca libertad, aunque algo dejan “para traer el fuego a la tierra”. La severidad del criterio de unanimidad numérica impuesto por un diktat de Ratzinger para que una declaración doctrinal constituya magisterio auténtico tiene efectos paralizantes y ninguna acción puede ser emprendida por una Conferencia sin ser antes autorizada por Roma.

Todo esto ha hecho concentrar el poder de magisterio universal en la figura papal y fomentar tendencias igualatorias y conformistas en el episcopado mundial, impidiendo a los cuerpos jerárquicos locales asumir sus propias responsabilidades en la inculturación diferenciada del mensaje evangélico en un mundo globalizado.

Nueva reforma de la curia romana y poderes del Consejo de la Corona

Otra intervención retenida como necesaria para el papado del futuro es la corrección del infalibilismo abusivo. Se trata de la atribución sistemática a los órganos centrales de la capacidad de cerrar algunas cuestiones con declaraciones definitivas a las que hay que dar un asentimiento de los fieles debido a la fe en la Iglesia. Este carácter se le dio a la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe en la que se excluye del sacerdocio a las mujeres y está presente también en el “Juramento de fidelidad” que se pide a los candidatos a un oficio eclesiástico por orden de la misma Congregación desde 1989. Según el comentario de Ladislas Orsy, “probablemente por primera vez en la historia una profesión de fe oficial comprende artículos que no son de fe. Parece que el Juramento suspende la conciencia: eso se deduce del compromiso de aceptar declaraciones y decisiones futuras, desconocidas aún por tanto, de un superior eclesiástico; una imposición sin precedentes en cuanto yo conozco”[12].

Otro problema que se ha ido aplazando desde hace demasiado tiempo es la reforma decidida de la curia romana. Monseñor Quinn, antiguo arzobispo de San Francisco, primero en un discurso en Oxford y después en el libro The Reform of the Papacy, the costly call to Chritian Unity (Herder and Herder, New York 1999), ha dado voz autorizada a esta exigencia. Durante la larga estación polaca la tendencia centralista de la catolicidad ha sido la más privilegiada con la excusa de dar así la mejor respuesta posible a un mundo globalizado. Pero muchos han ido lanzando voces de alarma sobre los peligros a largo plazo que representa el reforzamiento del poder de la curia romana.

Las propuestas avanzadas hasta el momento son variadas. La preocupación más común es que el staff que debe ayudar al papa en su servicio a la Iglesia no debería atribuirse indebidamente autoridad vicaria para invadir la legítima libertad de los obispos locales y de las personas. Algunos han propuesto el establecimiento de una duración limitada en los cargos principales y la formación de una especie de “Consejo de la corona” formado por representantes elegidos por el Sínodo y por los patriarcas orientales. También la institucionalización de Sínodos continentales permanentes a los que el papa podría transferir una cuota de su poder universal de jurisdicción, según el principio de subsidiaridad.

Otro aspecto es el de la reforma del aparato político diplomático de la Santa Sede. Esta forma de soberanía, añadida al primado espiritual, podría ser reconducida a la tradición de un gobierno eclesial aceptable para todas las Iglesia cristianas, no para renunciar a su función de defensa de los débiles de la tierra frente a los más fuertes, sino para reforzar su naturaleza crítica y alternativa, purificándola de compromisos con las formas políticas mundanas a las que hay que llamar a juicio con voz profética.

El papado frente al Imperio de Occidente

En el ocaso de la religio societatis, muchas cosas han hecho pensar que la función crítica de la Iglesia frente a los poderes dominantes en la sociedad global constituye uno de los objetivos estratégicos más difíciles del papado en el umbral del futuro. Tras los enfrentamientos de Juan Pablo II con los dirigentes de los Estados Unidos de América a propósito de las guerras del Golfo, de Kosovo y de Irak, del “capitalismo salvaje” y sobre la pena de muerte, no es exagerado hablar de una nueva guerra entre el papa y el emperador, análoga a la de las investiduras. Algo parecido puede decirse de las batallas entabladas con organismos internacionales sobre el modelo demográfico, sobre la concepción de la familia, sobre la defensa de la vida y sobre el aborto. Con la diferencia de que antes el conflicto era por los derechos de la Iglesia mientras que ahora tiene que ver directamente con los derechos del hombre.

Para quienquiera que observe de manera desapasionada la escena mundial de la globalización, el papado aparece como una institución universal, dotada de autoridad moral al servicio de una ética global y de la evolución espiritual de la entera humanidad. Para esta función dispone en todo el mundo de comunidades de fe, de una red capilar de instituciones educativas, escolares, sanitarias, caritativas y de asociaciones de todo tipo.

Aún reconociendo el legítimo pluralismo político de los cristianos, quedan fronteras ético-sociales en las que la Iglesia puede ejercer su propia función crítica y pública hasta el martirio o puede pactar con el nuevo Imperio global, resignándose a limitar su función propia al terreno de lo privado en el contexto de un concordato entre Dios y el Dinero.

No hay duda de que la herencia de Wojtyla repropone la cuestión del papel público y crítico de la fe en una sociedad secularizada con una dinámica de evangelización y mediante un decidido testimonio de los militantes. La reforma espiritual del papado podría ayudar a desarrollar con más vigor que en el pasado su servicio a los valores que están en la base del sistema democrático, sobre todo en la defensa de la primacía de las conciencias frente a presiones del dominio global y a la nueva estratificación de clase promovida por el proceso de globalización.

Sin embargo, están aún activas en el grupo dirigente de la Iglesia católica visiones neoconstantinianas que la inclinarían a asegurarse los fuertes privilegios y legislaciones respetuosas de la ética cristiana en el campo de la bioética y de la familia a cambio de renunciar a su papel crítico en otros campos. El dilema entre “papa político” y “papa religioso” no aclara todos los términos en los que se plantea el juego. En realidad el factor de la libertad de la Iglesia frente a las fuerzas devastadoras del dominio imperial está en lo más profundo de la función religiosa del papado y debe llevar a una alternativa política no reductible a los cálculos y las componendas con los poderes seculares.

Consecuencias de la era de Juan Pablo II

El debate electoral no puede substraerse a examinar las modificaciones introducidas en el modelo papal durante el reinado de Wojtyla. De nuevo hay disparidad de opiniones sobre este legado. Las innovaciones wojtilianas son principalmente la personalización del carisma sobre el sistema institucional, el empleo sistemático de los medios y el llamamiento a las masas populares en sus viajes. La cuestión que ahora se plantea es si es conveniente circunscribir estas modalidades a la figura personal irrepetible de “Karol el Grande” o más bien considerarlas como modificaciones estructurales que deben reflejarse en las prácticas de los sucesores. Son “bombas de relojería” en el sistema que unos preferirían ver desactivadas cuanto antes y otros no.

Según sean las visiones, las cosas cambian de signo. Algunos sólo ven aspectos positivos en la prevaleciente personalización carismática del estatuto papal, favorecida por Juan Pablo II. Esto habría abierto un margen más o menos amplio de tensión frente a las lógicas del sistema burocrático aun a riesgo de una desconexión en el vértice del sistema. Los viajes pontificios entendidos como una función constitutiva del primado obrarían en esta dirección: no es el Trono quien viaja sino la persona aunque sea cumpliendo su función propia de “confirmar a sus hermanos en la fe”. Desde esta óptica el papa deberá imitar siempre a Wojtyla incluso en los viajes.

También hacen un juicio positivo sobre el otro elemento estructural del primado pontificio introducido por Juan Pablo II: la utilización sistemática de los medios. Piensan que debe mantenerse. Puede ser útil no sólo para asegurar visibilidad pública al mensaje en el ágora global sino como instrumento para consolidar la independencia de la Iglesia respecto a los poderes públicos y económicos dominantes, aún situándose en las fronteras críticas de la crisis de humanidad característica de la civilización con un alto grado de occidentalización. Los medios de comunicación han entrado por primera vez con Karol entre los instrumentos del primado pontificio, asegurando el nuevo “edicto de Constantino” de la libertad de la Iglesia y de sus relaciones con la modernidad. Herencia que hay que conservar[13].

