la historia interminable
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Joseba Arregi es profesor de Sociología en la Universidad del País Vasco.
EL PAÍS -
Es probable que no sea nada adecuado hablar de Dios en términos de libertad. Y menos pensar que alguien se la haya podido arrebatar. Y sin embargo, en las palabras del título hay un significado que se puede explicar y que dice mucho de los problemas culturales de los humanos, que adquieren demasiadas veces, si no siempre, dimensiones políticas. Hace muchos años, probablemente por el año 1968 o 1969, un joven vasco escribió un pequeño ensayo que titulaba Eskaldunen Jainkoa hil behar dugu; en español, Tenemos que matar al Dios de los euskaldunes, de los vascos. El autor pensaba que la lengua y la cultura vascas estaban demasiado vinculadas a una determinada fe religiosa. Creía que para que el euskera y la cultura vasca pudieran modernizarse y prepararse para poder sobrevivir en el mundo moderno, debían romper con una tradición que equiparaba lo vasco, su lengua específica y su cultura, al mundo rural, a una especie de Arcadia feliz -la inventada por Sabino Arana-, cuya última legitimación venía dada por un Dios cuya voluntad había querido que todo ello fuera así, y por eso lo legitimaba y lo sacralizaba.
Era preciso -no se olvide la referencia temporal: finales de la década de los sesenta del siglo recientemente pasado-, romper el esquema que igualaba el ser vasco con el ser creyente, con el euskaldun fededun. La sociedad vasca, mejor dicho, la parte de la sociedad vasca cuyo imaginario estaba sustancialmente construido en torno a la lengua específica, al nacionalismo tradicional y a la fe católica, tenía que romper algunas de esas ataduras estructurales para poder prepararse a luchar por su supervivencia en las condiciones de la modernidad. No interesa tanto, por lo menos no para quien firma estas líneas, analizar ahora cómo se produjo la sustitución de la fe católica por una ideologización de carácter totalitario en torno a unos dogmas marxistas, en combinación con otros dogmas nacionalistas, sobre el eje de los movimientos de liberación nacional. Lo que más interesa es recordar que en el citado pequeño ensayo su autor no se limitaba a una crítica cultural y social, sino que argumentaba desde algunos supuestos teológicos afirmando que lo que él proponía implicaba una concepción más digna de Dios; una concepción liberada de la obligación de legitimar y sacralizar con su nombre lo que no eran más que apuestas humanas limitadas, parciales, históricas, contingentes y no exentas, antes al contrario, de intereses económicos.
El teólogo a quien citaba era José María González Ruiz, y de la lectura de sus obras extraía la necesidad de liberar a Dios de obligaciones impuestas por los hombres en beneficio de los propios intereses de éstos. Se trataba de devolver a Dios su libertad, o quizá mejor dicho, su dignidad. Algo comprensible en la tradición de la teología de un Karl Barth, en cuya opinión la religión es siempre producto de la concupiscencia humana, por lo que el Dios que surge de ella está siempre preso de las necesidades humanas, frente al Dios de Jesús, que es pura revelación y pura gracia.
Recuerdo este pequeño ensayo de hace muchos años porque quizá hoy, ante la forma de actuar de la jerarquía eclesiástica española, tenemos que volver a argumentar teológicamente en el sentido de pedirles a los señores obispos que devuelvan a Dios su libertad, aquella que alcanzó definitivamente en la muerte de Jesús en la Cruz. Dios no se presta a la legitimación de una forma cultural determinada. Dios no es el argumento de determinados valores culturales. Dios no sacraliza formas de cultura temporales, contingentes, interesadas. Todo ello es magia, manipulación indebida de Dios, tomar el nombre de Dios en vano.
Dicen que el Antiguo Testamento no conoce más que un pecado, el pecado de idolatría. Y también se puede afirmar que el único pecado que conoce Jesús es el pecado contra el Espíritu, que es el mismo que el pecado de idolatría véterotestamenario. Y éste no es otro que el de crearse un Dios a su medida, que los hombres elijan a Dios, creándolo a su imagen y semejanza y de la cultura que quieren consolidar por medio de él, en lugar de ser elegidos por él. Dios, el Dios de Abraham, de Aseas, de Cejaba y de Jesús no legitima ninguna identidad, ni individual ni colectiva. No puede ser colocado al servicio de ninguna de ellas. Dios es juicio y salvación, gracia, para cada una de ellas y para todas.
