Blogia
El lector curioso

artículos

Dios como problema

Dios como problema Os invito a una reflexión acerca de Dios. De su utilización en las cosas cotidianas y del problema que surge con Dios, cuando queremos usarlo en defensa de nuestras ideas . Lo ha escrito José Saramago en El Pais.

José Saramago es escritor portugués, premio Nobel de Literatura. Traducción de Pilar del Río.
EL PAÍS - Opinión - 01-08-2005

No tengo ninguna duda de que este artículo, empezando por el título, obrará el prodigio de poner de acuerdo, al menos por una vez, a los dos irreductibles hermanos enemigos que se llaman Islamismo y Cristianismo, sobre todo en la vertiente universal (es decir, católica) a la que el primero aspira y en la que el segundo, ilusoriamente, todavía sigue imaginándose. En la más benévola de las reacciones posibles, clamarán los biempensantes que se trata de una provocación inadmisible, de una indisculpable ofensa al sentimiento religioso de los creyentes de ambos partidos, y, en la reacción peor (suponiendo que no haya peor), me acusarán de impiedad, de sacrilegio, de blasfemia, de profanación, de desacato, de tantos cuantos delitos más, de calibre idéntico, sean capaces de descubrir, y, por tanto, quién sabe, merecedor de una punición que me sirviera de escarmiento para el resto de mi vida. Si yo mismo perteneciera al gremio cristiano, el catolicismo vaticano tendría que interrumpir durante un momento los espectáculos estilo Cecil B. de Mille en que ahora se complace, para darse el enojoso trabajo de excomulgarme, aunque, cumplida esa obligación burocrática, se quedaría de brazos caídos. Ya le escasean las fuerzas para proezas más atrevidas, puesto que los ríos de lágrimas llorados por sus víctimas empaparon, esperemos que para siempre, la leña de los arsenales tecnológicos de la primera inquisición. En cuanto al islamismo, en su moderna versión fundamentalista y violenta (tan violenta y fundamentalista como fue el cristianismo en los tiempos de su apogeo imperial), la consigna por excelencia, todos los días insanamente proclamada, es "muerte a los infieles", o en traducción libre, si no crees en Alá no eres más que una inmunda cucaracha que, pese a ser también una criatura nacida del Fiat divino, cualquier musulmán cultivador de los métodos expeditivos tendrá el sagrado derecho y el sacrosanto deber de aplastarla bajo la babucha con la que entrará en el paraíso de Mahoma para ser recibido en el voluptuoso seno de las huríes. Permítaseme, por tanto, que vuelva a decir que Dios, habiendo sido siempre un problema, es ahora el problema.

Como cualquier otra persona para quien la situación del mundo en que vive no le es del todo indiferente, vengo leyendo algo de lo que por ahí se escribe sobre los motivos de naturaleza política, económica, social, psicológica, estratégica, y hasta moral, en que se presume que han echado raíces los movimientos islamistas agresivos que están lanzando sobre el denominado mundo occidental (aunque no sólo en ése) la desorientación, el miedo, el más extremo terror. Fueron suficientes, aquí y allí, unas cuantas bombas de relativa baja potencia (recordemos que casi siempre fueron transportadas en mochilas hasta el lugar de los atentados) para que los cimientos de nuestra tan luminosa civilización se estremecieran y se abrieran brechas, a la vez que se tambaleaban aparatosamente las precarias estructuras de seguridad colectiva con tanto trabajo y gasto levantadas y mantenidas. Nuestros pies, que creímos fundidos en el más resistente de los aceros, eran, a la postre, de barro.