Finalmente la llamada a las masas populares convocando grandes muchedumbres no sólo en la plaza de San Pedro sino en los estadios y amplios espacios de las ciudades visitadas en todos los continentes: mientras que las ideologías nacidas en el siglo XIX difuminaban sus encantos y fracasaban como llamadas políticamente sugestivas para las clases menos favorecidas, se constataba cómo la Iglesia de Juan Pablo II daba pruebas de una creciente capacidad de convocatoria, más allá de cualquier frontera nacional, religiosa o de clase social, movilizando en torno a la figura del papa un amplio interés popular, sobre todo de jóvenes.

Se repetía así, a una escala incomparablemente más masiva, el fenómeno que se produjo tras el desmantelamiento del poder temporal del papado en 1870: la sima abierta por Porta Pia en el Trono geopolítico de Pío IX, al privarlo de los estados pontificios, se fue llenando con una movilización impetuosa y vastísima de católicos europeos que llenaron de donativos grandes y pequeños el Vaticano para permitirle hacer frente a la crisis financiera que se le avecinaba al papa. Consciente de este precedente histórico, Juan Pablo II multiplicaba las ocasiones –viajes, canonizaciones, jornadas de la juventud, etcétera– para reconstruir las bases populares de la función petrina que pudieran garantizarle la supervivencia al asedio de la secularización moderna y también una compensación de asentimiento moral universal a ulteriores sangrías de soberanía política. Si la operación salía bien, él podría usar las nuevas brechas del Trono para sacar la función eclesial de la autoridad papal definitivamente fuera del sistema de la soberanía político-religiosa. Ese apoyo popular universal le permitiría prescindir del poder jurisdiccional absoluto universal y de todo el aparato de la diplomacia vaticana, consiguiendo que este paso doloroso para el sistema aportase ventajas decisivas a largo plazo y haciendo brillar la nueva luz del servicio petrino en el mundo y entre las Iglesias cristianas. También para este aspecto, por tanto, voto favorable a la continuidad.

Esta apología está inspirada, se entiende, por los wojtilianos de estricta observancia, seguros de que estos tres elementos han adquirido tal incidencia en la función petrina que ya son irreversibles, marcando un giro histórico del papado en la edad moderna. En otros términos, las reformas prácticas acontecidas con Wojtyla le habrían liberado de las prerrogativas jurídico-políticas depositadas históricamente en el primado pontificio para hacer más fácil su reconocimiento como referente espiritual universalmente aceptado. Y el carácter monolítico de la fe, según la ideología romana, debería abrirse por la fuerza de los hechos a formas más acogedoras de la diversidad, a una pluralidad de centros eclesiales, como la “pentarquía” existente en los primeros tiempos.

Pero para las visiones más desencantadas de los cardenales electores independientes esta lectura partidista dejaba en la sombra elementos de incoherencia, de contradicción, de resistencia y de involución tales que justificaban conclusiones ambivalentes y creaban perplejidad.

El carisma personal ha convivido con una nueva fase de absolutismo religioso, con riesgos de idolatría y “culto de la personalidad” típicos de las fases degenerativas de la monarquía pontificia. En efecto, la crisis de la colegialidad episcopal, la hipervaloración del primado y las tendencias centralistas son señales que no parecían avalar el pretendido “éxodo” hacia nuevos desarrollos sinodales y participativos del Trono papal.

En cuanto a la intensa mediatización organizada de modo sistemático para asegurarle una visibilidad en el orden mundano, se manifestaba el peligro neoconstatiniano de vincular el papado a la estructura del nuevo poder global de masa, confirmando así su propio poder cultural en la sociedad secular.

Y en cuanto al reclutamiento de masas populares, recurriendo incluso a los mitos de la santidad popular, se podía caer en un populismo triunfalista difícilmente reconducible a la naturaleza personal de la salvación cristiana y a las lógicas de la liberación de los espíritus, que serviría para recuperar el poder clerical en la Iglesia y en la sociedad. Se notaba efectivamente un malestar, más o menos manifiesto, en la Iglesia por una estrategia neobarroca que tendía a abarrotar con movilizaciones todo espacio disponible, tanto en el Cielo (con las numerosísimas canonizaciones) como en la Tierra, con la tendencia a ocupar la autonomía de lo profano y las prerrogativas de la razón. Se temía que el llamamiento a las masas organizadas sirviera para cubrir con pinturas triunfales, pero ilusorias, las crisis de la Iglesia.

Los puntos de vista en este tema son divergentes, como confirmación de la ambigüedad objetiva de las innovaciones wojtilianas en el ejercicio de la función papal. Durante más de un cuarto de siglo la Iglesia ha realizado el experimento de una forma papal no compatible totalmente con las prerrogativas convencionales del poder aunque favorables para conseguir en otros niveles simbólicos el poder perdido en el nivel material. Sin embargo este impulso hacia la transición, dotado de una fuerte carga de purgas de la memoria, ha arrastrado consigo una forma de contestación. De hecho el cambio ha descargado una tensión tal en las paredes del sistema, que no ha podido ser fácilmente contenida dentro de un lenguaje eclesial que fuera universalmente compartido. Se han abierto grietas, heridas, disociaciones. En el sistema pontificio, que se veía siempre como inamovible y monolítico, ha comenzado todo un proceso de diferenciación y crisis, provocado esta vez no por un Lutero o por los movimientos paraheréticos de los espirituales, sino por el mismo pontífice romano. Todo esto repercutirá con heridas de difícil sutura entre las paredes de la Sixtina.

El Último Trono

Todo Cónclave representa la ocasión más favorable para recapitular un periodo en la historia de la Iglesia romana y abrir otro distinto. En este Cónclave incumbe a los cardenales una específica responsabilidad: la de valorar en su complejidad, pero también en sus dinámicas proféticas, el papel que ha desempeñado el Trono polaco en el proceso de decadencia histórica de las formas tradicionales que han revestido el ministerio petrino desde el final del siglo XIX. Y junto a ésta, les compete esta otra responsabilidad: sacar a la luz una nueva forma de función papal, a partir del carácter misionero del pontificado de Wojtyla y a pesar de las sombras que lo ofuscan, en la perspectiva de una catolicidad verdaderamente universal y progresivamente integrada en la comunión y en la variedad de los cuerpos eclesiales y de las múltiples formas cristianas inculturadas en el ágora global.

El paso de una forma a otra del ministerio del obispo de Roma ha ocurrido repetidamente a lo largo de los siglos. A través de estas transformaciones el Espíritu ha abierto sin cesar una brecha en el sistema pontificio, aunque a veces se haya dejado las plumas al pasar por ella. Probablemente la Iglesia católica está ahora más que nunca en el umbral de una nueva era en la que ya no podrá identificarse con un poder político ni con una cultura aunque sea tan importante como la europea. No es absurdo imaginar que se verá progresivamente atraída hacia el Sur del mundo ya que el 74% de sus fieles habita en América Latina, África y Asia.

Si se observan las evoluciones prácticas de la forma papal a lo largo del siglo XX, se podría llegar a la conclusión de que los cambios de hecho respecto al estatuto fijado por los dogmas del Concilio Vaticano I han sido más incisivos y relevantes que las diferencias que existen entre la Lumen gentium del Concilio Vaticano II (1965) y la constitución Pastor Aeternus del Vaticano I (1870).

Causa estupor que estos cambios del sistema institucional más antiguo y más estable de la historia no hayan atacado su identidad, sino que la hayan ayudado a manifestar sus recursos más auténticos. Con los papas del Concilio Vaticano II, Juan XXIII y Pablo VI, se ha podido seguir sobre todo este acompasamiento entre identidad y reforma, profundizando en el carácter espiritual, ecuménico y carismático de la función y simultáneamente en su permanencia.