Llama poderosamente la atención que el discurso de los prelados esté impregnado de términos como el de derecho: derecho a la elección de centro, derecho de los padres a elegir educación religiosa para sus hijos, derecho de la Iglesia a elegir a los profesores de religión. Y sorprende que términos como el de gracia, servicio, oferta de salvación no aparezcan casi por ninguna parte.
De la misma forma que el Dios de Jesús invalida cualquier política basada en la identidad -toda política basada en la identidad es una política que busca reforzar el sentimiento de seguridad de los humanos involucrados en esa identidad colectiva, y la búsqueda de seguridad es la idolatría del Antiguo Testamento y es el significado teológico de la muerte de Jesús en la Cruz, el abandono por parte del Padre, el que el Padre no le confirme en su identidad de Mesías-, también invalida cualquier política dirigida a la defensa de intereses, que humanamente pueden ser legítimos, pero que no dejan de ser eso, intereses humanos, parciales y contingentes, y no siempre los intereses de los más débiles en la sociedad.
Por supuesto que todo lo anterior se puede aplicar también a aquellos que sustituyen la posesión de la verdad divina que cree tener la jerarquía eclesiástica por el dogma de que un mundo sin Dios y una escuela laica por definición, que no aconfesional, son mejores, más libres, más humanos. Los prelados católicos podrían argumentar diciendo que la cultura moderna todavía tiene pendiente el trabajo de reequilibrar su aspiración de autonomía con la heteronomía que ha creído necesario rechazar para liberarse: si existe una heteronomía alienante para los humanos, y si esa heteronomía ha sido en la tradición europea religiosa, cristiana y católica, no es menos cierto que existe una autonomía que puede conducir, y de hecho ha conducido al solipsismo, al autismo y a la incapacidad de comunicación a los humanos modernos.
Pero el reequilibrio, cuya necesidad podría argumentar el cristianismo, no puede renunciar al desarrollo de la autonomía: debe ser, como lo plantea tan inteligente y claramente Emmanuel Lévinas, la recuperación de la heteronomía como una que no hiere ni pone en peligro la autonomía, sino que la fortalece y la consolida, ofreciéndole la posibilidad de transcenderse a sí misma en el Otro.
Si algo debiera dirigir la proclamación de los prelados católicos -y que me perdonen el atrevimiento- es entender que en la muerte de Cruz de Jesús Dios ofrece e impulsa a los hombres a su propia autonomía, a asumir su propia responsabilidad. Dios se retira de los asuntos humanos en cuanto divinidad que lo decide todo, se oculta como divinidad todopoderosa y omnisciente en la oscuridad del Viernes Santo, para que los humanos asuman sus responsabilidades. Y les ofrece, desde esa ocultación y desde esa ausencia la posibilidad de la gracia, que es todo menos imposición, derecho y obligación -San Pablo dice que la Ley termina condenando al hombre, y que sólo Jesús le ofrece la gracia de la salvación-.
Es un espectáculo bastante bochornoso y preocupante, para quienes poseen alguna preocupación cristiana, aunque no se atrevan a considerarse como cristianos seguros, contemplar a la Iglesia española implicada en batallas políticas cuya legitimidad teológica es bastante endeble. Lo cual no significa que la Iglesia no pueda ofrecer, desde la humildad y desde la conciencia de la necesaria aconfesionalidad del Estado como garantía de libertad, la presencia en la sociedad de una manera de entender los valores que pueden ayudar a construir un proyecto de vida, y también en ese ámbito tan importante para la educación en valores como es la escuela. Como servicio, no como administración continua de una ortodoxia de doctrina y de una ortopraxis de vida de los encargados de materializar esa oferta.
Un cardenal francés, un fraile irlandés y un sacerdote vasco. Tres sotanas eclesiales para conseguir la paz en Euskadi. El cardenal vasco-francés Roger Etchegaray, el redentorista irlandés Alec Reid y el sacerdote vizcaíno, Joseba Segura vienen realizando, desde hace algún tiempo, discretas labores de mediación en la trastienda del proceso de paz. Su misión: tender puentes y sentar a negociar al Gobierno y a ETA. Para ello, cuentan con el aval de Roma y de la Conferencia Episcopal española.