Es el choque de civilizaciones, se dice. Será, pero a mí no me lo parece. Los más de siete mil millones de habitantes de este planeta, todos ellos, viven en lo que sería más exacto llamar civilización del petróleo, y hasta tal punto, que ni siquiera están fuera de ella (viviendo, claro está, su falta) quienes se encuentran privados del precioso oro negro. Esta civilización del petróleo crea y satisface (de manera desigual, ya lo sabemos) múltiples necesidades que no sólo reúnen alrededor del mismo pozo a los griegos y troyanos de la cita clásica, sino también a los árabes y no árabes, a los cristianos y a los musulmanes, sin hablar de los que, no siendo ni una cosa ni otra, tienen, donde quiera que se encuentren, un automóvil que conducir, una excavadora que poner en marcha, un mechero que encender. Evidentemente, esto no significa que bajo esta civilización del petróleo que es común a todos no sean discernibles los rasgos (más que simples rasgos en ciertos casos) de civilizaciones y culturas antiguas que ahora se encuentran inmersas en un proceso tecnológico de occidentalización a marchas forzadas, y que, sólo con mucha dificultad, ha logrado penetrar en el meollo sustancial de las mentalidades personales y colectivas correspondientes. Por alguna razón se dice que el hábito no hace al monje...

Una alianza de las civilizaciones, en feliz hora propuesta por el presidente del Gobierno español y cuya idea ha sido recientemente retomada por el secretario general de la Organización de Naciones Unidas, podrá representar, en el caso de que llegue a concretarse, un paso importante en el camino de una disminución de las tensiones mundiales de que cada vez parece que estamos más lejos, aunque sería insuficiente desde todos los puntos de vista si no incluyera, como ítem fundamental, un diálogo de religiones, ya que en este caso queda excluida cualquier remota posibilidad de una alianza... Como no hay motivos para temer que chinos, japoneses e indios, por ejemplo, estén preparando planes de conquista del mundo, difundiendo sus diversas creencias (confucionismo, budismo, taoísmo, sintoísmo, hinduismo) por vía pacífica o violenta, es más que obvio que cuando se habla de alianza de las civilizaciones se está pensando, especialmente, en cristianos y musulmanes, esos hermanos enemigos que vienen alternando, a lo largo de la historia, ora uno, ora otro, sus trágicos y por lo visto interminables papeles de verdugo y de víctima.

Por tanto, se quiera o no se quiera, Dios como problema, Dios como piedra en medio del camino, Dios como pretexto para el odio, Dios como agente de desunión. Pero de esta evidencia palmaria no se osa hablar en ninguno de los múltiples análisis de la cuestión, tanto si son de tipo político, económico, sociológico, psicológico o utilitariamente estratégico. Es como si una especie de temor reverencial o de resignación a lo "políticamente correcto y establecido" le impidiera al analista entender algo que está presente en las mallas de la red y las convierte en un entramado laberíntico del que no hemos tenido manera de salir, es decir, Dios. Si le dijera a un cristiano o a un musulmán que en el universo hay más de 400.000 millones de galaxias y que cada una de ellas contiene más de 400.000 millones de estrellas, y que Dios, sea Alá u otro, no podría haber hecho esto, mejor aún, no tendría ningún motivo para hacerlo, me responderían indignados que para Dios, sea Alá, sea otro, nada es imposible. Excepto, por lo visto, añadiría yo, establecer la paz entre el islam y el cristianismo, y de camino, conciliar a la más desgraciada de las especies animales que se dice que ha nacido de su voluntad (y a su semejanza), la especie humana, precisamente.

No hay amor ni justicia en el universo físico. Tampoco hay crueldad. Ningún poder preside los 400.000 millones de galaxias y los 400.000 millones de estrellas que existen en cada una. Nadie hace nacer el Sol cada día y la Luna cada noche, incluso cuando no es visible en el cielo. Puestos aquí sin saber por qué ni para qué, hemos tenido que inventarlo todo. También inventamos a Dios, pero Dios no salió de nuestras cabezas, permaneció dentro, como factor de vida algunas veces, como instrumento de muerte casi siempre. Podemos decir "aquí está el arado que inventamos", no podemos decir "aquí está el Dios que inventó el hombre que inventó el arado". A ese Dios no podemos arrancarlo de dentro de nuestras cabezas, ni siquiera los ateos pueden hacerlo. Pero por lo menos, discutámoslo. No adelanta nada decir que matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Para los que matan en nombre de Dios, Dios no es sólo el juez que los absuelve, es el Padre poderoso que dentro de sus cabezas antes juntó la leña para el auto de fe y ahora prepara y coloca la bomba. Discutamos esa invención, resolvamos ese problema, reconozcamos al menos que existe. Antes de que nos volvamos todos locos. Aunque ¿quién sabe? Tal vez ésa sea la manera de que no sigamos matándonos los unos a los otros.