Esta dinámica se ha ido incrementando con la interpretación dada al oficio papal por Juan Pablo II. La fragilidad que le ha sobrevenido en la vejez se presenta en perspectiva como la metáfora dolorosa y dramática del adviento en que la crisálida absolutista que ha conformado la institución papal está apunto de desaparecer, para liberar una forma aún inédita de autoridad cristiana en la que se reavive y sea más legible la huella evangélica de los orígenes y recoja también el resultado de las reflexiones eclesiológicas sobre la dimensión comunitaria y colegial de la Iglesia. La patología personal del papa inválido puede ser considerada como una variable de la patología de un sistema insostenible por un solo hombre, un sistema de sacrificio que constituye una llamada a intensificar las formas participativas del gobierno de la Iglesia en todos los niveles, aliviando la “soledad institucional” del soberano.

Se considera que un papa, si se queda solo en el vértice del sistema, tiene el peligro de quedar prisionero del sistema mismo. Así su carisma, por fuerte que sea, estaría expuesto a las manipulaciones de los grupos interesados, dañando frecuentemente sus mismos proyectos. Estos datos pueden parecer brutales, pero dada su irrefutabilidad han llevado a eminentes personalidades de la Iglesia a recomendar una renovación institucional que lleve a realizar una mejor adaptación de la estructura jurídica del papado a las dinámicas de la vida profunda de la Iglesia y de su comunión. Es evidente que los procesos de participación y de colegialidad activos en la Iglesia, junto al desarrollo del diálogo ecuménico, están destinados a purificar el Trono pontificio de las últimas escorias de la soberanía absoluta de tipo jurídico y político. La vuelta al modelo apostólico podría incidir a favor de un papel más modesto, más fraterno, más unido al ministerio pastoral en la comunidad cristiana de Roma, que es la Iglesia de Pedro y por tanto la suya.

Pedro sigue siendo Pedro pero su Trono cambia y tal vez desaparece incluso: el papado, una monarquía ya no absoluta sino constitucional, asistida por un “Consejo de la Corona” y ayudada por el Colegio episcopal y sus Sínodos continentales y generales, no se contentará con propuestas de readaptación mimética a los modelos políticos corrientes.

Parece inverosímil en el plano natural e impresentable desde la verdad institucional que una Iglesia de más de mil millones de fieles, con una mayoría fuera de Europa, con 5.000 obispos en activo y mil más jubilados, miles de sacerdotes, religiosos, monjas, diáconos, catequistas, teólogos y 175 embajadores acreditados, un sistema educativo, escolar, sanitario, misionero, una red de nuncios y una red caritativa extendida por todo el planeta pueda ser guiada únicamente por un soberano con poderes personales y absolutos indelegables según el estatuto pontificio consagrado en 1870 cuando la Iglesia romana contaba con 250 millones de fieles, en su mayoría europeos, poco más de 700 sacerdotes, 4 embajadores de los Estados “católicos” europeos y cuando el pontificado estaba marcado por su alianza con los regímenes absolutistas europeos. La complejidad y la expansión de la Iglesia parecen exigir en nuestros días que el carisma personal del ministerio de Pedro pueda apoyarse no sólo en la asistencia de la gracia sino en las adaptaciones sistémicas que los tiempos exigen, las necesidades de la comunidad cristiana imponen y las deliberaciones del Vaticano II autorizan.

En esta perspectiva el pontificado de Juan Pablo II se deja interpretar como la fase terminal de la epopeya de la monarquía absoluta pontificia, en la que es posible discernir las luces del alba del paso a un sistema asimilable al modelo de monarquía constitucional, más cercano al ejercicio del ministerio petrino en la edad apostólica y, por tanto, más acorde con las expectativas de otras Iglesias cristianas.

La reconciliación entre primado y comunión es la tarea que le espera al papado en el tercer milenio.

En este sentido se puede decir que el último Trono no es sólo el del papado de Juan Pablo II, sino en cierto sentido del papado mismo y la forma en que se ha plasmado y conocido en el siglo XX.

Después ya será otra cosa. El final de aquella forma real podrá revelar el principio regenerativo de una forma que ya existe escondida e inédita en los estratos del existente y que un nuevo papa, libre de toda idolatría por la libertad del Espíritu y apelando al coraje de la fe, intentará tal vez que salga a la luz.





--------------------------------------------------------------------------------

[1] “Aquí está Rodas, ¡salta aquí!”, frase tomada de una fábula de Esopo para indicar una situación que no tiene posibilidad de marcha atrás [NdT].

[2] Hans Urs von Balthasar, El complejo antiromano, BAC, Madrid, 1981.

[3] Joseph De Maistre, Du pape, Rusand, Lyon 1819.

[4] Jean-Jacques von Allmen, La primauté de l’Eglise de Pierre et Paul, Cerf, París 1977, p. 98.

[5] Cfr. Klaus Schatz S.I., El primado del Papa: su historia desde los orígenes hasta nuestros días, Sal Terrae, Santander 1996, y “Primato, ministero di comunione”, en Il Regno-Attualità, n. 8, 1997, pp. 238-245. Véase también Pierre Vallin S.I., “Le Saint-Siège dans les relations internationales”, en Ètudes, n. 3853, septiembre 1996, p. 222.

[6] Cardenal Roger Etchegaray, Unità dei cristiani e primato nel servizio della carità, Conferencia pronunciada en Génova el 12 de noviembre de 1999, en el Encuentro de las Religiones para la Paz promovido por la Comunidad de San Egidio.

[7] n. 10, 2001, p. 302.

[8] «Se vedessi Reagan gli direi che non sono d’accordo», entrevista de Giancarlo Zizola a Karl Rahner en Panorama Mese”, 25 de septiembre de 1984, p. 55.

[9] Este es el título de la nota que se adjuntó a la constitución conciliar Lumen gentium, sin debate conciliar, por decisión papal y a instancias de los conservadores, para matizar la doctrina de la colegialidad que había formulado dicha constitución [NdT].

[10] Gabriel Matagrin, “Un pape pour toute l’Èglise”, en La Croix, 13 de junio de 2001, p. 17.

[11] Anuario Estadístico de la Iglesia 1998, Tipografía Políglota Vaticana, 2000. [Los últimos datos, referidos al año 2002, no muy diferentes de los resumidos arriba, los ofrece el Vaticano en su página Web: 405.178 sacerdotes (de los cuales 265.781 son diocesanos), 27.824 diáconos permanentes, 55.057 religiosos no sacerdotes, 801.185 religiosas profesas, 30.687 miembros de institutos seculares, 126.365 misioneros laicos y 2.641.888 catequistas. NdT].

[12] Ladislas Orsy, S.I., “L’età ecumenica del papato”, Il Regno-Attualità, n. 10, p. 301.

[13] Remito al análisis pormenorizado desarrollado en mi libro La Chiesa nei media, SEI, Turín, 1996.



Traducción de Antonio Duato.
Publicación española del libro en:
Editorial Tirant lo Blanch, Valencia, España, 2005
www.tirant.es, tlb@tirant.es
Disponible también desde www.atrio.org

Qué es y qué fue la Teología de la liberación

<strong>Qué es y qué fue la Teología de la liberación</strong>

La teología de la liberación, surgida en América Latina en los años 60, sigue bien viva. Sus reflexiones e intereses han variado, pero su compromiso original con los oprimidos se mantiene. Publicamos aquí una conversación con el teólogo Juan José Tamayo, donde nos detalla con una extraordinaria precisión cuáles fueron las características de esta teología.

Jordi Pérez: ¿Qué es la teología de la liberación?

Juan José Tamayo: Es la primera gran corriente de pensamiento cristiano nacida en el Tercer mundo que lleva a cabo una revolución. Parte de que el primer acto de reflexión es el compromiso con los excluidos y la experiencia religiosa. El acto segundo es la reflexión desde la experiencia para pensar de forma nueva a Dios, a Jesús, a la Iglesia, los sacramentos y los grandes temas del cristianismo.