Tres sotanas negociadoras que se van a quedar en dos. Una de ellas se retira a un segundo plano. El pasado día 2 de enero, Joseba Segura hizo sus maletas y se fue... a Ecuador. Reclamado por los obispos de aquel país como economista y experto en pastoral social, su obispo, Ricardo Blázquez, se lo cede por tres años.
Segura se ríe cuando le preguntamos si va a continuar con su papel mediador desde el país latinoamericano: “Desde allí podría moverme con mayor libertad. Algunos podrían lanzar esa especie”, bromea, al tiempo que señala que su contribución “ya no es necesaria”. Ha cumplido su cometido y deja paso a otros mediadores menos “quemados”.
La misión de Segura, como la del Bautista, fue la de preparar el camino a otro. A Alec Reid, el mediador que da la cara. Con el apoyo del Obispado de Bilbao, regido por monseñor Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal, el cura vasco no sólo actuó como chofer y traductor del fraile irlandés, sino también como su introductor en los medios políticos vascos.
Segura, de 47 años de edad, es profesor de teología en la Universidad de Deusto, master en Economía por el Boston College de Estados Unidos y mantiene una estrecha relación con el ahora obispo de San Sebastián, monseñor Uriarte, desde la etapa en que éste fue obispo auxiliar de Bilbao. Nacionalista y brillante, mantiene buenas relaciones con numerosas personas del mundo abertzale. Sobre todo con Rafael Díez Usabiaga, secretario general de LAB y considerado por muchos, incluido el líder socialista vasco, Patxi López, como un personaje clave en el proceso de paz.
Esas buenas relaciones le llevaron a ejercer el papel de introductor de representantes del Foro de Debate Nacional –un organismo controlado por Batasuna y en el que participan EA, Aralar, el partido vasco francés AB, los sindicatos LAB y ELA, y una treintena de organizaciones sociales de la izquierda abertzale– ante su jefe, monseñor Blázquez, con quien se reunieron para hablar sobre el proceso de paz el pasado 28 de junio.
Convencido de que “desde la transición, la eficacia del terrorismo de ETA ha sido nula y sólo ha conseguido muertos y encarcelados”, Segura apuesta abiertamente por la salida negociada del conflicto vasco. Como casi todos sus superiores jerárquicos.
Y es que la Iglesia siempre desempeñó un papel activo en los intentos por alcanzar una solución dialogada al terrorismo de ETA. Experta en humanidad y maestra del diálogo, la Iglesia siempre apuesta por la reconciliación y la búsqueda del entendimiento social. Por pura cuestión de fidelidad a los principios evangélicos.
El negociador tapado.
Ya el 2 de octubre del año 2000, la diplomacia vaticana se ofreció a los gobiernos español y vasco para “contribuir a lograr una solución pacífica” en el País Vasco. Una contribución que Roma encarga, unos años después, al cardenal Roger Etchegaray, el negociador tapado. Ese del que ninguna de las partes habla, para preservar sus buenos oficios.
El purpurado francés es una de las grandes personalidades de la Iglesia, tiene experiencia diplomática sobrada y, además, conoce por dentro el caso vasco: nació, hace 83 años, en Ezpeleta (País Vasco francés) y, desde que está jubilado, pasa grandes temporadas en su localidad natal.
Etchegaray fue uno de los hombres de confianza del difunto Juan Pablo II. El propio Papa le llamaba “mi enviado especial”. Y como tal, medió, en nombre del Papa, en todos los grandes conflictos de las últimas décadas. Desde Kosovo a Timor, pasando por Jerusalén, Chiapas o Irak.
Profundo conocedor de la realidad vasca, sigue manteniendo una perfecta sintonía con eclesiásticos y obispos de todos los sectores. Es amigo de monseñor Setién y de monseñor Uriarte, pero también se lleva muy bien con monseñor Blázquez o con el cardenal Rouco Varela.