© El País S.L. Prisacom S.A.
uando muchas de sus verdades en las diferentes religiones se consideran verdad absoluta.

Diferencias y desigualdad

DIFERENCIA Y DESIGUALDAD 20-7-2005

Aqui os dejo un magnifico articulo sobre las diferencias y desigualdes entre los hombres. La igualdad es un derecho que expone muy bien y de manera valiente Jose María Castillo. Está publicado en la revista Atrio


JOSÉ MARÍA CASTILLO

Catedrático de Teología Dogmática

GRANADA



LA diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Por eso la desigualdad es la violación de la igual dignidad que todos los humanos tenemos por el hecho de ser coincidentes en lo que a todos nos iguala: todos somos humanos.

Pero ocurre que, con demasiada frecuencia y sin darnos cuenta de lo que realmente pensamos y decimos, se produce un deslizamiento de la diferencia a la desigualdad. Todos somos diferentes: unos más fuertes que otros; unos más ricos que otros; unos más listos que otros, etcétera. Así las cosas, si fuera cierto que la diferencia justifica la desigualdad, entonces resultaría que el fuerte tendría más derechos que el débil; el rico más derechos que el pobre; el listo más derechos que el torpe, etc. O sea, lo que en realidad ocurriría es que terminaría por imponerse la ley del más fuerte. Y la sociedad se convertiría en una selva.

Hubo tiempos, antiguos y bárbaros, en los que los hombres se pensaban que tenían más dignidad y más derechos que las mujeres. Los señores también se veían con más dignidad y más derechos que los esclavos y los siervos. Los nobles igualmente se creían que eran más dignos y tenían más derechos que los plebeyos. Los justos se imaginaban que les correspondían derechos que no podían tener los pecadores. Los fieles estaban seguros de tener más derechos que los infieles. Y así sucesivamente.

Lo más grave del asunto es que los fuertes no sólo veían así la vida, sino que, durante siglos y siglos, se han dedicado a poner en práctica su ley, la ley del más fuerte, sin piedad, invocando incluso la autoridad divina para actuar de forma tan salvaje. Por eso hay personas que, aunque vivan hoy, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los hombres tienen derechos que no pueden tener las mujeres, los que defienden que los empresarios tienen derechos que no pueden tener los trabajadores, los que aseguran que los ricos tienen derechos (pagar una fianza) que nunca podrán poner en práctica los pobres. Y son también –lo diré de una vez– los que se echan a la calle para defender que los homosexuales no pueden tener los mismos derechos que los heterosexuales.

En los tiempos antiguos y bárbaros, a los homosexuales se les quemaba vivos en la plaza pública, como se hacía con los herejes, las brujas, los infieles. Luego, con el paso del tiempo, esa ley se humanizó. A los homosexuales no se les quemaba, ni se les metía en la cárcel. Pero su libertad estaba controlada. Hasta que ha llegado el momento en que se les ha igualado en derechos con los demás ciudadanos. Cosa que algunos no pueden soportar. Porque dicen que eso atenta contra la familia. Y amenaza a la sociedad.

A mí me parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie. O si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que (eso supuesto) lo que caracteriza al sexo, entre los humanos, es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano. Hay quienes dicen que esto es un asunto discutible. En cualquier caso, lo que, según creo, no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal, ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener hijos y que así la vida humana no se acabe en este mundo.

La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias, en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.

Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Pero con tal que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. Sabemos que hay personas del mismo sexo que se quieren de verdad, pero no pueden expresárselo. O si se lo expresan, no pueden tener los mismos derechos que tienen los que se quieren desde la diferencia sexual. Porque hay una idea (supuestamente divina) que, a muchas personas que se quieren, les prohíbe el amor. O limita ese amor de tal manera que lo reduce a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que los hombres de la religión defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos. Porque todos tenemos la misma dignidad. Y merecemos el mismo respeto.

Pararse a pensar

Frances de Carreras, en La Vanguardia invita a nuestros politicos a realizar deberes en sus vacaciones. Aunque pueda parecer localista su comentario yo creo que podemos generalizarlo a todos los politicos que pululan por esas tierras de Dios en los cinco continentes.
Os aconsejo su lectura

Dentro de una semana comenzarán las grandes vacaciones, las vacaciones de agosto. Se acercan, por tanto, días de viajes, de sol y playa, de vuelta al pueblo, de familia, de amigos, de excursiones por el campo, de paseos por la ciudad. Incluso algunos, pocos, sólo los muy inteligentes, aprovecharán las vacaciones para no hacer nada.

También lo políticos se van de vacaciones y bien que las necesitan. No envidio la vida del político, la del político de primera fila, aquel cuyo nombre aparece continuamente en las páginas de los periódicos, en las imágenes de la televisión, siempre a caballo de los acontecimientos, de los sobresaltos continuos, de los más imprevisibles sucesos. Tampoco hay que compadecerlo: es la vida que ha escogido, nadie le ha obligado a vivir así y, por tanto, ya sabía lo que le esperaba cuando escogió esta tarea, dura en muchos aspectos, seguramente también grata en otros. Los políticos no sólo necesitan vacaciones, sino que se las merecen.

Ahora bien, como les sucedía a los niños de antes, nuestros políticos de hoy tienen que hacer deberes, deberes de vacaciones. Lo siento, quizás son buenos chicos, es posible incluso que sean aplicados, pero no han aprovechado bien el curso y deben repasar. Los deberes, sin embargo, no son complicados. Deben limitarse a aprender a hacer una tarea bien sencilla: pararse a pensar. Cuidado: no se trata de meditar sobre los graves problemas que acechan al mundo, ni estudiar los sesudos informes que han quedado pendientes o leer el imprescindible libro que tanto les han recomendado. No. Pararse a pensar quiere decir simplemente eso: primero pararse y después pensar.

De las dos fases, la esencial es la primera, la de pararse. Pensar, por supuesto, no es algo secundario ni de menor importancia; por el contrario, es el objetivo principal. Pero el hecho de parar es indispensable, un requisito sine qua non, para alcanzar el objetivo principal: dentro del ajetreo diario los políticos deben saber que si no aprenden a parar, nunca llegarán a pensar, algo que, a pesar de los avances científicos, todavía sigue siendo imprescindible.

Por tanto, primero, parar y luego pensar. Me explico mediante dos ejemplos, muy distintos, de esta misma semana. Si Rubalcaba y el diputado del PP Ra-fael Hernando hubieran sabido parar a tiempo y pensarlo dos veces antes de increparse y abalanzarse el uno contra el otro como dos niños en el patio de un colegio, no hubieran dado el bochornoso espectáculo que, nada menos que en el Congreso de los Diputados, hemos podido contemplar, estupefactos, estos días. Segundo ejemplo: si en algún momento los políticos catalanes se hubieran parado a pensar sobre lo que estaban haciendo, no se habría producido el bochornoso espectáculo de presentar nada menos que 554 enmiendas a un proyecto de Estatut sobre el que están intentando llegar a un acuerdo desde hace dieciocho meses.

Lo siento mucho, sin duda merecen un descanso, pero para septiembre deben aprender a pararse y a pensar, una cosa detrás de la otra, ambas fundamentales para que no olviden lo principal: que están al servicio de los ciudadanos y deben atender bien a las tareas que éstos tienen derecho a exigirles. ¿ Qué pasaría en una empresa si dos empleados llegaran a las manos por unas palabras de más o una comisión trabajara durante un año y medio para establecer un plan de expansión sin llegar todavía a un acuerdo? ¿ A qué algunos se irían a la calle? Pues eso.