J. Pérez: ¿Por qué surge en América Latina?

J. J. Tamayo: Se dan causas internas a la Iglesia y otras externas que coinciden en todo el Tercer mundo. La primera externa sería el llamado despertar del Tercer mundo en la década de los 50 y sobre todo en los 60. Estos países toman conciencia de su protagonismo, rechazan seguir sometidos a los dictámenes de las potencias y se consideran dueños de su destino. A esto hay que añadir la ‘teoría de la dependencia’ que viene a decir que el subdesarrollo del Tercer mundo no era una etapa previa para el desarrollo sino que estaba provocado por el desarrollo del Primer mundo. Asimismo, no hay que olvidar un nuevo modo de educación popular: la ‘pedagogía del oprimido’, ideada por Paulo Freire, que muestra que hay un camino que seguir para salir de la dominación.

J. Pérez: ¿Y las causas internas a la Iglesia?

J. J. Tamayo: Sobre todo el impacto que tuvo en América Latina el Concilio Vaticano II, en especial en aquellos elementos de solidaridad con los pobres. También Juan XXIII jugó un papel muy importante. Por ejemplo, en un discurso del Papa un mes antes de que empezara el Concilio, dijo aquella famosa frase: ‘La Iglesia de Cristo es Iglesia de todos, pero en los países subdesarrollados es la Iglesia de la pobres’. Esta idea la tomaron unos cuantos obispos que participaron en el Concilio y la llevaron a cabo a su vuelta a América Latina en la famosa Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín. Por primera vez en la historia, es la jerarquía de una organización la que propicia una transformación: el paso de la iglesia colonial a la iglesia de la liberación. Todo ello unido a las comunidades cristianas de base que surgen por esas fechas y a una serie de teólogos con una formación adquirida en Europa. Como resultado, surge la necesidad de crear una nueva teología para América Latina, que parta de la realidad y con señas de identidad propias.

J. Pérez: ¿Quiénes son esos teólogos?

J. J. Tamayo: A partir del año 64 todo se va a concentrar en cuatro gigantes. Juan Luis Segundo, teólogo uruguayo, que para mí fue la gran cabeza de la teología de la liberación, con su obra Liberación de la teología. Gustavo Gutiérrez, que es el que primero formula las grandes líneas de esa teología. Desde una vertiente más pastoral, Hugo Asman, teólogo brasileño que trabaja muy de cerca con los movimientos de liberación y aporta buenos análisis políticos. Y por último, Segundo Galilea, teólogo chileno que da una vertiente liberadora desde la espiritualidad. Aunque no quiero acabar sin mencionar al teólogo protestante argentino José Miguel Bonino.

Lorenzo Gomis: ¿Cuál es la novedad de su método?

J. J. Tamayo: Básicamente recurrir a las ciencias sociales para tener consistencia y solidez. En realidad, ya el Concilio Vaticano II invitaba a que los teólogos recurrieran a las ciencias sociales para un mejor conocimiento de la realidad que permitiera una evangelización más coherente. La gran revolución que supone la teología de la liberación es el método: el punto de partida ya no son los textos revelados –y menos aún los dogmas– sino las experiencias. Los teólogos dejan de estar junto a la autoridad.

J. Pérez: ¿Qué consecuencias tiene eso para la sociedad?

J. J. Tamayo: Es muy difícil entender la teología de la liberación sin las comunidades de base. En la teología de la liberación se produce un triángulo que no ha sido fácil que se diera en la historia de la Iglesia, que une a los teólogos, los obispos y la base. Por tanto ha sido una teología muy pegada a los problemas reales. La implicación de los obispos en esta teología ha evitado las posiciones más radicales, que hemos tenido en Europa.

J. Pérez: ¿Cómo se notó la llegada de la teología de la liberación en la Iglesia?

J. J. Tamayo: La Iglesia dejó de ser una estructura piramidal. La originalidad de esta revolución está en que la fe es un factor movilizador de energías utópicas y es una fuerza que lleva al compromiso. La fe se convierte en un elemento liberador.

J. Pérez: A 40 años vista, ¿cuál es el resultado de todo esto?

J. J. Tamayo: El panorama ha cambiado mucho. La teología de la liberación es una teología que se va haciendo, opera bajo los principios de ensayo-error, no es una teología dogmática, sino abierta y se va reformulando conforme a los procesos históricos. Ahora, la teología de la liberación tiene asumidas las grandes líneas programáticas pero ya no existe como movimiento, sino que más bien los cambios que se han producido en estos 40 años han llevado a un pluralismo. La primera teología de la liberación acentuaba, creo que excesivamente, el elemento económico y político, descuidando los otros componentes, religiosos, étnicos, de género. Ahora se está abriendo a nuevos horizontes: indígenas, mujeres, naturaleza, el diálogo interreligioso.

EN EUROPA NOS EQUIVOCAMOS
Joaquim Gomis: Los sectores conservadores de Europa suelen hablar de la decadencia de la teología de la liberación, como si fuera algo del pasado, cuando en realidad creo que ha conseguido lo que toda teología busca: hacerse presente en las comunidades normales.

J. J. Tamayo: Creo que en Europa se tiene una visión equivocada de la situación actual de la teología de la liberación. La gente piensa que ha muerto y que la globalización se la ha llevado por delante, pero eso es más un deseo que una realidad. La teología de la liberación ha entrado en otra etapa, con la misma vitalidad que en los años 60. Se ha producido un desplazamiento: si la primera etapa fue de deslumbramiento y la segunda de formulación, el tercer momento constituye la aplicación de ese método a los grandes temas del cristianismo. Estos nuevos teólogos del tercer momento ya no se mueven en un ámbito estelar, sino que son líderes de comunidades. Ahora estamos en un momento enormemente fecundo porque desde 1985 la teología feminista de la liberación está dando unos resultados excelentes. Este es un trabajo fundamental porque se había olvidado la situación de la mujer. Otro caso es el esfuerzo que se está haciendo en América Latina por hacer una teología de la liberación desde el pluralismo religioso, que incorpora elementos de las culturas indígenas, afroamericanas o del islam. Para mí, una de las cosas más importantes es que la teología de la liberación fue ecuménica desde el primer momento.

L. Gomis: ¿Cómo se enseña en las facultades la teología de la liberación?

J. J. Tamayo: Yo creo que hoy en ningún seminario o facultad de teología del mundo se enseña teología de la liberación.

L. Gomis: ¿Y se ha llegado a enseñar?

J. J. Tamayo: Sí, en los años 70 y 80 había departamentos, pero ahora son residuales porque los obispos se resisten.

J. Pérez: ¿ Y los obispos se oponen también a estas nuevas tendencias?

J. J. Tamayo: Yo creo que todavía no han descubierto la importancia que tiene y sospecho que en cuestión de quince o veinte años va a haber otra serie de perseguidos por la negritud o el indigenismo. El catolicismo en América Latina ha sufrido una involución muy fuerte. Durante los 25 años de Juan Pablo II ha cambiado totalmente la orientación de los obispos. Pensemos en obispos como monseñor Proaño, aquel obispo de los indios; monseñor Romero, arzobispo de El Salvador; Pedro Casaldáliga, obispo del Mato Grosso; los primos Lorscheider, de los que uno fue presidente de la Conferencia Episcopal Brasileña; el cardenal Arns, arzobispo de Sao Paolo; Hélder Cámara, de Recife; don Samuel Ruiz, obispo emérito de Chiapas.

L. Gomis: ¿Todos han desaparecido?

J. J. Tamayo: Algunos han fallecido, como monseñor Proaño, otros son eméritos como Arns o los Lorscheider; monseñor Romero fue asesinado. Pero claro, al frente de las diócesis que ellos regían han puesto a obispos de orientaciones muchas veces contrarias. Ahora mismo ese colectivo de obispos que tiraba hacia delante no existe y los obispos actuales más bien ponen palos en la rueda.