Dado que cumple a la perfección las tres condiciones de un buen mediador (conocer a fondo el tema, tener prestigio y gozar de la confianza de todas las partes implicadas) podría desempeñar el papel de notario en los eventuales encuentros entre los representantes de Moncloa y los dirigentes etarras. El mismo que ya ejerciera su amigo, el obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, en las negociaciones que entablaron, en 1999, el Ejecutivo de Aznar y la banda armada.
La segunda sotana negociadora se esconde menos y actúa a cara descubierta, porque ése es su papel. Se trata del redentorista irlandés Alec Reid, que cree a pies juntillas en la providencia divina, en el diálogo y en la no violencia activa. Con estas armas en la mano, lleva más de 30 años luchando por la paz. No en vano le llaman el Ghandi irlandés. Y, en Irlanda, su receta funcionó y el menudo fraile fue uno de los artífices de los acuerdos de Viernes Santo de 1998, que sellaron la paz entre católicos y protestantes del Ulster.
El espíritu del diálogo
La teoría pacificadora de Alec Reid se basa en lo que él llama “el espíritu del diálogo”, que consiste en que las diversas partes en conflicto se escuchen “no desde la cabeza, sino desde el corazón”.Y añade: “Este diálogo sin exclusiones daría paso a unas negociaciones que, a su vez, pudiesen plasmarse en un acuerdo que recogiese los derechos de todos”.
Impasible al desaliento, acostumbrado a los servicios secretos y a la incomprensión de unos y de otros, el padre Reid se levanta temprano, hace meditación, dice misa y sale, en autobús, a sus reuniones, consciente de que el camino de la paz está empedrado de trampas y peligros. “Es consciente de estar haciendo una labor sumamente peligrosa. Conoce muchos secretos e informes reservados. Su vida corre siempre peligro”, explica su compañero de congregación, el también irlandés padre Cannon.
De hecho, ha estado en inminente peligro de muerte en varias ocasiones. Pero él sólo recuerda aquel 13 de mayo de 1981, en que el turco Ali Agca disparaba contra el Papa en la plaza de San Pedro. El padre Reid estaba allí, a unos cuantos metros de la escena del crimen, sin poder hacer nada, mientras el Papa de la paz se desangraba en brazos de su secretario, monseñor Dziwisz.
Unos años después, una foto publicada en la portada del New York Times le catapultó a la fama. Está de rodillas, en el suelo, atendiendo a dos soldados ingleses linchados por el IRA. Era el 23 de marzo de 1988. El padre Alec participaba en una manifestación convocada por los católicos para protestar contra el asesinato del activista del IRA, Caoimhin Mc Bradaigh. Durante el recorrido, en una pequeña calle, la multitud divisó a dos soldados, los cabos Derek Wood y David Howes, pensó que eran espías y el IRA los linchó allí mismo. Y allí mismo el padre Alec ejerció su ministerio en nombre del Dios de la paz.
Desde hace años mantiene contactos con nacionalistas, abertzales y socialistas. El pasado mes de julio se entrevistaba con el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren. Y el 1 de diciembre, presentó en Bruselas, ante el Parlamento Europeo, a la Mesa para el Acuerdo, que agrupa a partidos, movimientos y asociaciones nacionalistas y abertzales. Y ante la Cámara europea dijo, entre otras cosas: “Con el bagaje de haber mediado en el conflicto de Irlanda del Norte durante 35 años, les digo que no se puede resolver un conflicto político con la fuerza armada, sino con el diálogo”.
Porque el diálogo es la receta por excelencia de los eclesiásticos para conseguir la paz en Euskadi. Por ejemplo, Joaquín Perea, director del Instituto diocesano de Teología y Pastoral de Bilbao, asegura que “el propio Jesús dialogaría con ETA”. Franciscanos y jesuitas vascos están empeñados en conseguir la paz a través de “una espiritualidad de la reconciliación”. De hecho, los franciscanos de Arantzazu (Guipúzcoa) acaban de crear un “centro de investigación por la paz”.
Y entre los obispos vascos, la tónica es la misma. Monseñor Uriarte asegura que “la Iglesia puede y debe promover todas las vías posibles para conseguir la reconciliación”, al tiempo que pide a los políticos que “obedezcan la voluntad del pueblo, que está pidiendo a gritos la paz y el diálogo”.