Donde y quién predica el odio

Lluis Fox en la vanguardia nos deleita con este articulo sobre las diferencias a la hora de integrarse los ciudadanos musulmanes en nuestra viaje Europa y contrapone las facilidades que tienen en nuestro pais y las dificultades que existen en los suyos para una actitud reciproca.

LLUÍS FOIX -
La tolerancia, la libre circulación de ideas y personas, la garantía de los derechos, una moneda común en la euro zona, una convivencia compartida desde Finlandia hasta Portugal y desde Malta hasta Irlanda, y la libertad para expresar cualquier opinión en cualquier rincón de la Unión son algunos de los éxitos sin precedentes en nuestra larga y ensangrentada historia.

La Unión Europea ha tenido la visión de asumir los costes de incorporar a países con menos renta pero a los que no se les puede negar el derecho histórico de pertenecer a la misma civilización. En este contexto de apertura política, intelectual y social ha acogido a varios millones de inmigrantes musulmanes que viven y trabajan entre nosotros y que pueden rezar al Dios del Profeta como si estuvieran en su propio país.

Se levantan mezquitas en todas las grandes ciudades europeas sin que en Arabia, Pakistán o Mauritania puedan abrirse fácilmente al culto templos cristianos. Europa entiende que la libertad religiosa alcanza de lleno a los derechos del individuo. En un exceso de celo se llega incluso a promover el levantamiento de minaretes para que los musulmanes puedan cumplir con sus ritos cada viernes o cuando les plazca.

Hay que reconocer que la gran mayoría de musulmanes que viven entre nosotros se han integrado a los valores cívicos compartidos por los europeos. Por cada joven terrorista de procedencia islámica se encuentran cientos de miles de jóvenes musulmanes que se rigen por las normas mínimas de la convivencia.

La mayoría de ellos no se han integrado plenamente. Porque no quieren o porque el salto cultural que tienen que dar no lo pueden o no lo quieren asumir. Viven en guetos sociales y culturales. Pero no son un peligro inminente. Lo que no acierto a entender es cómo y cuándo un joven de una ciudad inglesa o española decida convertirse a la “guerra santa”, primero en sus tiempos libres y luego en una dedicación exclusiva que les conduce al martirio.

Esta cultura de la muerte no la aprenden en las escuelas o en las universidades. Ni tampoco en el ambiente social en el que se mueven la mayoría de ellos. Hay que concluir, por lo tanto, que el proselitismo de la “guerra santa” procede de su comunidad o de los ámbitos internacionales en los que se predica el odio y la venganza contra Occidente.

Muchos de los jóvenes que se han inmolado han sido instruidos primeramente por alguien de su comunidad y después han viajado a lugares calientes del planeta en los que han perfeccionado su adiestramiento y les ha dispuesto para que puedan viajar con la muerte y para la muerte allí donde se les indique.

Este perfil de joven musulmán adoctrinado, viajado y suicida se ha repetido en los atentados de Nueva York y Washington, Madrid y Londres. Europa difícilmente puede controlar lo que se predica en las mezquitas o centros de instrucción en Pakistán, Iraq o Arabia Saudí. Pero sí tiene que plantearse con urgencia es controlar los mensajes que salen de la boca de quienes impulsan a esos jóvenes a entregarse a la muerte causando la muerte indiscriminada de cuantos más “infieles” mejor.

La libertad de culto no puede confundirse con la libertad para destruir a nuestra propia sociedad. Habrá que disponer de toda la información posible para detectar el nacimiento de esos pequeños monstruos. Habrá que dotar a los servicios de inteligencia de más medios, descubrir sus redes de financiación, sus comunicados vía correo electrónico, sus conversaciones a través de los móviles....

Esta estrategia no tienen porque vulnerar los derechos de millones de musulmanes que viven una integración aunque sea cosmética. Pero predicar la violencia contra nuestra sociedad, desde el interior de la misma, no podrá aceptarse por más tiempo. Bajo la normalidad en la que viven millones de musulmanes no se puede permitir que la libertad de una minoría pretenda destruir la de la mayoría.