J. Gomis: Me decía hace poco un amigo de la Amazonia que hoy no hay grandes protagonistas, pero que los obispos digamos de segunda división, sin hacer demasiada publicidad, parten como convencidos –moderadamente– de que la línea es la de teología de la liberación.

J. J. Tamayo: Ahora mismo hay una especie de calma y de moratoria, un pacto de no agresión. Incluso bastantes obispos que son críticos con la teología de la liberación ven con simpatías estas nuevas tendencias. Además, al estar tan lejos del Vaticano se sienten más preservados y no tienen la conciencia de estar vigilados.

EL MENOS MALO
L. Gomis: ¿No tenía también Juan Pablo II su teología de la liberación?

J. J. Tamayo: Escribió dos documentos.

J. Gomis: Uno malo y el otro no tan malo.

J. J. Tamayo: El primero fue ‘Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación’ de 1984, que fue funesto. En él se hacen las críticas más injustas que se pueden hacer a la teología de la liberación, que no responden a los textos ni a las vidas de los teólogos.

J. Pérez: ¿Por ejemplo?

J. J. Tamayo: Critica que la teología de la liberación toma préstamos sin sentido crítico del marxismo y dice que el que acepta la teoría económica de Marx, tiene que aceptar también su ateísmo. Esto no se sostiene. Lo que asumen del marxismo es el elemento ético, a favor de los excluidos, y el componente de análisis de la realidad. Otra crítica muy dura que hacía era que introducía dentro de la Iglesia católica la lucha de clases. A mí me parece que el concepto de lucha de clases no lo utilizan los teólogos de la liberación nunca en el sentido marxista, sino que hablan de opción por los pobres. Lo que pasa es que la opción por los pobres implica una apuesta por uno de los polos.

J. Gomis: El segundo documento, dos años después, era una rebaja.

J. J. Tamayo: Todos los obispos a los que se referían sin citarlos dijeron que ellos no pensaban nada de eso, y dos años después publicó un nuevo documento. Por lo menos, éste asume la opción por los pobres, lo que no es poco viniendo de una congregación romana. También es interesante la crítica que hace a Occidente, a la modernidad y a la Ilustración, no tanto desde el punto de vista ideológico sino económico: el modelo económico occidental ha generado una explotación del Tercer mundo. Y esto está bastante en la línea de Juan Pablo II.

EL FINAL DEL COMUNISMO
L. Gomis: ¿Cómo afectó la caída del comunismo en 1989?

J. J. Tamayo: La caída del socialismo real tuvo pocas consecuencias para la teología de la liberación porque no conozco a ningún teólogo de la liberación que estuviera identificado con aquel socialismo. Aunque sí sirvió para replantear todo el problema de la ubicación del Tercer mundo en el nuevo orden internacional. Cuando desaparece la URSS se dan cuenta de que el único sheriff mundial va a ser el capitalismo neoliberal. La década de los 90 fue una década perdida a nivel económico porque la situación en América Latina se iba deteriorando. El avance de la democracia no supuso un avance económico para las clases populares. Porque todos los gobiernos democráticos estaban sometidos a otras instancias económicas que les oprimían muchísimo más que Estados Unidos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Todo esto les obligará a pensar en nuevas estrategias, que ya no será un enfrentamiento radical contra el sistema sino un buscar espacios donde poder trabajar.

J. Pérez: ¿Qué consecuencias tiene todo esto para Lula y Brasil?

Tamayo: Cuando la gente se pregunta para qué ha servido la teología de la liberación, cuando se cree que todo eso ha fracasado, yo les diría que eso no es cierto. Ha contribuido a cambiar la conciencia política y económica de los latinoamericanos. En el caso de Brasil, la primera vez que Lula se presentó a las elecciones, la influencia de las comunidades eclesiales de base fue asombrosa. Quince años después ha vuelto a contar con ese apoyo. No hay que olvidar que uno de sus principales asesores es el dominico Frei Betto. Por tanto el fracaso de Lula supondría el fracaso de un proyecto liberador nacido en los ambientes cristianos críticos.

SE VAN CON LOS PROTESTANTES
L. Gomis: Hay bastantes católicos que se van a la iglesia protestante. ¿Se hacen pacíficamente estos trasvases?

J. J. Tamayo: Podríamos establecer dos niveles: el nivel de comunidades de base y de reflexión teológica y el nivel de la religiosidad popular. En el primer nivel del cristianismo progresista, hay una alianza entre las tendencias liberadoras de la Iglesia católica y las del movimiento protestante. Ahí no se ha producido ningún trasvase. Sí que se ha producido en la religiosidad popular. El catolicismo está sufriendo unas sangrías enormes porque los católicos que se mueven por la religiosidad popular se sienten insatisfechos con las ofertas que el catolicismo les presenta y por eso tienden a pasarse al pentecostalismo. Porque los trasvases no se producen a iglesias tradicionales del protestantismo (como el metodismo o el presbiterianismo), sino que es una conversión de un registro religioso popular a otro.

J. Pérez: ¿Porqué se produce?

J. J. Tamayo: Pues porque la iglesia católica institucional no ofrece nada a los sectores populares. Es una iglesia anacrónica, con un culto muy estereotipado, con una estructura jerárquica y vertical asombrosa, con una doctrina dogmática. Ahí esas clases populares no encuentran nada. En cambio, en las otras creencias se sienten acogidos como personas y creyentes. Encuentran un clima festivo y entusiasta donde pueden desarrollar sus sentimientos, que tan importantes son en América Latina. Sin embargo, un elemento que me parece peligroso es lo que transmiten: la famosa teología de la prosperidad. Muchos de estos movimientos utilizan un lenguaje del mundo capitalista para hablar de la salvación: la salvación es un gran capital en el que tenéis que invertir, dicen.

J. Pérez: ¿Estos movimientos proceden de Estados Unidos?

J. J. Tamayo: Sí, claro. Toda esta teología es importada. ¿Por qué? Porque al imperio americano le interesa una teología light para contrarrestar la teología de la liberación que intenta despertar las conciencias de los oprimidos.

La enseñanza de la religión en la escuela

No podemos ignorar la importancia del fenomeno religioso en el mundo.La religión mueve a muchos millones de personas, luego las ideas sobre Dios divergen y van desde un Dios amor y padre hasta un Dios vengativo, justiciero, guerrero. En España estamos ante una importante disyuntiva, ¿enseñamos religión o no, en la escuela? Os dejo un Manifiesto firmado por profesores de Religión. Creo que es interesante leerlo
1. Consideramos imprescindible poner de relieve la importancia de lo religioso en el mundo como realidad sustancial y no marginal. El ser humano necesita valores, ideales y horizontes de sentido para responder a las preguntas acerca del significado de la vida. El saber religioso es existencial, no se queda en la razón porque busca una respuesta integral a las necesidades humanas y las desborda. La religión se dirige a la mente y al corazón de la persona e incluye, aunque no se limita, al marco de la racionalidad reflexiva, crítica y realista de la filosofía y de la ciencia. Entendemos que el hecho religioso, y su concreción en una religión determinada, tiene repercusión en todas las dimensiones de la persona.

2. Creemos que hoy, de una manera especial, es imprescindible una adecuada educación en valores a lo largo de todo el proceso educativo. La educación tiene que ayudar al alumnado, sin restricciones ni discriminaciones de ningún tipo, a su formación integral como personas y como ciudadanos, a realizar su propio proyecto de vida en el marco de una sociedad democrática comprometiéndose en la construcción de un mundo más justo y solidario.

3. Pensamos que la enseñanza religiosa tiene que estar presente en la escuela por razones antropológicas y pedagógicas, así como culturales e históricas, con una legitimidad propia en el ámbito escolar. La enseñanza religiosa debe integrarse en el cuadro de las finalidades educativas de la escuela: situarse lúcidamente ante la tradición cultural, insertarse críticamente en la sociedad y dar respuesta al sentido último de la vida con todas sus implicaciones éticas.