Incluso el sector más duro del episcopado español, aunque lo piense, no se atreve a posicionarse públicamente contra la mediación eclesial. Y el mayoritario sector centrista la apoya sin reservas. Desde Pamplona, Fernando Sebastián señala que “estamos dispuestos a hacer todo lo que esté en nuestras manos”.
Desde Bilbao, Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia episcopal siempre mantuvo que, “si se nos pidiera, no negaríamos nunca una mediación”. Fructifique o no (¡Dios quiera que sí!), consuela pensar que la negociación cuenta con tres sotanas (ahora dos) y la bendición de Roma. José Manuel Vidal.
La deteriorada conciencia cívica de Bush
Howell Raines, periodista, fue director de The New York Times. Traducción de News Clips.
EL PAÍS - Opinión - 29-12-2005
En estos momentos, el legado político de George W. Bush parece estar bastante definido por tres desastres distintos: Irak, en política exterior; Katrina, en bienestar social, y la influencia de las grandes empresas en las decisiones fiscales, presupuestarias y de regulación. Como consecuencia política a corto plazo, posiblemente nos libremos de tener a otro Bush de pocas luces en la Casa Blanca. Pero lo que la dinastía Bush ha hecho a la ciencia de las campañas presidenciales -los protocolos mediante los cuales los estadounidenses eligen a sus presidentes en la era moderna- supone un legado político que podría perseguir a la república durante años. Ahora estamos soportando a una tercera generación de Bushes que han adoptado el libro de instrucciones de los "implacables" Kennedy y lo han ampliado hasta convertirlo en un código coherente de amoralidad, tanto en tácticas de campaña como en el ejercicio del gobierno.
En sus campañas, los Kennedy utilizaban dinero, manipulación de la imagen, redes de viejos amigos y, cuando era necesario, ataques personales contra adversarios dignos como Adlai Stevenson y Hubert Humphrey. Pero había también una sólida base de conocimiento y propósito que sustentaba el sofisticado internacionalismo de John Kennedy, su iniciativa sanitaria Medicare, su tardía devoción por la justicia racial, y la oposición de Robert Kennedy al gansterismo empresarial y sindical. Al igual que Truman, Roosevelt y, sí, incluso Lincoln, dos generaciones de Kennedys creyeron que podía tolerarse un cierto grado de trapacería política siempre y cuando estuviera al servicio del altruismo. Detrás de George W. Bush, hay cuatro generaciones de Bushes y de Walkers dedicados primero a utilizar redes políticas para amasar y proteger sus fortunas personales y, últimamente, a valerse de absolutamente cualquier medio para lograr un cargo, no porque quisieran hacer el bien, sino porque son lo que en Estados Unidos pasan por ser aristócratas hereditarios. En resumen, George W. Bush está situado en la cima de una pirámide de privilegio cuya historia e importancia social él casi seguro no entiende, dada la animosidad que muestra por el pensamiento académico.
Éste es el panorama general, tal como ha sido dibujado de la manera más efectiva por el analista político republicano Kevin Phillips en Dinastía americana. Desde 1850, la familia Bush, por medio de alianzas con el clan más inteligente de los Walker, acumuló una fortuna basada en los fundamentos clásicos de los capitalistas explotadores: ferrocarriles, acero, petróleo, banca de inversión, armamento y material bélico en las guerras mundiales. Tenían vínculos con las familias más ricas de la era industrial: Rockefeller, Harriman, Brookings. Pero nunca adoptaron la ética benéfica, de servicio público, que se desarrolló en esas familias. Empezando por la alianza del senador Prescott Bush con el presidente Eisenhower y siguiendo por la obcecada lealtad de su hijo, George H. W. Bush, hacia dos políticos de más talento, los presidentes Nixon y Reagan, la familia ha desarrollado la regla primordial de prosperar. En una campaña ha de adoptarse, si funciona, cualquier compromiso, por muy falto de principios que sea, y cualquier ataque contra un adversario, por falso que sea.