Y ellos, no

<strong>Y ellos, no</strong> Una vez más Fernándo Savater, filósofo, nos hace un análisis acertado del atentado de Londres.

En cuanto vuelve a producirse otra matanza terrorista, suena de nuevo la acostumbrada y retórica cantinela: ¿libertad o seguridad? Como si fueran incompatibles, incluso contradictorias. Los que más nos alarman previniéndonos contra el posible recorte de libertades democráticas suelen ser precisamente los mismos que, en épocas de bonanza, no escatiman su escepticismo respecto a ellas: cuando todo marcha bien son meramente formales, aparentes, carentes de garantías. Pero, tras las bombas, se vuelven preciosas: el Leviatán estatal aprovechará la menor ocasión para arrebatárnoslas... Lo cierto es que la dialéctica entre libertad y seguridad proviene de mucho antes que el terrorismo contemporáneo. En realidad, ha solido llamarse "progreso social" al recorte de ciertas libertades particulares a fin de conseguir mayor seguridad de bienes para la mayoría. La enseñanza general obligatoria, por ejemplo, o la no menos obligatoria cotización para la Seguridad Social, la velocidad máxima permitida en las carreteras, los impuestos y qué sé yo cuántas cosas más que limitan la libertad de elección de bastantes en nombre de lo que se supone mejor para todos, ante la indignación de neoliberales y de libertarios de derechas. Según el planteamiento digamos "progresista", la seguridad así conseguida permite un uso más eficaz y auténtico de la libertad a quienes de otro modo verían la suya coartada por la incertidumbre o la necesidad.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar las épocas anteriores a la oleada de secuestros aéreos que inició las actuales medidas de seguridad en los aeropuertos: en aquellos días felices se subía uno al avión sin muchos más trámites que al autobús... Y en mis primeros viajes a Londres se fumaba tranquilamente en todos los transportes públicos, incluido el metro, hasta que un incendio fortuito en una estación acabó fulminantemente con tan placentera (para unos) y mortífera (para otros) licencia. Es decir: los proyectos sociales igualitarios imponen ciertas coacciones y los abusos o riesgos de la sociedad de masas restringen algunas privanzas, pero resulta bastante exagerado clamar que cada vez vivimos más esclavizados. La seguridad es un ingrediente fundamental de las libertades públicas, lo mismo que sin éstas nadie está realmente seguro frente a las autoridades o entre los demás. Lo importante es que si desaparecen privilegios o se imponen ciertas incomodidades, sea de modo proporcionado y sin afectar nunca a las garantías fundamentales sobre las que se asienta la democracia (como creo que ha ocurrido en Guantánamo, por ejemplo). Y no olvidemos que algunos de nuestros clásicos -sobre todo los que vivieron períodos de inestabilidad y enfrentamientos civiles- van incluso más allá en la recomendación de amplitud al interpretar las leyes. Por ejemplo, Montaigne: "De verdad, cuando se llega a unas situaciones tan apremiantes que no cabe aguantar más, acaso sería más razonable bajar la cabeza para prestarse un poco a recibir el golpe, en vez de llevar la obstinación hasta sus últimas consecuencias y mostrarse inflexible, porque si no se suelta nada, se da pie a que la violencia todo lo pisotee: cuando las leyes no pueden lo que quieren, más valdría obligarlas a querer todo lo que pueden" (Ensayos, I, XXIII).