4. Entendemos que la enseñanza de la religión es abiertamente compatible con el estado de derecho y con la sociedad plural en la que convivimos. Es un derecho de los alumnos y las alumnas y una responsabilidad de los padres que encuentra su expresión en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la Constitución española, en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y en los demás tratados y acuerdos internacionales firmados y ratificados por el Estado español.

5. Creemos que es necesario y posible conseguir un pacto escolar integrador, duradero y consensuado. Este pacto protegería al sistema educativo de las convulsiones provocadas por las alternancias políticas. Pacto que ha de incluir una solución igualmente consensuada para la enseñanza de las religiones en el sistema educativo español. Esta solución ha sido realizada en muchos países europeos; lo cual reafirma nuestra confianza en la posibilidad fáctica de este pacto.

6. Siendo conscientes de que nos educamos juntos cuando afrontamos en común los desafíos de la vida colectiva, consideramos necesario que los educadores sean no sólo expertos sino referentes adultos válidos para su alumnado.

7. Proponemos la creación de un área de conocimiento que incluya la dimensión axiológica (educación en valores), el hecho religioso como realidad cultural e histórica y la enseñanza de la religión en sus distintas confesiones para quienes lo deseen.

8. Afirmamos que la enseñanza de la religión en la escuela requiere una metodología propia y específica, distinta de la catequesis, acorde con las funciones de la escuela y el rigor científico de la asignatura.

9. Reclamamos la presencia de las Ciencias de la Religión en el marco del sistema universitario español público y no confesional, al igual que ocurre en otros países de la Unión Europea. Esto permitiría una formación inicial y permanente del profesorado que imparte esta área de conocimiento.

10. Consideramos necesario, finalmente, que el profesorado que imparte la enseñanza de la religión alcance una situación laboral de plena estabilidad en la Administración educativa. El profesorado de religión requiere, al igual que cualquier otro profesional de la enseñanza, de una estabilidad jurídica y unos procedimientos objetivos para su selección, su valoración y su eventual remoción.

La construcción de una sociedad laica

La construcción de una sociedad laica

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA SOCIEDAD LAICA

1. El pluralismo y la secularización son, sin duda alguna, rasgos definitorios de las sociedades modernas, que van configurando de forma cada vez más consistente la realidad de la sociedad española. El actual gobierno socialista parece que se propone tomar medidas significativas que agudizan este proceso de secularización y que, como es lógico, ni toda la sociedad percibe con la misma sensibilidad, ni está dispuesta a legitimarla de la misma manera.

Obviamente la Iglesia católica se siente especialmente concernida por esta situación. Las intervenciones públicas de muchos miembros del episcopado español en los últimos meses manifiestan una percepción de la realidad social que les ha llevado a reaccionar de una forma beligerante, desconocida hasta ahora en el período posconciliar y que para muchos bien podría considerarse el rostro clerical del análisis neoconservador. Los políticos han respondido, unos reafirmando sus posiciones aconfesionales o netamente laicistas, otros utilizan-do las posiciones jerárquicas como munición contra el partido gobernante.

Los dogmatismos de uno y otro color son reacciones inadecuadas para entablar un diálogo sobre cuestiones tan graves que afectan al presente y al futuro de la justicia y la paz social en nuestro país.

El Consejo de Dirección de Iglesia viva ha considerado conveniente hacerse presente en el debate, proponiendo a sus lectores varios puntos de vista que considera importantes en orden a la realización de aquello que a to-dos nos interesa, creyentes y no creyentes: construir una sociedad verdadera-mente democrática, respetuosa de todas las ideas y de todos los grupos, impul-sora del auténtico bien común.

2. No lograremos alcanzar un juicio objetivo y sobrio acerca de nuestra tarea histórica, si no somos capaces de descubrir el nuevo contexto social en el que nos encontramos en nuestro país: una socie-dad que camina hacia la segunda modernidad, que ha interiorizado como algo propio e incuestionable el pluralismo cultural e ideológico, que acepta de forma natural la secularidad de la vida pública y su autonomía respecto a lo religioso, mientras a la par se siente amenazada por fuerzas neotradicionalistas que quie-ren frenar esos impulsos.

El paso de nuestro país del régimen de cristiandad al de laicidad no ha sido otra cosa que el cambio del monopolio de la verdad religiosa por parte de la Iglesia católica al pluralismo de los sistemas de convicciones o de referencias. Se ha pasado de una sociedad cerrada, fundada en la verdad absoluta y en la autoridad suprema de la religión a una sociedad abierta, configurada por con-ciencias individuales y libertades inalienables, en la que la autoridad de la con-ciencia antecede a la administración de lo divino y rechaza sus pretensiones absolutas.

La España plural que fue ampliamente sofocada con la guerra civil retor-na, muchas veces con un discurso belicoso que no es fiel a la realidad de nues-tro momento histórico. Sin haberse resuelto los problemas que entonces esta-ban planteados, emergen nuevamente con radicalismo. En determinados am-bientes vuelve a vivirse un clima de conflicto religioso y determinadas posicio-nes reivindicativas llevan a la jerarquía a responder de manera también belige-rante.

El polo laicista de la sociedad tiene una percepción gravemente negativa respecto a la Iglesia. Reduce su visión a la imagen de la Iglesia oscurantista lo cual vela su realidad, porque desconoce el conjunto de manifestaciones de los creyentes en las diversas verificaciones comunitarias y en sus libres agrupacio-nes sociales. En el otro polo es evidente la estrategia de movilizar el voto católi-co con objeto de que haga el trabajo sucio de atacar a la izquierda gobernante.

No podemos ignorar que ciertamente en la transición no toda la Iglesia ni todos los obispos apoyaron la democracia. Las manifestaciones del presente parecen demostrar que el cuerpo jerárquico como tal no ha interiorizado el es-píritu propio de la democracia y que se busca un neoconfesionalismo encubier-to. Lamentablemente la jerarquía, a la que asiste con toda legitimidad el dere-cho a intervenir en el debate público, cuando lo hace, no se esfuerza en ofrecer argumentos consistentes para el diálogo, sino que parece querer dictar sus po-siciones colocándose frente a la realidad humana en nombre de Dios, arrogán-dose ante ella las prerrogativas de Dios mismo.

3. Nos sentimos obligados en virtud de nuestra conciencia cris-tiana y eclesial a denunciar determinadas actitudes que se están dan-do reiteradamente en los responsables de la comunidad cristiana. Creemos que es impropio del ministerio pastoral intervenir en el debate social y político de la forma como lo están haciendo últimamente los obispos, colocando bajo la designación de voz de la Iglesia y orientación evangélica intervenciones en ámbitos que no son propios del evangelio. No debe suceder que las opinio-nes personales de los obispos aparezcan como propias de la tradición apostóli-ca. Son rechazables, desde la propia fe y la teología, actitudes e intervenciones episcopales generalizadas que opinan sobre cualquier problema humano sin someterse a las reglas del debate científico.

Determinadas afirmaciones episcopales acerca de la personalidad, la psi-cología y la génesis de la homosexualidad, no sólo son impropias de la misión episcopal, sino que no respetan mínimamente el estatuto de la ciencia, que ha de atenerse al proceso de verificación y falsación. No es de recibo que el Presi-dente de la Conferencia Episcopal, como tal obispo presidente, diga claramente cómo debe regular el Gobierno el matrimonio de los homosexuales, incluso en sus detalles más técnicos, a saber, en el marco de una ley general de conviven-cia en grupo y nunca mediante una ley específica para ese tipo de parejas. ¿Es ésta una doctrina que se deduce del mensaje evangélico y que ha de proponer un sucesor de los apóstoles?