El paradigma en su forma más pura se vio cuando el primer presidente Bush renunció en 1980 a su creencia de toda la vida en el derecho al aborto para poder presentarse como vicepresidente de Reagan. Hasta hoy, cualquier mención de esta claudicación de principios enfurece a Bush padre. El hijo superó al padre en los jugueteos con las cortezas de cerdo y la música country. Por conveniencia y, lo que es más aterrador, también por convicción, hizo suya toda la filosofía de la América blanca e inculta de los Estados rurales sureños en relación con el aborto, el control de armas, y Jesucristo. Antes de los Bush, los eslóganes políticos de la izquierda y la derecha en Estados Unidos encarnaban al menos una pizca de verdad acerca de cómo gobernaría un candidato presidencial. La promesa del mayor de los Bush de un Estados Unidos "más amable, más suave", y el "conservadurismo compasivo" del más joven nos trajeron el eslogan político como pura desinformación. Estaban reivindicando una idea de noblesse oblige totalmente ajena a su historia familiar.
Pero ya fuera Bush padre alcahueteando o Bush hijo rezando, la concesión política oculta es la misma. Los Bush creen en dejar que el populacho controle las restricciones sociales y religiosas que emanan de Washington, siempre y cuando sea Wall Street el que decida qué pasa con el dinero de la nación. El Partido Republicano como institución nacional ha apoyado este compromiso. Lo que no sabemos aún es si el viejo gran partido será lo suficientemente sórdido como para llevarlo adelante sin un Bush al frente. Desde los tiempos en que hablaban de hacer rey a George Washington, los estadounidenses han tenido una actitud ambivalente hacia sus aristócratas. También han creído que la política sucia tiene su origen en maquiavelos populistas como el gobernador de Luisiana, Huey Long, y caciques urbanos como el alcalde de Chicago, Richard Daley. Los Bush, con mentores como Rove, Cheney y Delay, han vuelto del revés esa expectativa histórica. Ahora, nuestra desviación política se va derramando gota a gota, sin descanso, desde arriba. La próxima elección presidencial será un examen nacional de si la mancha de las tácticas bushianas dura más que el que probablemente sea el último miembro de la familia Bush que ocupe la mansión presidencial.
En 1988, el primer presidente Bush se aseguró el cargo describiendo falsamente a su adversario como alguien que consentía a los asesinos y a los violadores. En 2000, el actual presidente Bush logró la candidatura acusando a John McCain de oponerse a la investigación contra el cáncer de mama. En 2004 ganó con una andanada de mentiras sobre el historial de guerra de John Kerry. Con el liderazgo adecuado -el tipo de presidentes con defectos pero con principios que han ido aderezando su historia-, Estados Unidos puede parar el derramamiento de sangre en Irak, recuperar su reputación en el mundo, evitar las crisis en la sanidad y en la seguridad social e incluso llevar ayuda a la Costa de Golfo. Pero no se trata simplemente de evitar que Bush y sus seguidores, con su deteriorada conciencia cívica, lleguen a la Casa Blanca. La próxima campaña presidencial nos mostrará si estos inescrupulosos patricios han envenenado el pozo del sistema de campañas presidenciales. En ese caso, no habrá forma de saber qué clase de presidente vamos a tener.
Hoy os dejo un mágnifico artículo de Adela Cortina, catedrática de Ética. Ha sido publicado en El Pais. Reflexiona sobre el multiculturalismo y la diversidad.
Europa intercultural
ADELA CORTINA
El Estatuto de Cataluña y la 'West Lothian question' La proposición de nuevo Estatuto aprobada por el Parlamento de Cataluña y remitida a las Cortes Generales no sólo plantea conocidas dudas en cuanto a su conformidad con la Constitución, sino que puede suscitar también algunas reservas en términos de democracia de las que se habla sorprendentemente poco. Se trata, en concreto, de un problema de teoría de la democracia conocido como la West Lothian question. Fue formulada por vez primera a finales de los años setenta, cuando se comenzó a debatir la posibilidad de dotar a Escocia de autonomía, por un político llamado Tam Dalyell, que era diputado liberal precisamente por la circunscripción de West Lothian, cerca de Edimburgo. El problema puede enunciarse así: si el Parlamento escocés recibe competencia sobre un amplio número de materias, incluidas aquellas que afectan más directamente a la vida de los ciudadanos, ¿por qué debería seguir habiendo diputados escoceses en el Parlamento del Reino Unido, con poder para deliberar y votar sobre asuntos que no conciernen ya a Escocia, sino sólo a las otras partes del país (Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte)? En otras palabras, ¿por qué los escoceses deberían tener voz en los asuntos de los ingleses, galeses y norirlandeses, mientras que éstos no la tienen en los asuntos de los escoceses?