Hasta ahora, la amenaza comprobada del terrorismo internacional no ha supuesto en las democracias europeas mutilaciones insoportables de libertades fundamentales, aunque es casi seguro que aumentará restricciones y fastidios de nuestra existencia colectiva en el próximo futuro. Pero debería quedar claro en momentos como los que vivimos que los que ponen en jaque nuestra seguridad y nuestra libertad son los terroristas y no las autoridades que pretenden impedir sus fechorías. Tanto lo ocurrido en Madrid como en Londres indica claramente que ha sido una consideración generosa hasta la negligencia de las libertades de expresión y reunión de ciertos grupúsculos lo que ha facilitado los crímenes que ahora deploramos. En España, las medidas de Garzón y otros contra radicales islamistas fueron denunciadas antes del 11-M como abusos autoritarios destinados a agradar a Bush; en Inglaterra, desde hace más de diez años se permite que líderes radicales lleven a cabo actividades de proselitismo y exhorten al exterminio de los adversarios. Por ello no se entiende muy bien el diagnóstico de Gema Martín Muñoz tras los atentados de Londres: "Ha habido un exceso de celo policial que ha llevado al hostigamiento de las comunidades musulmanas y a interpretar en clave de control policial todo lo que se relaciona con el Islam, fomentando el racismo y perniciosos sentimientos de humillación" (en Al Qaeda y la lucha antiterrorista, EL PAÍS). No parece que tal cosa sea cierta ni en España, ni en Inglaterra, ni en Holanda, por citar tres lugares que han sufrido violencia terrorista recientemente y a distinta escala. No es el celo policial lo que provoca los atentados, sino su ausencia lo que permite fraguarlos.

En su primer discurso tras los crímenes de Londres, flanqueado por todos los líderes del G-8, Blair pronunció una frase cuya aparente redundancia me resultó especialmente expresiva: "Nosotros ganaremos; y ellos, no". Algunos habituales de este tipo de alharacas han reprochado al premier británico reincidir en el enfrentamiento entre civilizaciones, monopolizar etnocéntricamente valores universales, etc. Pero a mi juicio dijo algo a la vez obvio, sensato e importante. El "ellos" que utilizó no se refería a los miembros de una etnia o a los fieles de una religión, sino a los terroristas islamistas. Pero lo que quiso subrayar es que "nosotros", es decir, los ciudadanos de sociedades democráticas, debemos ganar, y que para ello los terroristas no pueden ser ignorados o considerados un fenómeno antropológico, sino que han de ser derrotados. Por supuesto, el terrorismo islamista tendrá sus causas, como todos los aconteceres de este mundo. Algunos pensadores nos han brindado las más profundas: el capitalismo salvaje, la arrogancia de Occidente, la injusticia universal, etc. Me extraña que nadie haya mencionado el Pecado Original, que también tuvo mucho vicio. Por cierto, el nazismo y el estalinismo tampoco carecieron de causas, quizá a fin de cuentas compartieran alguna con el terrorismo actual. En cualquier caso, lo urgente ahora es defendernos de sus ataques y proteger los mejores logros de nuestras sociedades frente a ellos. Algunos recomiendan que hagamos examen de conciencia, ejercicio siempre beneficioso; pero, en las trágicas circunstancias actuales, se diría que quienes más urgentemente deben practicarlo son los miembros de comunidades islámicas que desean vivir compartiendo esos valores democráticos que por fin deben ser reco-nocidos como universales y no eurocéntricos. Son ellos los más interesados en preguntarse por qué parece que su mayor aportación contemporánea a la modernidad política es Al Qaeda y cómo modificar la mala fama que tal parentesco puede propiciarles. Sin duda, nuestros países pueden y deben modificar muchos aspectos de su política exterior, luchar contra la miseria y la ignorancia en cualquier parte de nuestro globalizado horizonte, etc. Pero no precisamente para convencer a fanáticos ávidos de poder y venganza, a los que nunca faltarán justificaciones mientras les sobren armas, sino por razones políticamente más nobles.

Porque es precisamente con la política democrática con lo que quiere acabar el terrorismo. Lo ha señalado Michael Ignatieff en su interesante y polémico ensayo El mal menor: "El terrorismo es una forma de política cuya meta es la muerte de la propia política". Y es tal exterminio el que debemos evitar, desde la cordura de nuestras convicciones pero también desde la firmeza en mantenerlas. Lo más importante intelectualmente hoy no es tanto comprender los motivos de los terroristas, sino los nuestros para resistirles sin emplear sus propias armas. Tengamos claro por qué es imprescindible que en todo el mundo se abran paso los valores democráticos, y ellos, no.