Los obispos han de jugar sinceramente el juego de la interacción con la sociedad propio de la democracia, sometiéndose a las reglas del debate dialéc-tico entre iguales, por una parte, y, al mismo tiempo, deben escuchar el sentido de la fe del pueblo de Dios. Esta cuestión, aparentemente de procedimiento, no es tal, puesto que los procedimientos en la Iglesia afectan a la comunión y la pueden quebrantar.

Resulta llamativamente esclarecedor al respecto que el Secretario gene-ral de la Conferencia Episcopal y su portavoz, en entrevista concedida a un dia-rio nacional de gran difusión, acepte que un partido político tiene la obligación ética de cumplir el programa con el que ha ganado unas elecciones, para a con-tinuación –no se sabe en virtud de qué autoridad divina o humana– eximirle de tal imperativo moral y conminarle a hacer lo que los obispos digan, si algún asunto no responde a lo que ellos interpretan ser la moral evangélica.

El propio portavoz del episcopado no tiene ningún rubor en afirmar en la misma entrevista que, si se llega a un acuerdo en el asunto del estatus acadé-mico de la enseñanza de la religión, promete el apoyo pleno de la Iglesia al go-bierno socialista. No creemos que se puede decir de forma más clara que la enseñanza de la religión es lo único que interesa al episcopado; por tanto, lo que en el fondo se debate no es un problema de diferencias morales en ciertos asuntos, sino una voluntad descarada de poder “espiritual”, de supervivencia de la organización eclesiástica y de influencia a largo plazo, al considerar que la escuela va siendo el único reducto en que se tiene a los niños a mano de forma garantizada.

En este sentido, tenemos que lamentar que, tras cuarenta años de pos-concilio, no se ha propiciado entre nosotros la aparición de un laicado cristiano con voz propia, diferente de la de la jerarquía en los asuntos sociales y políti-cos. La jerarquía pretende representar a todos los católicos en el ámbito políti-co, pero lo cierto es que ellos no se sienten representados por aquélla y que cada día crece el disenso en el interior de la comunidad cristiana en las mate-rias de las que hablamos. No será posible el equilibrio mientras los laicos, indi-vidualmente pero también agrupados, no se expresen con voz propia. El espec-táculo deprimente del manipulado Congreso de Apostolado Seglar es un paso atrás en la dirección que deseamos. Los silencios de los movimientos seglares asociados son clamorosos.

En línea parecida queremos denunciar las campañas de recogidas de fir-mas con objeto de oponerse a determinadas propuestas legislativas. Los obis-pos aseguran que ellos no organizan tales campañas, pero es demasiado evi-dente su intervención, pues hay huellas que prueban, no solo su interés directo, sino la manipulación de ciertos grupos con aquel objetivo. No es ésta la manera de considerar al pueblo de Dios como sujeto adulto en la fe y corresponsable en la misión eclesial ante el mundo.

Igualmente son de lamentar los intentos de silenciar a la teología, la cual tiene una función específica, irrenunciable e irreemplazable por ninguna otra función en la Iglesia, incluso la jerárquica. Porque una jerarquía que invade el campo de la estricta competencia teológica acaba considerando “adversarios” a aquellos teólogos que, con no menor fe ni menos amor que ella pero con distin-ta conciencia crítica, trabajan por el anuncio del evangelio en la cultura. De este modo se priva a sí misma y sobre todo priva a los fieles de la aportación de aquéllos a cuya competencia corresponde de manera específica la mediación cultural. Una Iglesia que no puede entablar un diálogo auténtico y respetuoso con sus teólogos, ¿cómo podrá hacerlo con la cultura secular?

Particular denuncia de nuestra parte merece la línea de orientación de algunos programas de la COPE, cuyos planteamientos de clericalismo y confe-sionalismo militante se doblan de ataques calumniosos y deshonestos a perso-nas y a grupos que participan legítimamente en la sociedad y en la política. La Conferencia Episcopal Española, accionista mayoritario de la citada Cadena, no puede seguir lavándose las manos con pretextos que a nadie engañan. Esta situación es grave, porque, dada la importancia que hoy tienen los medios de comunicación para configurar las imágenes sociales, ella es una de las causan-tes principales del desprestigio y de la pérdida de credibilidad de la institución eclesial en nuestro país.

Sería ingenuo por nuestra parte no denunciar también que existe un lai-cismo recusable y que se refleja en algunas actuaciones del PSOE. Voces signi-ficativas dentro de ese partido han rechazado de manera radical toda legitimi-dad al uso de la hipótesis de Dios como elemento que pueda hacerse presente e influir en el orden social. Para nosotros esta afirmación es insostenible, propia de una época superada y tan patológica como el ultramontanismo eclesial. Tal laicismo quiebra la construcción de la sociedad civil.

Pero también es cierto que en la presente legislatura se están introdu-ciendo nuevas políticas motivadas por un impulso moral, que la Iglesia y los obispos en particular han de reconocer; por ejemplo, la nueva reglamentación sobre inmigración, la autorregulación de la televisión infantil, etcétera.

4. Una vez constatado lo anterior y llamando a la responsabilidad de los interesados, creemos que nuestra reflexión debe poner el énfasis en contribuir, mediante una autocrítica evangélica a la construcción de una justa postura eclesial. Queremos dar a conocer con lealtad para con la Iglesia y con voluntad de participar en el diálogo eclesial y social, cuáles son las líneas de nuestra posición. Si alzamos la voz con energía ante la situación des-crita es porque amamos a la Iglesia de Jesús y la deseamos como el profeta de Nazaret la quiso, trasparencia del Dios de la libertad y no un muro que vele su presencia porque lo confunde con un poder humano.

Estamos firmemente convencidos de que lo que está emergiendo en el proceso que se vive en nuestro país en el momento histórico presente es positi-vo, es un signo de los tiempos. Tenemos el atrevimiento de decir que en ese fenómeno se descubren señales del avance del reino de Dios en la historia humana, aunque no podemos olvidar que ahí, como en todas las coyunturas, al crecimiento del trigo acompaña la cizaña.

Pretendemos que nuestra Iglesia, revestida con el coraje y la sabiduría de Pablo, se abra a lo positivo que se encuentra “fuera”, la laicidad, viendo en ella una posibilidad para que el Evangelio despliegue su riqueza más profunda. Lamentamos la existencia en la comunidad católica, y muy singularmente entre los que la presiden, de actitudes claramente integristas, como las de Santiago, el obispo de Jerusalén, que arrastran a otras vacilantes, como las de Pedro, en la defensa crispada de la identidad cristiana. Sus efectos no pueden ser más nocivos para la misión evangelizadora: encerramiento eclesial y una imagen de Iglesia reprendedora, sufrimiento y hartazgo ante una religión clausurada en sí misma.

Por nuestra parte apostamos por un catolicismo en la laicidad. Creemos que en ese territorio se sustancia actualmente la experiencia del Dios cristiano, se desarrolla nuestra fe en Jesucristo y se recrea nuestra espiritualidad del se-guimiento. Estamos convencidos de que el cristianismo, como cualquier otra religión, terminará fosilizándose si pierde su capacidad de interpretar de mane-ra convincente las actuales experiencias humanas a la luz de su idea de Dios. Porque hoy no se puede tener experiencia de Dios fuera del contexto histórico de la laicidad. Y queremos advertir que en estos momentos, cuando el magiste-rio toma la palabra, reduce esa interpretación hasta confundirla con el mero juicio moral. Es grave que el magisterio se ciegue, reduciéndose a dar orienta-ciones morales, pero sin señalar dónde se encuentra el Dios de Jesús. Si la imagen del Dios Vivo que se testifica no camina al mismo ritmo que la sociedad española en evolución, si no es contemporáneo, la fuerza de las nuevas expe-riencias empujará a nuestros conciudadanos, especialmente a los más jóvenes, hacia delante, y Dios morirá, borrándose de la memoria de las nuevas genera-ciones.

Ahora bien, ¿qué entendemos por laicidad como disposición imprescindi-ble para la construcción de una sociedad justa en nuestro país?