LUIS MARÍA DÍEZ-PICAZO
EL PAÍS - Opinión - 18-11-2005
Un interesante articulo de Luis Foix, ex director de La Vanguardia, añade alguna clave para entender lo sucedido en Francia al mismo tiempo que alerta de la posibilidad de que pueda suceder en otros lugares
ALGUNOS DE LOS MÁS DE cinco millones de musulmanes dan más prioridad a los códigos de su religión que a las leyes francesas
LLUÍS FOIX - 00:00 horas - 08/11/2005
Las sucesivas noches de violencia en muchas ciudades francesas han obligado al presidente de la República, Jacques Chirac, a tomar cartas en el tema, con un discurso que pide la máxima prioridad para el retorno de la seguridad y el orden público. Nada nuevo. Es lo que había manifestado y puesto en práctica el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, cuando hace doce días dos jóvenes morían electrocutados al refugiarse en unas alambradas de un tranformador de electricidad cuando eran perseguidos por la policía.
Se puede hablar de un conflicto de orden público. Pero es un conflicto social que puede extenderse y causar uno de esas convulsiones internas a las que Francia es sometida de vez en cuando. Puede ser oportuna la conocida frase de Metternich en el Congreso de Viena al término de las guerras napoleónicas: "Cuando Francia estornuda, Europa se constipa".
Lo que ocurre en los barrios más pobres y desestructurados de las ciudades francesas, vecindades de hijos de inmigrantes francesses que hoy gozan de plena ciudadanía, puede ocurrir en Barcelona, en Berlín o en Londres.
Nicolas Sarkozy ha escrito un interesante libro que leí hace unos meses. Su título es La République, les religions, l´espérance. Traza un fino análisis sobre el lugar que ocupa la religión en la República. Afirma que el derecho a vivir la religión propia es tan importante como el derecho de asociación, el de la libertad de expresión o el derecho a la presunción de inocencia. Es un derecho universal a la esperanza, dice el hoy atribulado Sarkozy.
Sarkozy sostiene en su libro que la responsabilidad primera del ministro del Interior es mantener el orden público, que no es un fin en sí mismo, sino la condición del ejercicio de las libertades.
El Ministerio del Interior no puede ser el ministerio de la represión, sino el que garantiza las grandes libertades, la de reunión, de manifestación, electoral, de asociación, de circulación y también la libertad de cultos.
A los dos días de la muerte de los dos jóvenes electrocutados, Sarkozy cometió un error al que se atribuye el desencadenamiento de la violencia de estos días que ya se ha cobrado la primera víctima mortal. Dijo que iba a aplicar la ley contra la chusma que estaba perturbando la seguridad de los franceses. Esas palabras provocaron una reacción en cadena que hoy mantiene a los barrios marginales de Francia sin control.
Pero la crisis que vive Francia es la que preocupa y perturba a las democracias consolidadas en Europa. Es una crisis que puede arrancar del hecho de que algunos de los más de cinco millones de musulmanes franceses se consideran primero musulmanes y después ciudadanos. Justo al revés de lo que pretende la filosofía republicana francesa, que es la de primero ciudadanos y luego creyentes.
Europa no sabe, no sabemos, cómo afrontar este conflicto que ahora mantiene en vilo a Francia, que se resume en cómo tratar a los musulmanes que consideran prioritaria su religión a las leyes de ciudadanía que todos intentamos cumplir.
Lo más inquietante es que los representantes oficiales de la religión musulmana se ofrecen para pacificar la situación, no tanto siguiendo las leyes y costumbres republicanas, sino de acuedo con sus propios códigos cívicos y morales. Hay un conflicto religioso de fondo al que se añade la incapacidad de estos franceses hijos de inmigrantes de subir en la escala social y abandonar los guetos humanos y laborales en los que se encuentran porque la acomodada sociedad francesa, alemana, británica o española les cierra las puertas. El conflicto era inevitable.