La verguenza de Europa

La verguenza de Europa CUANDO SER EUROPEOS NOS AVERGONZÓ

JOSEP Pernau

Alos 10 años de la barbarie de Srebrenica, el mundo pide perdón. No es un consuelo. Pero por lo menos es el reconocimiento público de que la desmembración bosnia se afrontó sin que la comunidad internacional tomara conciencia de que dos comunidades, serbios y croatas, contaban con apoyos exteriores, a los que distinguía su nacionalismo expansionista.
En medio quedaban los musulmanes, débiles y solos, sobre los que se perpetraría la mayor salvajada de la segunda mitad del siglo XX, legalizada por el poder serbio con la aberrante doctrina de la limpieza étnica, un ensayo de la solución final de los nazis, pero con otro nombre. Justo medio siglo después de que el mundo, con la victoria de los aliados, hubiera entonado la cantinela del nunca más. Más de 8.000 personas tuvieron que caer en la matanza de Srebrenica para que nos diéramos cuenta de que la Europa culta no era tan diferente de otros continentes a los que consideramos salvajes. Ahora se conmemoran 10 años del genocidio y la máxima compensación que han recibido algunos familiares de las víctimas ha sido enterrar al ser querido en un féretro con nombre y apellidos. Son sólo 610. Más de 7.000 esperan turno para ser identificados con el ADN.
Celebrarían la detención y el juicio por el Tribunal Internacional de los responsables. Pero siguen libres, amparados por los que aplaudían sus fechorías. Es grave que no estén pagando sus culpas. Pero no lo es menos que las fuerzas de interposición no se puedan ir, porque su marcha significaría volver a lo mismo. Muchos exiliados de los 90 no han retornado y no lo harán nunca. Srebrenica nos ha recordado los días en que nos avergonzó ser europeos. Si somos honestos, algo avergonzados nos hemos de sentir aún.

¿Qué tienen en común el amor y las tecnologías?

¿Qué tienen en común el amor y las tecnologías? ¿Qué tienen en común el amor y las nuevas tecnologías?. Todos hemos oido o conocemos a alguien que ha conocido a su pareja a través de internet .Hay una página que ayuda a encontrar pareja y que tiene más de ocho millones de miembros en de 230 paises, y que presumen de facilitar miles de relaciones.

Lara Wozniak nos cuenta como es facil divorciarse, en algunos paises islamicos a través del teléfono movil. Un tribunal islámico de Malaisia aprobó el divorcio entre Shamsudin Latif y Azida Fazlina Abdul Latif, que había sido solicitado por el marido por teléfono móvil a través de un mensaje de texto (SMS). Tras una pelea de la pareja y la huida de Fazlina a casa de sus padres, Latif envío un mensaje que decía: “Si no dejas la casa de tus padres, me divorcio de ti”.

El precedente jurídico en que se basó el tribunal malaisio fue un caso de Dubai (Emiratos Árabes Unidos) en que los juristas aprobaron, en 2001, un divorcio acordado mediante un mensaje de texto. En esa época, el diario Gulf News de Dubai recogió al menos otros 15 casos en que los mensajes SMS habían sido citados como medio empleado para divorciarse.
“Esto corrobora la tendencia general a utilizar las tecnologías en aquello que nos define como humanos”, afirma Randolph Kluver, profesor en la Escuela de Comunicación e Información en la Universidad Tecnológica de Nanyang, en Singapur. “Hablábamos de que usaríamos los robots para las tareas banales que aburren a los humanos (...) pero estamos usando la tecnología para lo difícil”. Según la ley islámica, consumar un divorcio puede ser muy sencillo: cuando un hombre quiere separarse de su mujer no tiene más que declarar tres veces “me divorcio de ti”. El problema de los SMS es que no se puede afirmar quién escribió el mensaje o si realmente tenía esa intención al hacerlo.