El Concilio Vaticano II terminó definitivamente con el rechazo de la laicidad, aceptando la autonomía de lo temporal. La constitución conciliar Gau-dium et Spes es documento central que muestra la asunción del valor propio de la laicidad ya desde su título: “La Iglesia en el mundo de este tiempo”. Fermen-to en la historia, en simbiosis con las realidades temporales, porque el mundo es también el lugar de la acción del Espíritu de Cristo. Reconocer la laicidad es, en definitiva, afirmar la mundanidad del mundo.

Esta concepción de la Gaudium et Spes conlleva la necesidad de cambiar el juicio de la Iglesia sobre el proceso de secularización moderna: la seculariza-ción no es el anticristo sino, por el contrario, una necesidad teológica que debe ser asumida en lo que tiene de avance positivo. Ello significa también aceptar la desaparición de todas las fórmulas de religión de Estado o de las alianzas entre religión y poder político. La Declaración conciliar Dignitatis humanae , afirman-do la libertad religiosa, ha abierto un camino nuevo para fecundar un verdadero diálogo con este mundo secular, como es el del reconocimiento de la autonomía espiritual de la sociedad, que es una expresión obligada del pluralismo demo-crático.

En esta misma línea Juan Pablo II ha legitimado el principio de laicidad del Estado y el modelo de separación entre Iglesia y Estado en sendos discur-sos al Parlamento europeo en 1988 y al Parlamento italiano en 2002.

La laicidad, en cuanto autonomía de la esfera civil y política respecto a la religiosa y eclesiástica, es la actitud del espíritu de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento meramente racional sobre el ser humano que vive en sociedad, sin óbice de que tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica. La verdad humana no puede ser una verdad que niegue la libertad; negarse a entrar en la lógica del pluralismo impide co-nocer la realidad objetiva. Laicidad significa un estatuto cognitivo fundado en el respeto por la historia, en el diálogo, en la primacía de la conciencia, en la de-fensa de la libertad humana. Presupone una fe que libera de los ídolos a la imagen de Dios y no lo confunde con los poderes mundanos.

En las conquistas de la edad moderna, la laicidad constituye una especial victoria del espíritu de Occidente, que ha llegado a purificar mediante la secula-rización la concepción de lo religioso a través de durísimas luchas, para recon-ducirlo a su propia alma. Es hija de una ruptura, de una necesaria revuelta con¬tra el absolutismo teológico y clerical, que ha debilitado el poder social del clero y de las Iglesias. Una vez desacralizado el poder religioso, se ha abierto el ca-mino también a la desacralización y a la secularización de la política. El sujeto ha vuelto a ser valorado con su derecho a la libertad de conciencia y de reli-gión. La Iglesia ha quedado separada del Estado.

A través de duras batallas la fe cristiana ha obtenido el gran beneficio de verse libre de incrustaciones mundanas: tenía la necesidad de reencontrar una dimensión más interior y más personal de las convicciones de fe. No queremos perder esa conquista.

Lo dicho testimonia, a nuestro entender, un replanteamiento profundo de la laicidad que, cuando es auténtica, tiende cada vez menos a concebirse como oposición radical a las tradiciones religiosas y busca definirse como cua-dro regulador de un pluralismo de visiones del mundo, más que como un anti-sistema opuesto al universo religioso.

Esa laicidad auténtica que deseamos vigente entre nosotros es una laici-dad incluyente: la concebimos como patria común del pluralismo de visiones, incluidas desde luego las provenientes de fuerzas espirituales y religiosas, para un objetivo común: salvar lo humano. Ha de ser el cuadro regulador del plura-lismo de cosmovisiones, en el que las fuerzas espirituales y morales de la socie-dad sean invitadas a colaborar al mantenimiento y a la transmisión del ethos colectivo y a la definición de los códigos éticos en los diversos campos. Este proyecto parte de una convicción nuestra: una sociedad moderna no es la más indiferente a la religión sino la que obliga a cada participante a saltar más allá de su cercado para constituir juntos una alianza crítica al servicio de una forma renovada de libertad humana.

Por tanto, la justa laicidad significa que el Estado ofrece un espacio libre para las religiones y una responsabilidad para con la sociedad civil, y permite a las religiones ser factores en la construcción de la vida social. Se trata de des-cubrir que también la esfera política necesita una responsabilidad moral que nace del corazón de la persona humana y que, para quienes son creyentes, tiene que ver con la presencia o ausencia de Dios.

Una Iglesia que reconoce la laicidad del mundo ya no es la misma que una Iglesia que no la reconoce y que tiene pretensiones de control del Estado y de la sociedad civil. Aceptar la laicidad significa una Iglesia que dialoga con el mundo, donde todos y cada uno de los bautizados tienen responsabilidad res-pecto del orden temporal. Todos los miembros de la Iglesia tienen que respon-der a las grandes causas de la historia presente. Ésta es la Iglesia que quere-mos.

A los ciudadanos de este país, por tanto también a los creyentes, nos corresponde construir ante todo una sociedad laica, más que un Estado laico. Para los creyentes ello exige la reubicación de la Iglesia en ese contexto, por-que la construcción de la laicidad en España, que es un fenómeno histórico po-sitivo tras tantos siglos de confesionalismo social, ha sido y es una experiencia con la Iglesia y produce un indudable impacto en la visión religiosa del mundo que ella mantiene. Rechazamos, por ello, el nuevo clericalismo que aspira ahora a un tipo de mayoría forjado por la recuperación del poder social de la Iglesia.

Consideramos imprescindible que la comunidad cristiana participe con mayor intensidad en los planteamientos y debates acerca de las cuestiones so-ciales y políticas que hoy están sobre el tapete y que afectan también a los cre-yentes de manera directa. Reivindicamos el derecho a la pluralidad en el inte¬rior de la Iglesia en las cuestiones que pertenecen a la libre discusión humana y no son parte del depósito de la fe. Para que aparezca con claridad y sin equívo-cos el sensus fidei en los asuntos de la cosa pública, es preciso que se establez-can procesos de consulta antes de que la jerarquía intervenga públicamente en tales cuestiones. Hoy es imprescindible el diálogo libre en el interior de la co-munidad cristiana con asistencia de expertos, intervención de los diversos ca-rismas y también obviamente de la presidencia jerárquica. Sólo así se logrará mostrar cómo el mensaje del evangelio ilumina los problemas del presente.

La otra cara de Wojtyla

“Y mi conciencia de papa me impone echar a su eminencia de mi despacho”, habría sido la respuesta de Juan Pablo II al cardenal español Bueno Monreal durante una audiencia cuando este le planteó: “Santidad, mi conciencia de obispo me impone hacerle presente que existen problemas como los del celibato, la escasez de clero y la cantidad de sacerdotes que siguen esperando la dispensa de Roma”.

Giancarlo Zizola, el autor de La otra cara de Wojtyla es un teólogo y un hombre de fe comprometido con su iglesia y su tiempo. Ha seguido durante 40 años la realidad vaticana y conoce sus entresijos muy bien.

Nos muestra la cara de este papa tan conservador como reformista, duro y abierto al mismo tiempo. En la Iglesia se han prodigado palabras y gestos de futuro, pero se ha instalado una contrarreforma que quiere retroceder a los tiempos anteriores al Vaticano II, algunos dicen que a Trento nada menos.

No podemos olvidar los grandes problemas que dejará Juan Pablo II a la iglesia cuando muera, una iglesia estática en una época muy movida. En mi opinión habrá que reformar el papado muy a fondo, se corre el peligro de divinizarlo, evitar las diferentes medidas de medir, caso Milingo en contraposición al caso Casaldáliga, el papel de la mujer en la iglesia, la influencia de Comunicación y Liberación, Legionarios de Cristo, Opus, la moral sexual, la nueva imagen de Dios, el trato distinto a los teólogos, y muchos más.

Un libro apasionante que seguro merecerá ocupar un lugar en tu biblioteca.
Comentaremos más cosas en los próximos días.